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Los secretos de Criterion

Criterion, la mejor empresa editora de cine en video del mundo, es una especie de milagro para los cinéfilos. Con sede en Nueva York, surgió tímidamente en 1984, en medio de la explosión del VHS, y comenzó a editar películas en el hoy extinto formato LaserDisc. Y desde los comienzos marcó algunas diferencias y fijó una serie de parámetros de calidad que, con los años, se volvieron un estándar.

Algunas artes de tapa de Criterion exhibidas en la muestra del Bafici (click para ampliar)
Criterion inventó la pista de audio adicional con comentarios sobre la película, que utilizó por primera vez en una edición de King Kong (1933) que sacó al mercado en los ochenta. Y a partir del lanzamiento del octavo título de su catálogo, La invasión de los usurpadores de cuerpos (1956), siempre respetó el formato original de los films, en una época en la que el VHS mutilaba parte de la imagen para hacerla entrar en el formato casi cuadrado (aspecto 4:3) de los televisores. Y más adelante comenzó a incluir breves ensayos -generalmente escritos por críticos prestigiosos como Kent Jones o J. Hoberman, entre muchos otros- en la cajita con los discos.

La empresa creció, empezó a editar en DVD y Blu-ray y amplió notablemente su catálogo. Buena parte de lo mejor del cine del mundo de todas las épocas (de Charles Chaplin a Yasujirō Ozu, de Satyajit Ray a Jean-Pierre Melville) se puede conseguir en una edición de Criterion, lo que garantiza un nivel de calidad muy alto. Pero no sólo editan clásicos consagrados o películas que integran el canon cinematográfico desde hace décadas, sino que además, ocasionalmente, rescatan grandes obras olvidadas. Quizá uno de los mejores ejemplos sea Blast of Silence (1961), un estupendo film noir dirigido y protagonizado por Allen Baron que permanecía casi invisible hasta que lo editaron en 2008.

Las ediciones de Criterion suelen ser muy caras (unos 23 dólares los DVD y cerca de 28 los Blu-ray, a lo que desde estas lejanas latitudes hay que sumarle los altos costos de envío) y no incluyen subtítulos en castellano. Pero su relevancia trasciende la posibilidad de adquirirlas: si una película es editada por la empresa comenzará a ser revisada, lo que acrecienta las chances de que -de algún modo u otro- podamos acceder a ella. Algo similar ocurre en sentido inverso: le da una mayor visibilidad en el centro (sobre todo Estados Unidos e Inglaterra) al cine hecho desde la periferia, como ocurrió con La ciénaga (2001), obra maestra de Lucrecia Martel, por ahora la única película argentina que integra su catálogo.

El reciente Bafici armó una muestra dedicada al arte de Criterion. En el Centro Cultural Recoleta se exhibieron cerca de 70 diseños originales para las portadas de las ediciones en video, que es otra de las marcas registradas de la compañía. Y además invitó a su presidente, Peter Becker, que el sábado ofreció una charla que fue moderada por Juan Manuel Domínguez. Entre otras cosas, contó cómo eligen qué películas van a editar, cómo trabajan en la confección de las ediciones especiales (en general a partir de la restauración digital de los negativos originales o las copias en 35 milímetros disponibles), cómo se relacionan con los directores (hay anécdotas sobre Wes Anderson, Bernardo Bertolucci, David Lynch y Terrence Malick) y qué futuro le ven a las ediciones en formatos físicos frente al avance del streaming y el video on demand. La charla -en la que Becker demuestra ser un tipo inteligente y muy informado- se puede ver en el siguiente video.


A la charla le faltan unos pocos minutos. En parte porque mi cámara de fotos no permite filmar más de 17 minutos de corrido, lo que me obligaba a cortar y volver a empezar. Y además porque el intérprete que tradujo al castellano las palabras de Becker no era demasiado bueno (algo que lamentablemente suele ocurrir con frecuencia en el Bafici), por lo que decidí omitir algunas de sus deficientes -y hasta confusas- traducciones. De todos modos, lo más jugoso del encuentro está en el video. ■

La clase de cine póstuma de Bielinsky

Imágenes del rodaje de 'El aura'

El 28 de junio se cumplirán diez años de la muerte de Fabián Bielinsky, y esta edición del Bafici lo está homenajeando como se merece. Por un lado, tan previsible como necesario, exhibe sus películas, en 35 milímetros y con algún condimento extra (el viernes pasado Gastón Pauls y Sebastián de Caro presentaron Nueve reinas en el Gaumont, mañana a la noche Gabriel Medina y otra vez De Caro harán lo mismo con El aura). Por otro, con la edición de un libro titulado El fulgor, que compila diversos artículos y entrevistas (uno de mi autoría) sobre su obra y que fue presentado el jueves pasado con una charla abierta al público.

El homenaje tiene una tercera pata que, por sus características, quizá sea la más interesante durante los pocos días que le quedan al festival. Las películas podrán verse en otro momento (y seguramente volverán a proyectarse en una sala de cine), el libro puede comprarse ahora y leerse más adelante, pero la exhibición que se montó en una de las salas del Centro Cultural Recoleta es de visita imprescindible.

Denominada simplemente "Bielinsky", permite recorrer su vida en una serie de bellas fotos, que van desde sus primeros pasos con una cámara en la mano hasta el backstage de El aura, pasando por su extensa trayectoria como asistente de dirección. Se muestran además algunas de sus pertenencias vinculadas al cine, como libros, figuritas o recortes de diarios y revistas. Y hay, también, algunos objetos que más que simples piezas de utilería ya forman parte de la memoria cinematográfica argentina, como la caja de habanos "Nueve reinas" que aparece en la película o la mismísima plancha de estampillas.

Pero lo que hace extraordinaria la muestra es una serie de apuntes, recortes y papeles, hasta ahora nunca exhibidos al gran público, que permiten espiar el modo en que Bielinsky trabajaba sus ideas. Se sabe que el título original de Nueve reinas era "Farsantes", y que decidió cambiarlo por uno que diera menos pistas sobre la historia. En el Recoleta se puede ver la lista de posibles títulos que el director discutió con algunos de sus colaboradores. Esos papeles, impresos en una computadora y con algunos apuntes a mano, permiten descubrir mucho más que un brainstorming. Mirados con atención revelan la obsesión de Bielinsky por los detalles, la búsqueda de una o más palabras que no sólo le den nombre a una película sino que además digan algo sobre la trama pero a la vez no la deschaven. Se convierten así en una clase involuntaria acerca de cómo titular una película.

La plancha de estampillas usada en 'Nueve reinas'

Algo parecido ocurre con los apuntas acerca de los distintos tipos de robos y estafas, tomados de recortes de diarios o de otras películas de con-artist como El golpe o Ambiciones prohibidas. Más que recopilar casos, lo que hizo Bielinsky fue una investigación para llegar al corazón conceptual de cada truco y, así, poder adaptarlo a la trama de su película. Lo mismo con la posible personalidad de los personajes: los desgrana en un punteo en el que, más que describirlos, los va perfilando.

Lo que se exhibe en la muestra se complementa con uno de los capítulos del libro, denominado "Espiando a Fabián". Allí se presentan otra serie de apuntes inéditos sobre el proceso creativo de ambas películas. Es especialmente jugoso lo relacionado con El aura. Se puede leer el tratamiento de un guión que nunca llegó a filmarse, llamado "El hombre inmóvil", que remite invariablemente al cuento El sur, de Borges, y en el que puede hallarse el germen de su última película. Y también se puede espiar un fragmento del guión que tiene un comienzo distinto -y quizá más explícito- al que finalmente quedó en el film, entre otros valiosos detalles.

Todo esto, más que un homenaje, configura una clase de cine póstuma del director. ■

> La muestra sobre Fabián Bielinsky se puede visitar en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930) hasta este domingo a las 20.

Homenaje a Fabián Bielinsky en el Bafici

Fabián Bielinsky durante el rodaje de 'Nueve reinas'

En junio se cumplirán 10 años de la muerte de Fabián Bielinsky, un director que a pesar de lo breve de su obra (apenas dos películas y un par de cortos) dejó una marca indeleble en el cine nacional. Nueve reinas (2000) fue una especie de ovni que llegó desde donde menos se la esperaba, sacudió a la crítica y el público y logró instalarse en la memoria de los espectadores como muy pocas películas. Y cinco años después presentó El aura (2005), una obra maestra que se ubica entre las más grandes realizaciones de nuestro cine.

La nueva edición del Bafici, que arranca este miércoles, le rendirá un merecido homenaje a Bielinsky. El festival exhibirá sus dos largometrajes en copias en 35 milímetros y su corto La espera (1983) -el otro, El péndulo (1980), realizado durante su etapa de estudiante, se puede ver en YouTube-, y le dedicará una exhibición con storyboards, fotos y entrevistas, entre otros materiales.

Además se editará un libro titulado El fulgor - Ideas sobre Fabián Bielinsky, que incluye textos de Javier Porta Fouz -nuevo director del festival-, Sergio Wolf, Sebastián de Caro y uno mío, una extensa entrevista con Ricardo Darín y una buena cantidad de material inédito, tomado del archivo personal del director, que permite acercarse a su proceso creativo.

El libro será presentado este jueves a las 18 en el Auditorio El Aleph del Centro Cultural Recoleta, en una mesa que integraré junto a Porta Fouz, De Caro y Gabriel Medina, director de Los paranoicos (2008) y La araña vampiro (2012). ■

Joy: el nombre del éxito, de David O. Russell

Perpetuación del mito, ausencia de política

Jennifer Lawrence, Robert De Niro y Édgar Ramírez en 'Joy'

La clave sobre Joy: el nombre del éxito, de David O. Russell, que se estrenó hoy en Buenos Aires, la ofreció el siempre lúcido David Walsh en su crítica para el World Socialist Web Site: "Puede ser que frente a la actual penuria económica generalizada y la ausencia de cualquier sentido de una alternativa política emergente, lo mejor que el cineasta piensa que puede hacer es perpetuar ilusiones y mitos en la creencia de que la población necesita algo para mantenerse en marcha. Pero sería mucho mejor decir la verdad sobre la situación".

La película, como se difundió profusamente, está inspirada en el caso real de una treintañera de clase media baja que en los noventa inventó el Lampazo Milagroso (sic), lo vendió a todo Estados Unidos a través de programas de televenta tipo "Llame ya" y se hizo millonaria. Russell cuenta esta (otra) historia de una mujer que se construyó a sí misma en forma de cuento de hadas, e incluso, como para darle más fantasía al asunto, ubica la narración en la voz en off de una muerta. Así, como señaló Walsh, perpetúa el mito de que si se quiere se puede, que todo es posible si se tiene fuerza de voluntad.

Pero como el director no es ningún tonto echa mano a un recurso cada vez más habitual para tomar distancia de lo que muestra: la autoconciencia. En lugar de, por ejemplo, preguntarse cuán necesario es un lampazo que se enjuaga solo y se puede lavar en el lavarropas -o cualquier otro de esos productos supuestamente milagrosos que nos venden como si fueran esenciales para la vida moderna- o insinuar alguna alternativa política al asunto, el director apenas puede condimentar con un poco de ironía su cuentito y dejar en claro que, bueno, él es consciente de que lo que está narrando es un poco más de lo mismo. Esa distancia irónica que funcionaba en Escándalo americano -esencialmente, una película sobre las apariencias- acá resulta cuanto menos ingenua.

Russell, dijimos, no es ningún tonto, y entonces además de la autoconciencia introduce en Joy algunas pinceladas que intentan dejar en claro que él sabe que el sueño americano también tiene algo de pesadilla. La protagonista está a cargo de una familia muy disfuncional, alejada de cualquier imagen de felicidad, y el mundo de los negocios está habitado por algunos inescrupulosos que intentan enriquecerse con el trabajo ajeno. Pero en el fondo el sistema funciona: no hace falta más que una idea y algo de tenacidad para salir del pozo e incluso empezar a hacer beneficencia, que no es más que otra forma de replicar las inequidades del sistema (como la muestra la escena final, otro ejemplo de autoconciencia, con Jennifer Lawrence sentada detrás de un escritorio en una versión bondadosa de Marlon Brando en el comienzo de El padrino).

Si Joy no llega a ser un desastre es porque Russell tiene buen pulso para narrar ciertas escenas (en particular algunas bochincheras y caóticas situaciones en el comienzo), porque suele musicalizar con ingenio (aquí suenan bellas canciones de Cream y Bruce Springsteen, entre otras) y porque eligió un sólido elenco, desde el protagónico indiscutido de Lawrence -una actriz que parece tener un potencial ilimitado- hasta sólidos secundarios como Robert De Niro, Diane Ladd, Isabella Rossellini y, sobre todo, Virginia Madsen. Pero estaría bueno que en lugar de perpetuar mitos inherentes al sistema alguna vez nos proponga alguna alternativa. ■

El culo de Yuyito y otras calenturas adolescentes

Emilio Disi y Yuyito González en 'Los pilotos más locos del mundo'

En la pantalla enorme del Cine Gran Alsina aparecía el primer plano de un culo. Un culo generoso, rotundo, no muy bronceado, levemente afectado por la gravedad en tiempos en que los cirujanos aún no desafiaban a Newton. Un culo apenas cubierto por una bikini acomodada -a tono con la época- por encima del ilion, que su portadora meneaba consciente de tener toda la atención de la cámara y de nosotros, los espectadores, bochincheros preadolescentes que colmábamos la sala. Un empleado se paseaba de tanto en tanto por la puerta de la escuela para entregar unos volantes -de llamativos rosas o amarillos- que otorgaban un descuento para la entrada del cine, y los sábados se armaban en la vereda del Gran Alsina largas filas de alumnos de los últimos grados de la primaria, mayoría abrumadora de varones que comenzábamos a descubrir que las minas en bikini nos atraían más que la guerra de soplamocos.

"Sólo le falta hablar", bromeaba Emilio Disi con la mirada clavada en ese culo, chiste tonto que décadas más tarde adquiriría connotaciones casi siniestras en el prime time televisivo. La situación era bastante gratuita, pero Carlos Galettini había generado algo de suspenso: unos minutos antes Yuyito González había irrumpido en escena con un pareo anudado a la cintura. Para verle el culo hubo que esperar. Su escena triunfal, cuando giraba, nos daba la espalda y comenzaba a caminar mientras nosotros nos entregábamos gozosos a la zambullida hacia el primer plano del zoom indiscreto, recién llegó a la media hora de película.

Aún no lo sabíamos, no podíamos saberlo, pero el suspenso era vital para agarrarse una calentura. Por eso nos aburrían un poco las porno, aunque nuestra sobreactuada hombría no nos permitiera admitirlo. Películas que ya desde los títulos adelantaban sumariamente lo que debería ser el momento culminante. Situaciones que se repetían una y otra vez y prometían, en general sin éxito, que lo que vendría sería mejor -más excitante- que lo que pasó. Rituales pueriles de asistencia obligatoria alrededor de una videocasetera -artículo que sólo la familia del amigo con guita del barrio podía alcanzar- que matizábamos con chistes torpes sobre la anatomía de los protagonistas, actrices que podían tener las tetas caídas y actores que no se depilaban.

Una época en la que citábamos la saga interminable de Anal Intruder sin haberla visto y la Cicciolina era un mito adulto que no alcanzábamos a comprender. En la que copábamos el local de revistas usadas para ojear de pie números viejos de El Gráfico mientras algún amigo, oculto en cuclillas, nos iba mostrando clandestinamente las páginas de la Playboy con las chicas de Olmedo o algún ejemplar de Libre, funesto producto de Editorial Perfil que ponía en tapa títulos del tipo "Esta belleza es un señor".

Los últimos coletazos del destape democrático insinuaban más de lo que mostraban, aunque mis abuelos añoraran tiempos más decentes. En horario apto para todo público Gianni De La Nata se ponía sus lentes mágicos para que pudiéramos ver a Cris Morena o Adriana Salgueiro en pudorosos conjuntos de ropa interior. El suspenso nos hacía trasnochar a la espera del strip interview de Peor es nada: como con la tanguita de Noemí Alan, conocíamos el final pero la esperanza de que se viera algo más crecía a medida que las prendas iban cayendo y se renovaba cada semana. En el Club del Terror de Canal 13 las películas nos calentaban y asustaban, todo al mismo tiempo, sin que llegáramos a distinguir entre el placer y el miedo. Poco después Charly, días de sangre (otra vez Galettini), más graciosa que terrorífica, nos dejó espiar a las chicas de la tele de otra forma.

Fotogramas del comienzo de 'Little Girls Blue Part 2'
El amigo que en los ochenta jugaba con la ColecoVision progresaba en la profesión del futuro: ahora tenía un módem de 14.4k que permitía -preferentemente de noche para evitar gastos millonarios de teléfono- acceder a los BBS. Una novedosa pantalla convexa de 64 colores y 14 pulgadas era la ventana hacia un mundo de juegos, programas y, por supuesto, mujeres desnudas. Ahí el suspenso se informatizó: soportábamos con impaciencia el fatigoso descenso de los píxeles, línea por línea, hasta que finalmente Pamela Anderson nos revelaba sus pezones, que tantas veces habíamos imaginado cuando la veíamos trotar en slow motion por las playas de California (la historia de mi adolescencia: mientras mis amigos deseaban cogerse a Pamela yo soñaba casarme con Cindy Crawford). Unos años después apareció el video porno con su esposo Tommy Lee, todo un acontecimiento que volvió a reunirnos frente al monitor. Pero ya no había tanto por descubrir.

Poco antes la pornografía había llegado a la televisión a través de un cable. Ya nos afeitábamos y las noches de sábado salíamos a la cancha para intentar aplicar, con la timidez de un central rústico cuando cruza el medio campo, los precarios conocimientos adquiridos. Aún había mucho por ver en casa. Descubrimos que si movíamos la sintonía fina de la tele podíamos franquear, con escasa nitidez y mucha imaginación, la barrera del codificado. Intuíamos los goles de Boca que los domingos nos relataba Fantino y el sexo anal que una mina parecía disfrutar en la madrugada de Venus.

Pasaron más de 25 años y miles de películas desde aquella tarde de sábado en el Gran Alsina. Hice fila en la puerta del Malba para ver Garganta profunda o El Diablo en la señorita Jones y leyendo El Amante descubrí que la secuencia inicial de Little Girls Blue Part 2 es cine puro. Entendí por qué mi viejo se calentaba con Linda Fiorentino, hermosa flaca de piernas perfectas, y vi a Mónica Gonzaga como una bella mujer madura que en lo esencial nunca claudicó ante la paraciencia de lo estético. Lo pornográfico cambió de lugar: una crema corporal femenina promete milagros bajo un nombre comercial propio de un producto para veteranos de guerra y un desfile "solidario" organizado por un diario con "mujeres reales" sobre la pasarela nos hace pensar que quienes viajamos en colectivo pertenecemos a otra especie.

Escribo "Los pilotos más locos del mundo" en el buscador de YouTube y descubro que alguien subió la película completa. Un poco de fast foward, ahora más fast que nunca, y vuelve a aparecer el culo. La escena ya no me impacta como en la pantalla enorme del Gran Alsina pero el culo sigue siendo rotundo. El primer plano dura apenas unos segundos y hasta parece ingenuo, casi avergonzado en su brevedad. Contrasta con las tomas televisivas de los camarógrafos-proctólogos del concurso de baile nocturno. Hace poco una bailarina, demasiado joven para haber pasado tanto tiempo en el quirófano, alardeaba con que sólo su cuerpo podía soportar el realismo ontológico de la TV en alta definición. Acaso hoy los culos -descontextualizados, cosificados, "hechos", según el espantoso comentario de doble sentido- ya no merecen un primer plano sino apenas un plano detalle. ■

Este artículo fue escrito en febrero de 2013 a pedido de Hernán Panessi, que lo iba a incluir -junto a otros- en un apéndice de su libro Porno Argento! Historia del cine nacional triple X (2015). Finalmente, por motivos que desconozco pero no tienen relevancia, ese apéndice no se publicó, así que decidí poner este texto acá.

Una semana de películas interminables

James Dean en 'Gigante'

Siempre me gustaron las películas largas, de tres horas o más, que te trasladan no sólo a una época sino a un mundo. Acaso el gran maestro de las historias eternas -al menos en un sentido narrativo más bien clásico- haya sido David Lean, un tipo que tenía muy claro cómo contar esas épicas interminables, cómo ir de lo íntimo a lo multitudinario, cómo mantener el interés del espectador durante casi cuatro horas sin manipulaciones groseras o golpes de efecto gratuitos.

Entonces decidí armarme en casa una semana de películas interminables, lo que también era una posibilidad de acercarme a algunos clásicos que no había visto. Empecé el lunes tímidamente, con una que no es un clásico ni tampoco tan larga: los 191 minutos de Wyatt Earp (1994). Y fue una decepción: me gustan mucho algunas cosas de Lawrence Kasdan (Cuerpos ardientes, Silverado), pero ésta es una versión menor de un western de John Ford. Se podría decir, exagerando un poco, que cualquier western es una versión menor de uno de Ford, pero acá la frase es más literal que nunca, porque Kasdan transforma el célebre "impriman la leyenda" en un poco interesante "sucedió así".

El plan continuó el martes con los 212 minutos de Ben-Hur (1959), que tengo en una excelente edición de cuatro DVD que hace unos años me regaló un amigo. Prácticamente lo único que justifica soportar este masacote religioso es la escena de la carrera de cuádrigas, una de las mejoras cosas jamás filmadas, que aún hoy, más de 55 años después, sigue siendo un modelo de narración del que deberían aprender unos cuantos directores de cine de acción. El resto es más bien aburrido, aunque en la primera parte es interesante la relación casi romántica entre el protagonista y su amigo Messala, aparentemente un aporte de Gore Vidal al guión. Después de verla empecé a dudar acerca de seguir con algún otro film de largo aliento: las casi cuatro horas de Charlton Heston en pantalla casi me sacan las ganas.

Pero por suerte no abandoné. El miércoles todo mejoró con los 201 minutos de Gigante (1956), de George Stevens. Es la épica del sueño americano a partir de la historia de un acaudalado ranchero de Texas que se casa con una chica de Virginia, la otra punta -geográfica y políticamente- del país. Stevens se toma más de tres horas para contar 25 años de historia, y ofrece al menos una docena de escenas que ilustran brillantemente los cambios económicos y sociales en esta zona materialmente rica y moralmente pobre. Y además está el enorme placer de verlo a James Dean, sobre todo en la primera mitad de la película (en la segunda su personaje es viejo, y su actuación se vuelve un poco pasada de rosca y por lo tanto más convencional). François Truffaut escribió alguna vez que Dean actuaba con desparpajo, como si no le interesara dejar el claro que entendía qué le está pasando por la cabeza a su personaje, y la escena en que le invita un té al personaje de Elizabeth Taylor en su ranchito es notable en ese sentido. Gran película.

Mi semana de películas interminables terminó el jueves con los 233 minutos de Lo que el viento se llevó (1939), de Victor Fleming/David O. Selznick, que nunca había visto completa. No hay mucho que se pueda decir de un film tan famoso y tan analizado, más que confirmar lo que uno fue leyendo en distintos lugares a lo largo de los años: efectivamente, es una película racista, al margen de algún pequeño matiz. Pero de todos modos, y aunque el paso del tiempo se le nota más que a otras producciones hollywoodenses de la época, las cuatro horas y pico transcurren placenteramente, y hay algunas imágenes de gran belleza (sobre todo en la primera mitad, más interesante que la segunda, cuando todo deriva hacia un dramón de proporciones monumentales). Y además no deja de sorprender lo turros que llegan a ser la Scarlett O'Hara de Vivien Leigh y el Rhett Butler de Clark Gable, en contraste con la suma ingenuidad de la Melanie Hamilton de Olivia de Havilland. Clásico absoluto, es interesante ver que incluso en el momento de su estreno algunos críticos advirtieron que se trataba de un acontecimiento muy relevante para la industria pero de un logro menor artísticamente. ■

Tres buenas películas para redescubrir en Odeon

Carlos Cores en 'Los tallos amargos'

El Gobierno nacional lanzó este miércoles Odeon, una plataforma online de cine y contenidos nacionales similar a Netflix. El servicio cuenta con alrededor de 700 horas de material para ver en streaming, y hay un poco de todo: cine clásico y actual, series, programas infantiles y deportivos. En el sitio Otros Cines se puede encontrar más información sobre la iniciativa, que parece muy buena aunque quizá aún esté algo verde.

Entre todo el material que ofrece Odeon elegí tres películas que nunca fueron editadas en DVD, por lo que la posibilidad de verlas en una calidad decente estaba restringida a su exhibición en un festival o ciclo o a pescarlas algún día en Incaa TV. Esta es una buena posibilidad de redescubrirlas.

Afiche de 'Gente bien'Gente bien (1939)
Dirección: Manuel Romero.
Elenco: Hugo del Carril, Tito Lusiardo, Delia Garcés, Enrique Roldán, Marcelo Ruggero.
Un representante un poco venido a menos de la “gente bien” del título abandona a la joven Elvira (Garcés), con quien tuvo un hijo, para casarse con una chica millonaria e intentar rehacer su desgastada alcurnia. Desamparada, Elvira encuentra cobijo en un grupo de artistas y trabajadores, gente buena, y se enamora de un cantante (Del Carril). Se trata de una genial comedia combativa de Romero, que hoy, más de 70 años después de su estreno, sorprende por lo beligerante de su planteo.

Afiche de 'Los tallos amargos'Los tallos amargos (1956)
Dirección: Fernando Ayala.
Elenco: Carlos Cores, Vassili Lambrinos, Gilda Lousek, Aída Luz, Julia Sandoval.
Un opaco periodista (Cores) se deja convencer por un inmigrante (Lambrinos) para participar de un improbable negocio. Primero se engancha con la idea, luego se siente traicionado y finalmente cae en el crimen, lo que ocurre en la mitad del film. El segundo largometraje de Ayala es un denso y extraño film noir, con un clima opresivo y una serie de notables resoluciones formales. Hay una extraordinaria escena onírica que debe estar entre las mejores de su tipo en todo el cine argentino.

Afiche de 'Las venganzas de Beto Sánchez'Las venganzas de Beto Sánchez (1973)
Dirección: Héctor Olivera.
Elenco: Pepe Soriano, Federico Luppi, Irma Roy, China Zorrilla, Héctor Alterio..
Luego de la muerte de su padre, Sánchez (Pepe Soriano, notable) sale a vengarse de quienes cree que le arruinaron la vida y siente culpables de todas sus represiones y frustraciones, lo que incluye a un cura, su maestra de primer grado, su superior en la colimba y su jefe, entre otros. Verdadero relato salvaje de Olivera, que tuvo mil y un problemas con la censura -recibió durísimas críticas de la Iglesia y el Ejército, entre otras instituciones conservadoras- y visto hoy sigue resultando explosivo. ■

El VHS, otro formato que vuelve

Edición en VHS de 'Diablo', de Nicanor Loreti
Su vida útil en el circuito comercial fue más bien efímera en términos históricos, lo que sin embargo le alcanzó para calar hondo en la memoria de muchos. En poco más de dos décadas –desde fines de los setenta hasta los primeros años del nuevo milenio– el VHS (Video Home System) introdujo por primera vez de manera masiva el cine en los hogares y luego se desvaneció de a poco, desplazado por otros formatos con mayor calidad de imagen y sonido. Pero nunca llegó a desaparecer del todo. Y ahora está volviendo, en un fenómeno que conjuga nostalgia con cinefília y se hace notar en Argentina.

A diferencia del vinilo, que tiene argumentos para pelear por la supremacía en cuanto a calidad de audio, el VHS fue ampliamente superado por el DVD y el Blu-ray. Pero todo vuelve. En Facebook hay decenas de grupos que reúnen a coleccionistas de todo el mundo sedientos por exhibir imágenes de sus repisas repletas de coloridas rarezas de otra época, rectángulos plásticos de 19 centímetros de largo por 10 de ancho y unos 200 gramos de peso que atesoran una cinta magnética enrollada en su interior.

"La vuelta del VHS como objeto coleccionable, incluso después de que dejó de producirse de forma masiva, se debe sobre todo al factor nostálgico", opina Cristian Sema, coleccionista e investigador del fenómeno del video. "Pero además muchas películas nunca se editaron en DVD o no se consiguen con subtítulos o doblaje en español en la web", agrega. Su página de Internet (www.rarovhs. com.ar), un sitio de referencia para coleccionistas locales, es un viaje sin escalas al pasado, donde conviven héroes de acción olvidados con las más extrañas películas de terror o productos de explotación de muy diversa procedencia.

No sólo la nostalgia alimenta el resurgimiento: el videocasete también mira hacia el futuro. La editora de video SRN, especializada en cine de género nacional, lanzó en septiembre de 2013 una edición limitada de 52 VHS de la película Diablo (2011), dirigida por Nicanor Loreti y protagonizada por Juan Palomino. "Cada caja fue cortada, plegada, armada, pegada y numerada a mano, al igual que las etiquetas autoadhesivas del casete. Además trae un booklet con información y una postal", cuentan Alejo Rébora y Daniela Giménez, de SRN. "Es en gran medida un homenaje al cine de los 70, y como Loreti es un entusiasta de la estética de la época, la propuesta de editar en VHS lo convenció de inmediato. Además, habiéndose convertido tan rápidamente en una película de culto, ¿qué mejor que editarla en un formato de culto?".

La de Diablo fue –según la publicación especializada Lunchmeat– la primera edición profesional en VHS realizada fuera de Estados Unidos desde que el soporte salió del mercado, y aún quedan un par de casetes, que se consiguen a 90 pesos. ■

> Este texto fue publicada en el diario Clarín el 15 de noviembre de 2014. Acompañó una nota más extensa sobre el resurgimiento del vinilo.

Lanzaron el segundo concurso de estudios sobre cine de la Enerc

El rector de la Enerc, Pablo Rovito, y el responsible de la Biblioteca, Adrián Muoyo, durante la presentación en Mar del Plata

En los últimos años se están publicando más libros sobre cine en Argentina, y hay para todos los gustos. Desde los lanzamientos de pequeñas editoriales como Fan Ediciones o Cuarto Menguante hasta las publicaciones de editoriales establecidas y con trayectoria como Paidós, que está renovando su colección. Hay también, entre muchas otras cosas, traducciones hechas acá de textos extranjeros, como los libros de Werner Herzog que lanzó Entropía o los de John Waters de Caja Negra.

A toda esta movida se sumó este año la Biblioteca de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc), que depende del Incaa. En abril lanzó el Primer Concurso Nacional y Federal de Estudios sobre Cine Argentino, una iniciativa de frecuencia anual que intenta alentar la realización de ensayos o investigaciones vinculadas a la historia, la teoría y la estética del cine nacional. El martes pasado, durante el Festival de Cine de Mar del Plata, se anunciaron los dos trabajos ganadores: Modos de salir del hogar paterno. Representaciones familiares y derivas juveniles en el Nuevo Cine Argentino, de Eduardo Cartoccio; y Noches de sano esparcimiento. Estado, católicos y empresarios en la censura al cine en Argentina (1955-1973), de Fernando Matías Ramírez Llorens. Ambos textos serán publicados y distribuídos en bibliotecas de todo el país y también se podrán comprar en librerías, porque el espíritu del concurso es que las publicaciones sean accesibles para todos, y no sólo en el ámbito académico.

En el acto también se presentó la segunda edición del concurso, cuya recepción de trabajos comienza hoy y se extiende hasta el 30 de abril de 2016. Las bases y condiciones pueden consultarse en la página de la Enerc o en Infoleg. Además de la publicación de su trabajo, los ganadores recibirán un premio de 40 mil pesos.

Este doble anuncio -ganadores de la primera edición, lanzamiento de la segunda- es relevante por dos cuestiones. Por un lado, porque la frecuencia anual del concurso garantiza un canal para que las investigaciones sobre cine argentino puedan fluir. Por otro, porque la entrega de un premio en dinero permite que los premiados cobren por su trabajo.

Hubo una tercera noticia en el acto realizado en Mar del Plata, que también es de gran importancia para la investigación sobre cine en Argentina. Adrián Muoyo, coordinador de la Biblioteca de la Enerc, anunció el lanzamiento del primer Catálogo Colectivo de Bibliotecas de Cine del mundo. Se trata de una iniciativa de la red BiblioCi, que reúne a 16 bibliotecas cinematográficas de ocho países de Iberoamérica. Se trata de una herramienta fundamental para cualquier investigación sobre cine, porque permite acceder al catálogo (libros, revistas, catálogos, guiones y un largo etcétera) de cualquiera de las bibliotecas de la red y ponerse en contacto con sus responsables. Se puede acceder desde www.biblioci.org. ■

Dos décadas de un libro imprescindible

Primera edición de 'Un diccionario de films argentinos (1995)'

La edición 2015 es la última de la famosísima Leonard Maltin's Movie Guide, en otros tiempos denominada la biblia del cine, que deja de publicarse después de 45 años y 35 ediciones. Jaqueado por la Internet Movie Database (IMDb) y Wikipedia, entre otros fuentes de información que todos tenemos a mano, el libro editado por el crítico estadounidense Leonard Maltin, indispensable en otros tiempos, fue perdiendo relevancia. Lo despedí con una nota en La agenda, donde también explico por qué creo que aún hoy sigue valiendo la pena atesorar una Maltin en la biblioteca.

Hace no mucho tiempo, antes de internet, guías como la de Maltin y similares o enciclopedias como la de Ephraim Katz eran imprescindibles, incluso para quienes no manejaban del todo el inglés. Pero hay un libro que hoy, en plena era digital, sigue siendo irreemplazable. Se editó acá, en Argentina, en diciembre se cumplirán 20 años de aparición y el año próximo tendrá un nuevo volumen, el cuarto. Se trata de Un diccionario de films argentinos, de Raúl Manrupe y María Alejandra Portela.

Lo que hicieron Manrupe, Portela y sus colaboradores (entre otros, Axel Kuschevatzky) dos décadas atrás fue extraordinario: juntaron en un sólo libro toda la producción cinematográfica sonora nacional, desde los primeros intentos con un sistema de discos (como Muñequitas porteñas, 1931) hasta El censor (1995), incluyendo films inéditos e inconclusos. El proyecto comenzó en 1990 y fue, en una época en la que la informática no estaba al alcance de la mano, una tarea descomunal. "Pensá que hoy toda la información de fichas técnicas está en internet. En ese momento estaba en los diarios, en las críticas de películas, en libros, en entrevistas... Había que reconstruir el rompecabezas con las piezas que teníamos", recuerda hoy Portela. En 2004 se presentó un segundo volumen, que cubrió todas las producciones realizadas entre 1996 y 2003. Y en 2010 salió un tercero, con el período 2003-2009. En total, los tres libros incluyen fichas de más de 3.600 películas, con datos muy precisos sobre el equipo técnico y artístico, fecha de lanzamiento, duración, argumento y un repaso de la recepción crítica del momento del estreno, entre otra información.

Portela recuerda que la guía de Maltin y la enciclopedia de Katz fueron dos ejemplos que los marcaron a la hora de diseñar el proyecto. Pero a diferencia de esos dos libros, que hoy perdieron mucha de su utilidad, los tres tomos de Un diccionario de films argentinos siguen siendo valiosos, no sólo para cinéfilos o investigadores sino también para el espectador ocasional que se engancha con algún clásico de Manuel Romero o Carlos Schlieper en Incaa TV o Volver. En parte porque en internet no hay mucha información de calidad sobre las películas argentinas anteriores a fines de los noventa. Lo que hay suele estar incompleto o no es del todo confiable, como suele ocurrir con las fichas de películas nacionales en IMDb. Pero existe otro motivo, quizá más importante.

Filmar hoy es más accesible que hace 20 años, en parte porque las tecnologías digitales permitieron abaratar costos. En 2013 se estrenaron unos 150 film nacionales, y en 2014 fueron alrededor de 170. Muchas de esas realizaciones duran una semana en pantalla en algún Espacio Incaa y luego desaparecen de la cartelera, por lo que a veces los diarios -e incluso los sitios web especializados- no publican comentarios o críticas. El diccionario de Manrupe y Portela cubre toda esa producción. "El cuarto volumen, en el que estamos trabajando, creo que tiene más películas que el primero. Lo engrosa la enorme cantidad de producciones de toda la Argentina, películas que muchas veces no llegan a Buenos Aires, películas que se hacen para la web o para otros medios", cuenta Portela.

El nuevo libro, que posiblemente salga a la venta a principios del año próximo (siempre editado por Corregidor), tendrá al menos 600 páginas. Y será, como los anteriores, un referente imprescindible. ■