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Joy: el nombre del éxito, de David O. Russell

Perpetuación del mito, ausencia de política

Jennifer Lawrence, Robert De Niro y Édgar Ramírez en 'Joy'

La clave sobre Joy: el nombre del éxito, de David O. Russell, que se estrenó hoy en Buenos Aires, la ofreció el siempre lúcido David Walsh en su crítica para el World Socialist Web Site: "Puede ser que frente a la actual penuria económica generalizada y la ausencia de cualquier sentido de una alternativa política emergente, lo mejor que el cineasta piensa que puede hacer es perpetuar ilusiones y mitos en la creencia de que la población necesita algo para mantenerse en marcha. Pero sería mucho mejor decir la verdad sobre la situación".

La película, como se difundió profusamente, está inspirada en el caso real de una treintañera de clase media baja que en los noventa inventó el Lampazo Milagroso (sic), lo vendió a todo Estados Unidos a través de programas de televenta tipo "Llame ya" y se hizo millonaria. Russell cuenta esta (otra) historia de una mujer que se construyó a sí misma en forma de cuento de hadas, e incluso, como para darle más fantasía al asunto, ubica la narración en la voz en off de una muerta. Así, como señaló Walsh, perpetúa el mito de que si se quiere se puede, que todo es posible si se tiene fuerza de voluntad.

Pero como el director no es ningún tonto echa mano a un recurso cada vez más habitual para tomar distancia de lo que muestra: la autoconciencia. En lugar de, por ejemplo, preguntarse cuán necesario es un lampazo que se enjuaga solo y se puede lavar en el lavarropas -o cualquier otro de esos productos supuestamente milagrosos que nos venden como si fueran esenciales para la vida moderna- o insinuar alguna alternativa política al asunto, el director apenas puede condimentar con un poco de ironía su cuentito y dejar en claro que, bueno, él es consciente de que lo que está narrando es un poco más de lo mismo. Esa distancia irónica que funcionaba en Escándalo americano -esencialmente, una película sobre las apariencias- acá resulta cuanto menos ingenua.

Russell, dijimos, no es ningún tonto, y entonces además de la autoconciencia introduce en Joy algunas pinceladas que intentan dejar en claro que él sabe que el sueño americano también tiene algo de pesadilla. La protagonista está a cargo de una familia muy disfuncional, alejada de cualquier imagen de felicidad, y el mundo de los negocios está habitado por algunos inescrupulosos que intentan enriquecerse con el trabajo ajeno. Pero en el fondo el sistema funciona: no hace falta más que una idea y algo de tenacidad para salir del pozo e incluso empezar a hacer beneficencia, que no es más que otra forma de replicar las inequidades del sistema (como la muestra la escena final, otro ejemplo de autoconciencia, con Jennifer Lawrence sentada detrás de un escritorio en una versión bondadosa de Marlon Brando en el comienzo de El padrino).

Si Joy no llega a ser un desastre es porque Russell tiene buen pulso para narrar ciertas escenas (en particular algunas bochincheras y caóticas situaciones en el comienzo), porque suele musicalizar con ingenio (aquí suenan bellas canciones de Cream y Bruce Springsteen, entre otras) y porque eligió un sólido elenco, desde el protagónico indiscutido de Lawrence -una actriz que parece tener un potencial ilimitado- hasta sólidos secundarios como Robert De Niro, Diane Ladd, Isabella Rossellini y, sobre todo, Virginia Madsen. Pero estaría bueno que en lugar de perpetuar mitos inherentes al sistema alguna vez nos proponga alguna alternativa. ■

El culo de Yuyito y otras calenturas adolescentes

Emilio Disi y Yuyito González en 'Los pilotos más locos del mundo'

En la pantalla enorme del Cine Gran Alsina aparecía el primer plano de un culo. Un culo generoso, rotundo, no muy bronceado, levemente afectado por la gravedad en tiempos en que los cirujanos aún no desafiaban a Newton. Un culo apenas cubierto por una bikini acomodada -a tono con la época- por encima del ilion, que su portadora meneaba consciente de tener toda la atención de la cámara y de nosotros, los espectadores, bochincheros preadolescentes que colmábamos la sala. Un empleado se paseaba de tanto en tanto por la puerta de la escuela para entregar unos volantes -de llamativos rosas o amarillos- que otorgaban un descuento para la entrada del cine, y los sábados se armaban en la vereda del Gran Alsina largas filas de alumnos de los últimos grados de la primaria, mayoría abrumadora de varones que comenzábamos a descubrir que las minas en bikini nos atraían más que la guerra de soplamocos.

"Sólo le falta hablar", bromeaba Emilio Disi con la mirada clavada en ese culo, chiste tonto que décadas más tarde adquiriría connotaciones casi siniestras en el prime time televisivo. La situación era bastante gratuita, pero Carlos Galettini había generado algo de suspenso: unos minutos antes Yuyito González había irrumpido en escena con un pareo anudado a la cintura. Para verle el culo hubo que esperar. Su escena triunfal, cuando giraba, nos daba la espalda y comenzaba a caminar mientras nosotros nos entregábamos gozosos a la zambullida hacia el primer plano del zoom indiscreto, recién llegó a la media hora de película.

Aún no lo sabíamos, no podíamos saberlo, pero el suspenso era vital para agarrarse una calentura. Por eso nos aburrían un poco las porno, aunque nuestra sobreactuada hombría no nos permitiera admitirlo. Películas que ya desde los títulos adelantaban sumariamente lo que debería ser el momento culminante. Situaciones que se repetían una y otra vez y prometían, en general sin éxito, que lo que vendría sería mejor -más excitante- que lo que pasó. Rituales pueriles de asistencia obligatoria alrededor de una videocasetera -artículo que sólo la familia del amigo con guita del barrio podía alcanzar- que matizábamos con chistes torpes sobre la anatomía de los protagonistas, actrices que podían tener las tetas caídas y actores que no se depilaban.

Una época en la que citábamos la saga interminable de Anal Intruder sin haberla visto y la Cicciolina era un mito adulto que no alcanzábamos a comprender. En la que copábamos el local de revistas usadas para ojear de pie números viejos de El Gráfico mientras algún amigo, oculto en cuclillas, nos iba mostrando clandestinamente las páginas de la Playboy con las chicas de Olmedo o algún ejemplar de Libre, funesto producto de Editorial Perfil que ponía en tapa títulos del tipo "Esta belleza es un señor".

Los últimos coletazos del destape democrático insinuaban más de lo que mostraban, aunque mis abuelos añoraran tiempos más decentes. En horario apto para todo público Gianni De La Nata se ponía sus lentes mágicos para que pudiéramos ver a Cris Morena o Adriana Salgueiro en pudorosos conjuntos de ropa interior. El suspenso nos hacía trasnochar a la espera del strip interview de Peor es nada: como con la tanguita de Noemí Alan, conocíamos el final pero la esperanza de que se viera algo más crecía a medida que las prendas iban cayendo y se renovaba cada semana. En el Club del Terror de Canal 13 las películas nos calentaban y asustaban, todo al mismo tiempo, sin que llegáramos a distinguir entre el placer y el miedo. Poco después Charly, días de sangre (otra vez Galettini), más graciosa que terrorífica, nos dejó espiar a las chicas de la tele de otra forma.

Fotogramas del comienzo de 'Little Girls Blue Part 2'
El amigo que en los ochenta jugaba con la ColecoVision progresaba en la profesión del futuro: ahora tenía un módem de 14.4k que permitía -preferentemente de noche para evitar gastos millonarios de teléfono- acceder a los BBS. Una novedosa pantalla convexa de 64 colores y 14 pulgadas era la ventana hacia un mundo de juegos, programas y, por supuesto, mujeres desnudas. Ahí el suspenso se informatizó: soportábamos con impaciencia el fatigoso descenso de los píxeles, línea por línea, hasta que finalmente Pamela Anderson nos revelaba sus pezones, que tantas veces habíamos imaginado cuando la veíamos trotar en slow motion por las playas de California (la historia de mi adolescencia: mientras mis amigos deseaban cogerse a Pamela yo soñaba casarme con Cindy Crawford). Unos años después apareció el video porno con su esposo Tommy Lee, todo un acontecimiento que volvió a reunirnos frente al monitor. Pero ya no había tanto por descubrir.

Poco antes la pornografía había llegado a la televisión a través de un cable. Ya nos afeitábamos y las noches de sábado salíamos a la cancha para intentar aplicar, con la timidez de un central rústico cuando cruza el medio campo, los precarios conocimientos adquiridos. Aún había mucho por ver en casa. Descubrimos que si movíamos la sintonía fina de la tele podíamos franquear, con escasa nitidez y mucha imaginación, la barrera del codificado. Intuíamos los goles de Boca que los domingos nos relataba Fantino y el sexo anal que una mina parecía disfrutar en la madrugada de Venus.

Pasaron más de 25 años y miles de películas desde aquella tarde de sábado en el Gran Alsina. Hice fila en la puerta del Malba para ver Garganta profunda o El Diablo en la señorita Jones y leyendo El Amante descubrí que la secuencia inicial de Little Girls Blue Part 2 es cine puro. Entendí por qué mi viejo se calentaba con Linda Fiorentino, hermosa flaca de piernas perfectas, y vi a Mónica Gonzaga como una bella mujer madura que en lo esencial nunca claudicó ante la paraciencia de lo estético. Lo pornográfico cambió de lugar: una crema corporal femenina promete milagros bajo un nombre comercial propio de un producto para veteranos de guerra y un desfile "solidario" organizado por un diario con "mujeres reales" sobre la pasarela nos hace pensar que quienes viajamos en colectivo pertenecemos a otra especie.

Escribo "Los pilotos más locos del mundo" en el buscador de YouTube y descubro que alguien subió la película completa. Un poco de fast foward, ahora más fast que nunca, y vuelve a aparecer el culo. La escena ya no me impacta como en la pantalla enorme del Gran Alsina pero el culo sigue siendo rotundo. El primer plano dura apenas unos segundos y hasta parece ingenuo, casi avergonzado en su brevedad. Contrasta con las tomas televisivas de los camarógrafos-proctólogos del concurso de baile nocturno. Hace poco una bailarina, demasiado joven para haber pasado tanto tiempo en el quirófano, alardeaba con que sólo su cuerpo podía soportar el realismo ontológico de la TV en alta definición. Acaso hoy los culos -descontextualizados, cosificados, "hechos", según el espantoso comentario de doble sentido- ya no merecen un primer plano sino apenas un plano detalle. ■

Este artículo fue escrito en febrero de 2013 a pedido de Hernán Panessi, que lo iba a incluir -junto a otros- en un apéndice de su libro Porno Argento! Historia del cine nacional triple X (2015). Finalmente, por motivos que desconozco pero no tienen relevancia, ese apéndice no se publicó, así que decidí poner este texto acá.

Una semana de películas interminables

James Dean en 'Gigante'

Siempre me gustaron las películas largas, de tres horas o más, que te trasladan no sólo a una época sino a un mundo. Acaso el gran maestro de las historias eternas -al menos en un sentido narrativo más bien clásico- haya sido David Lean, un tipo que tenía muy claro cómo contar esas épicas interminables, cómo ir de lo íntimo a lo multitudinario, cómo mantener el interés del espectador durante casi cuatro horas sin manipulaciones groseras o golpes de efecto gratuitos.

Entonces decidí armarme en casa una semana de películas interminables, lo que también era una posibilidad de acercarme a algunos clásicos que no había visto. Empecé el lunes tímidamente, con una que no es un clásico ni tampoco tan larga: los 191 minutos de Wyatt Earp (1994). Y fue una decepción: me gustan mucho algunas cosas de Lawrence Kasdan (Cuerpos ardientes, Silverado), pero ésta es una versión menor de un western de John Ford. Se podría decir, exagerando un poco, que cualquier western es una versión menor de uno de Ford, pero acá la frase es más literal que nunca, porque Kasdan transforma el célebre "impriman la leyenda" en un poco interesante "sucedió así".

El plan continuó el martes con los 212 minutos de Ben-Hur (1959), que tengo en una excelente edición de cuatro DVD que hace unos años me regaló un amigo. Prácticamente lo único que justifica soportar este masacote religioso es la escena de la carrera de cuádrigas, una de las mejoras cosas jamás filmadas, que aún hoy, más de 55 años después, sigue siendo un modelo de narración del que deberían aprender unos cuantos directores de cine de acción. El resto es más bien aburrido, aunque en la primera parte es interesante la relación casi romántica entre el protagonista y su amigo Messala, aparentemente un aporte de Gore Vidal al guión. Después de verla empecé a dudar acerca de seguir con algún otro film de largo aliento: las casi cuatro horas de Charlton Heston en pantalla casi me sacan las ganas.

Pero por suerte no abandoné. El miércoles todo mejoró con los 201 minutos de Gigante (1956), de George Stevens. Es la épica del sueño americano a partir de la historia de un acaudalado ranchero de Texas que se casa con una chica de Virginia, la otra punta -geográfica y políticamente- del país. Stevens se toma más de tres horas para contar 25 años de historia, y ofrece al menos una docena de escenas que ilustran brillantemente los cambios económicos y sociales en esta zona materialmente rica y moralmente pobre. Y además está el enorme placer de verlo a James Dean, sobre todo en la primera mitad de la película (en la segunda su personaje es viejo, y su actuación se vuelve un poco pasada de rosca y por lo tanto más convencional). François Truffaut escribió alguna vez que Dean actuaba con desparpajo, como si no le interesara dejar el claro que entendía qué le está pasando por la cabeza a su personaje, y la escena en que le invita un té al personaje de Elizabeth Taylor en su ranchito es notable en ese sentido. Gran película.

Mi semana de películas interminables terminó el jueves con los 233 minutos de Lo que el viento se llevó (1939), de Victor Fleming/David O. Selznick, que nunca había visto completa. No hay mucho que se pueda decir de un film tan famoso y tan analizado, más que confirmar lo que uno fue leyendo en distintos lugares a lo largo de los años: efectivamente, es una película racista, al margen de algún pequeño matiz. Pero de todos modos, y aunque el paso del tiempo se le nota más que a otras producciones hollywoodenses de la época, las cuatro horas y pico transcurren placenteramente, y hay algunas imágenes de gran belleza (sobre todo en la primera mitad, más interesante que la segunda, cuando todo deriva hacia un dramón de proporciones monumentales). Y además no deja de sorprender lo turros que llegan a ser la Scarlett O'Hara de Vivien Leigh y el Rhett Butler de Clark Gable, en contraste con la suma ingenuidad de la Melanie Hamilton de Olivia de Havilland. Clásico absoluto, es interesante ver que incluso en el momento de su estreno algunos críticos advirtieron que se trataba de un acontecimiento muy relevante para la industria pero de un logro menor artísticamente. ■

Tres buenas películas para redescubrir en Odeon

Carlos Cores en 'Los tallos amargos'

El Gobierno nacional lanzó este miércoles Odeon, una plataforma online de cine y contenidos nacionales similar a Netflix. El servicio cuenta con alrededor de 700 horas de material para ver en streaming, y hay un poco de todo: cine clásico y actual, series, programas infantiles y deportivos. En el sitio Otros Cines se puede encontrar más información sobre la iniciativa, que parece muy buena aunque quizá aún esté algo verde.

Entre todo el material que ofrece Odeon elegí tres películas que nunca fueron editadas en DVD, por lo que la posibilidad de verlas en una calidad decente estaba restringida a su exhibición en un festival o ciclo o a pescarlas algún día en Incaa TV. Esta es una buena posibilidad de redescubrirlas.

Afiche de 'Gente bien'Gente bien (1939)
Dirección: Manuel Romero.
Elenco: Hugo del Carril, Tito Lusiardo, Delia Garcés, Enrique Roldán, Marcelo Ruggero.
Un representante un poco venido a menos de la “gente bien” del título abandona a la joven Elvira (Garcés), con quien tuvo un hijo, para casarse con una chica millonaria e intentar rehacer su desgastada alcurnia. Desamparada, Elvira encuentra cobijo en un grupo de artistas y trabajadores, gente buena, y se enamora de un cantante (Del Carril). Se trata de una genial comedia combativa de Romero, que hoy, más de 70 años después de su estreno, sorprende por lo beligerante de su planteo.

Afiche de 'Los tallos amargos'Los tallos amargos (1956)
Dirección: Fernando Ayala.
Elenco: Carlos Cores, Vassili Lambrinos, Gilda Lousek, Aída Luz, Julia Sandoval.
Un opaco periodista (Cores) se deja convencer por un inmigrante (Lambrinos) para participar de un improbable negocio. Primero se engancha con la idea, luego se siente traicionado y finalmente cae en el crimen, lo que ocurre en la mitad del film. El segundo largometraje de Ayala es un denso y extraño film noir, con un clima opresivo y una serie de notables resoluciones formales. Hay una extraordinaria escena onírica que debe estar entre las mejores de su tipo en todo el cine argentino.

Afiche de 'Las venganzas de Beto Sánchez'Las venganzas de Beto Sánchez (1973)
Dirección: Héctor Olivera.
Elenco: Pepe Soriano, Federico Luppi, Irma Roy, China Zorrilla, Héctor Alterio..
Luego de la muerte de su padre, Sánchez (Pepe Soriano, notable) sale a vengarse de quienes cree que le arruinaron la vida y siente culpables de todas sus represiones y frustraciones, lo que incluye a un cura, su maestra de primer grado, su superior en la colimba y su jefe, entre otros. Verdadero relato salvaje de Olivera, que tuvo mil y un problemas con la censura -recibió durísimas críticas de la Iglesia y el Ejército, entre otras instituciones conservadoras- y visto hoy sigue resultando explosivo. ■

El VHS, otro formato que vuelve

Edición en VHS de 'Diablo', de Nicanor Loreti
Su vida útil en el circuito comercial fue más bien efímera en términos históricos, lo que sin embargo le alcanzó para calar hondo en la memoria de muchos. En poco más de dos décadas –desde fines de los setenta hasta los primeros años del nuevo milenio– el VHS (Video Home System) introdujo por primera vez de manera masiva el cine en los hogares y luego se desvaneció de a poco, desplazado por otros formatos con mayor calidad de imagen y sonido. Pero nunca llegó a desaparecer del todo. Y ahora está volviendo, en un fenómeno que conjuga nostalgia con cinefília y se hace notar en Argentina.

A diferencia del vinilo, que tiene argumentos para pelear por la supremacía en cuanto a calidad de audio, el VHS fue ampliamente superado por el DVD y el Blu-ray. Pero todo vuelve. En Facebook hay decenas de grupos que reúnen a coleccionistas de todo el mundo sedientos por exhibir imágenes de sus repisas repletas de coloridas rarezas de otra época, rectángulos plásticos de 19 centímetros de largo por 10 de ancho y unos 200 gramos de peso que atesoran una cinta magnética enrollada en su interior.

"La vuelta del VHS como objeto coleccionable, incluso después de que dejó de producirse de forma masiva, se debe sobre todo al factor nostálgico", opina Cristian Sema, coleccionista e investigador del fenómeno del video. "Pero además muchas películas nunca se editaron en DVD o no se consiguen con subtítulos o doblaje en español en la web", agrega. Su página de Internet (www.rarovhs. com.ar), un sitio de referencia para coleccionistas locales, es un viaje sin escalas al pasado, donde conviven héroes de acción olvidados con las más extrañas películas de terror o productos de explotación de muy diversa procedencia.

No sólo la nostalgia alimenta el resurgimiento: el videocasete también mira hacia el futuro. La editora de video SRN, especializada en cine de género nacional, lanzó en septiembre de 2013 una edición limitada de 52 VHS de la película Diablo (2011), dirigida por Nicanor Loreti y protagonizada por Juan Palomino. "Cada caja fue cortada, plegada, armada, pegada y numerada a mano, al igual que las etiquetas autoadhesivas del casete. Además trae un booklet con información y una postal", cuentan Alejo Rébora y Daniela Giménez, de SRN. "Es en gran medida un homenaje al cine de los 70, y como Loreti es un entusiasta de la estética de la época, la propuesta de editar en VHS lo convenció de inmediato. Además, habiéndose convertido tan rápidamente en una película de culto, ¿qué mejor que editarla en un formato de culto?".

La de Diablo fue –según la publicación especializada Lunchmeat– la primera edición profesional en VHS realizada fuera de Estados Unidos desde que el soporte salió del mercado, y aún quedan un par de casetes, que se consiguen a 90 pesos. ■

> Este texto fue publicada en el diario Clarín el 15 de noviembre de 2014. Acompañó una nota más extensa sobre el resurgimiento del vinilo.

Lanzaron el segundo concurso de estudios sobre cine de la Enerc

El rector de la Enerc, Pablo Rovito, y el responsible de la Biblioteca, Adrián Muoyo, durante la presentación en Mar del Plata

En los últimos años se están publicando más libros sobre cine en Argentina, y hay para todos los gustos. Desde los lanzamientos de pequeñas editoriales como Fan Ediciones o Cuarto Menguante hasta las publicaciones de editoriales establecidas y con trayectoria como Paidós, que está renovando su colección. Hay también, entre muchas otras cosas, traducciones hechas acá de textos extranjeros, como los libros de Werner Herzog que lanzó Entropía o los de John Waters de Caja Negra.

A toda esta movida se sumó este año la Biblioteca de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc), que depende del Incaa. En abril lanzó el Primer Concurso Nacional y Federal de Estudios sobre Cine Argentino, una iniciativa de frecuencia anual que intenta alentar la realización de ensayos o investigaciones vinculadas a la historia, la teoría y la estética del cine nacional. El martes pasado, durante el Festival de Cine de Mar del Plata, se anunciaron los dos trabajos ganadores: Modos de salir del hogar paterno. Representaciones familiares y derivas juveniles en el Nuevo Cine Argentino, de Eduardo Cartoccio; y Noches de sano esparcimiento. Estado, católicos y empresarios en la censura al cine en Argentina (1955-1973), de Fernando Matías Ramírez Llorens. Ambos textos serán publicados y distribuídos en bibliotecas de todo el país y también se podrán comprar en librerías, porque el espíritu del concurso es que las publicaciones sean accesibles para todos, y no sólo en el ámbito académico.

En el acto también se presentó la segunda edición del concurso, cuya recepción de trabajos comienza hoy y se extiende hasta el 30 de abril de 2016. Las bases y condiciones pueden consultarse en la página de la Enerc o en Infoleg. Además de la publicación de su trabajo, los ganadores recibirán un premio de 40 mil pesos.

Este doble anuncio -ganadores de la primera edición, lanzamiento de la segunda- es relevante por dos cuestiones. Por un lado, porque la frecuencia anual del concurso garantiza un canal para que las investigaciones sobre cine argentino puedan fluir. Por otro, porque la entrega de un premio en dinero permite que los premiados cobren por su trabajo.

Hubo una tercera noticia en el acto realizado en Mar del Plata, que también es de gran importancia para la investigación sobre cine en Argentina. Adrián Muoyo, coordinador de la Biblioteca de la Enerc, anunció el lanzamiento del primer Catálogo Colectivo de Bibliotecas de Cine del mundo. Se trata de una iniciativa de la red BiblioCi, que reúne a 16 bibliotecas cinematográficas de ocho países de Iberoamérica. Se trata de una herramienta fundamental para cualquier investigación sobre cine, porque permite acceder al catálogo (libros, revistas, catálogos, guiones y un largo etcétera) de cualquiera de las bibliotecas de la red y ponerse en contacto con sus responsables. Se puede acceder desde www.biblioci.org. ■

Dos décadas de un libro imprescindible

Primera edición de 'Un diccionario de films argentinos (1995)'

La edición 2015 es la última de la famosísima Leonard Maltin's Movie Guide, en otros tiempos denominada la biblia del cine, que deja de publicarse después de 45 años y 35 ediciones. Jaqueado por la Internet Movie Database (IMDb) y Wikipedia, entre otros fuentes de información que todos tenemos a mano, el libro editado por el crítico estadounidense Leonard Maltin, indispensable en otros tiempos, fue perdiendo relevancia. Lo despedí con una nota en La agenda, donde también explico por qué creo que aún hoy sigue valiendo la pena atesorar una Maltin en la biblioteca.

Hace no mucho tiempo, antes de internet, guías como la de Maltin y similares o enciclopedias como la de Ephraim Katz eran imprescindibles, incluso para quienes no manejaban del todo el inglés. Pero hay un libro que hoy, en plena era digital, sigue siendo irreemplazable. Se editó acá, en Argentina, en diciembre se cumplirán 20 años de aparición y el año próximo tendrá un nuevo volumen, el cuarto. Se trata de Un diccionario de films argentinos, de Raúl Manrupe y María Alejandra Portela.

Lo que hicieron Manrupe, Portela y sus colaboradores (entre otros, Axel Kuschevatzky) dos décadas atrás fue extraordinario: juntaron en un sólo libro toda la producción cinematográfica sonora nacional, desde los primeros intentos con un sistema de discos (como Muñequitas porteñas, 1931) hasta El censor (1995), incluyendo films inéditos e inconclusos. El proyecto comenzó en 1990 y fue, en una época en la que la informática no estaba al alcance de la mano, una tarea descomunal. "Pensá que hoy toda la información de fichas técnicas está en internet. En ese momento estaba en los diarios, en las críticas de películas, en libros, en entrevistas... Había que reconstruir el rompecabezas con las piezas que teníamos", recuerda hoy Portela. En 2004 se presentó un segundo volumen, que cubrió todas las producciones realizadas entre 1996 y 2003. Y en 2010 salió un tercero, con el período 2003-2009. En total, los tres libros incluyen fichas de más de 3.600 películas, con datos muy precisos sobre el equipo técnico y artístico, fecha de lanzamiento, duración, argumento y un repaso de la recepción crítica del momento del estreno, entre otra información.

Portela recuerda que la guía de Maltin y la enciclopedia de Katz fueron dos ejemplos que los marcaron a la hora de diseñar el proyecto. Pero a diferencia de esos dos libros, que hoy perdieron mucha de su utilidad, los tres tomos de Un diccionario de films argentinos siguen siendo valiosos, no sólo para cinéfilos o investigadores sino también para el espectador ocasional que se engancha con algún clásico de Manuel Romero o Carlos Schlieper en Incaa TV o Volver. En parte porque en internet no hay mucha información de calidad sobre las películas argentinas anteriores a fines de los noventa. Lo que hay suele estar incompleto o no es del todo confiable, como suele ocurrir con las fichas de películas nacionales en IMDb. Pero existe otro motivo, quizá más importante.

Filmar hoy es más accesible que hace 20 años, en parte porque las tecnologías digitales permitieron abaratar costos. En 2013 se estrenaron unos 150 film nacionales, y en 2014 fueron alrededor de 170. Muchas de esas realizaciones duran una semana en pantalla en algún Espacio Incaa y luego desaparecen de la cartelera, por lo que a veces los diarios -e incluso los sitios web especializados- no publican comentarios o críticas. El diccionario de Manrupe y Portela cubre toda esa producción. "El cuarto volumen, en el que estamos trabajando, creo que tiene más películas que el primero. Lo engrosa la enorme cantidad de producciones de toda la Argentina, películas que muchas veces no llegan a Buenos Aires, películas que se hacen para la web o para otros medios", cuenta Portela.

El nuevo libro, que posiblemente salga a la venta a principios del año próximo (siempre editado por Corregidor), tendrá al menos 600 páginas. Y será, como los anteriores, un referente imprescindible. ■

Apenas un delincuente y la necesidad de preservar nuestro cine

Jorge Salcedo en 'Apenas un delincuente'

Una versión restaurada de Apenas un delincuente (1949), gran película de Hugo Fregonese, se exhibió ayer y hoy en la sección de clásicos del Festival de Cine de Venecia. Sobre eso -y sobre Fregonese, el único director argentino que logró tener una carrera en Hollywood- escribí para La Agenda. Pero el tema no se agota ahí y también sirve para hablar de qué se está haciendo para se preservar y difundir el cine nacional clásico, dos tareas íntimamente relacionadas que en general no reciben la atención que merecen en Argentina.

Se calcula que el 90 por ciento de la producción de cine mudo nacional y la mitad del sonoro están perdidas. El dato genera pavor, sobre todo por la riquísima historia fílmica de Argentina, que llegó a ser un faro en América Latina. "Nosotros, los que no resguardamos nuestro patrimonio, vamos a quedar mucho menos representados en el futuro. Ya las historias del cine se centran en Europa y Estados Unidos, y el resto aparte. Si encima las películas no están disponibles y nadie las conoce, vamos a desaparecer. Una película desaparece no sólo cuando se pierde su soporte fílmico, sino cuando desaparece su recuerdo", opina Paula Félix-Didier, directora del porteño Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, que se encargó -junto con aportes privados- de restaurar la copia de Apenas un delincuente.

En 2012 un grupo de críticos y especialistas convocados por la revista británica Sight & Sound eligió a Vértigo (1958), de Hitchcock, como la mejor película de la historia, aunque es probable que muy pocos hayan visto Más allá del olvido (1956), de Hugo del Carril, que tiene más de un tema en común. En casi todo el mundo Leonardo Favio es más conocido como cantante que como cineasta. "Fuera de Argentina se conoce bastante poco del cine nacional clásico. Nuestro director más conocido fue Leopoldo Torre Nilsson, porque en la década del '50 se ubicaba junto a Bergman y Kurosawa como uno de los que estaba haciendo algo distinto. Pero del resto, casi nada", dice Félix-Didier. Que películas como Apenas un delincuente puedan verse en el exterior con la calidad que merecen es una forma de mantener viva nuestra historia. "Lo que queremos es que las películas encuentren un público nuevo, y no queden sólo en la nostalgia de quienes la vieron en su momento. Nuestra idea es que los archivos son espacios vivos, y no un lugar donde las películas van a morir".

La impiadosa inmaterialidad de lo digital, que transforma todo en intangibles ceros y unos, hizo que la cuestión de la preservación se volviera casi cotidiana. Una caja de zapatos puede atesorar las fotos de aquellas lejanas vacaciones de la infancia, pero es probable que las imágenes del verano pasado se hayan perdido en algún CD que se rayó o en un disco rígido que murió sin previo aviso. Félix-Didier cree que estos pequeños problemas de todos los días hicieron que la idea de la preservación esté más presente en la gente. "Lo digital no es la solución. Hasta ahora el fílmico ha demostrado ser lo más duradero. No va a durar para siempre, pero hoy, más de 100 años después, la películas de los hermanos Lumière se pueden ver. Acá y en otros países se está haciendo una apuesta muy fuerte por el digital que yo creo que va a terminar siendo un error. Hoy nadie puede garantizar que exista un formato digital que dure, no te digo los más de 100 años del fílmico, pero al menos 20 años. Fundamentalmente por los modos de reproducción, que no suelen ser retrocompatibles".

Preservar el patrimonio audiovisual no es un capricho cinéfilo. Además de ser una extraordinaria obra de arte, Apenas un delincuente ofrece un registro de otra época, de una ciudad que ya no es, de una forma de vestir y hablar. Porque el cine también es un documento histórico, un inventario visual, sonoro, cinético y simbólico de incalculable valor. Valga un ejemplo: en el Festival Internacional de Cine de Montaña que se realizó hace dos semanas en Ushuaia el Museo del Cine proyectó un documental, realizado en 1941, con el registro del viaje que Exequiel Bustillo, entonces presidente de Parques Nacionales, hizo por la Patagonia siguiendo los pasos que a fines del 1800 había dado el perito Francisco Moreno. Entre otras cosas, contiene impactantes imágenes en colores del glaciar Perito Moreno. "Más allá de que a todos nos guste a todos eso, supongo que para los científicos que estudian el calentamiento global debe ser muy útil poder analizar literalmente cómo estaba el glaciar en 1941", cuenta Félix-Didier.

La creación de una Cinemateca Nacional estatal, que se encargue de resguardar el patrimonio audiovisual del país, es un viejo reclamo que por ahora avanza a paso lento. La situación es paradójica: a partir de 1947 -cuando se implementó un sistema de créditos y subsidios a la producción nacional que, con matices, continúa hasta hoy- el Estado invirtió dinero en la mayoría de las películas que se realizaron en el país, pero hizo poco para preservar ese cine que en parte había financiado. Algunas iniciativas -como las que lleva adelante el Museo del Cine o el programa de recuperación "Cine Argentino Siempre" que realiza Incaa TV- permiten un moderado optimismo, aunque aún faltan políticas públicas sistemáticas y duraderas en el tiempo. Sólo así el pasado del cine nacional podrá también tener un futuro. ■

Nueve reinas, según sus protagonistas

Ricardo Darín, Gastón Pauls y Leticia Brédice en 'Nueve reinas'

Hay películas excelentes que casi nadie ve, y hay otras que convocan el público a las salas de a millones pero son malísimas. Unas pocas logran juntar las dos cosas: gran calidad y masividad. En el cine argentino se pueden mencionar -desde el establecimiento del color para acá- apenas unos pocos ejemplos, como Juan Moreira o Tiempo de revancha. Y también Nueve reinas, la genial ópera prima de Fabián Bielinsky, de cuyo estreno se cumplirán 15 años el 31 de agosto.

Entrevisté a muchos de los involucrados en la película (actores, técnicos, artistas) y publiqué una historia oral de Nueve reinas en la revista cultural La Agenda. Son dos partes, que se pueden leer acá y acá, donde se cuenta desde cómo surgió el proyecto hasta el éxito de público y crítica y la remake hollywoodense. La segunda parte incluye, además, un mapa con los principales lugares donde se filmó, porque una de las cosas que destacan a Nueve reinas es el uso de Buenos Aires casi como un elemento dramático más. ■

Bafici 2015: dos documentales cinéfilos

Dick Miller en 'That Guy Dick Miller'

Su primera película, American Grindhouse (2010), contaba la historia del cine exploitation desde Traffic in Souls (1913) hasta fines de los años setenta, cuando los autocines comenzaron a desaparecer y los grandes estudios de Hollywood se apropiaron de los temas tradicionales de las producciones de bajo presupuesto. Luego hizo decenas de breves documentales que acompañaron como extras las ediciones en DVD y Blu-ray de una gran diversidad de películas, notablemente producciones de Roger Corman lanzadas por Shout! Factory. El nuevo trabajo de Elijah Drenner, que se exhibió en este Bafici, continúa esa senda.

That Guy Dick Miller (2014) cuenta la historia de uno de los grandes actores de reparto del cine estadounidense de los últimos sesenta años, que empezó a trabajar casi de casualidad. Por un amigo en común fue a verlo a Roger Corman para ofrecerle algunos guiones que había escrito. "Ahora no necesito guionistas, necesito actores", le dijo el rey de la clase B. "¡También soy actor!", improvisó Dick Miller. Así debutó frente a cámaras con un doble rol en el western Apache Woman (1955): hizo de cowboy y también de indio. Desde entonces acumula apariciones en cerca de 120 películas y una infinidad de serie de televisión, con un protagónico que nadie debería desconocer: el Walter Paisley de El falso escultor (1959), extraordinaria comedia negra que satiriza la cultura beatnik.

Con una gran cantidad de testimonios, Drenner recorre vida y obra de Miller, lo que significa también sobrevolar la trayectoria de Roger Corman. Desde los inicios, a fines de los cincuenta, con películas como El emisario de otro mundo (1957) o Guerra de los satélites (1958), hasta los años setenta, cuando los entusiastas jóvenes directores de la New World Pictures redescubrieron -y se apropiaron de- la figura de Miller. El caso más notable es el de Joe Dante, que le otorgó un papel en todas sus realizaciones.

Una de las claves de la perdurabilidad de Miller en el cine la ofrece John Sayles sobre el final del documental. El gran director y guionista, que actuó junto a él en la hermosa Matinee (1993), explica que Miller tiene la capacidad de desarrollar un personaje y hacerlo creíble en apenas una escena. Puede aparecer en pantalla sólo unos segundos -como el mozo de Después de hora (1985)– y sin embargo convencernos de que su criatura estuvo siempre ahí y seguirá estando una vez que la película termine. El propio Miller ratifica esa idea en la última escena. El cierre de That Guy Dick Miller, que no revelaremos, es un chiste guionado y harto predecible. Y sin embargo él logra hacerlo efectivo con un gesto, una mueca, con la forma de entonar sus líneas. Acaso ahí esté la confirmación del gran talento de un actor notable y, al menos hasta ahora, quizá no del todo reconocido.

That Guy Dick Miller se inscribe dentro de una línea de documentales cinéfilos que en los últimos años viene intentando rescatar ciertos personajes, películas o períodos algo olvidados, generalmente vinculados al cine de bajo presupuesto y sus arrabales y a la cultura popular, que logran buena circulación en festivales. Suelen ser tener bastantes similitudes: una forma más o menos clásica, gran cantidad testimonios, mucho humor y un montaje ágil y cuidado. Ahí están, entre otros, Corman's World: Exploits of a Hollywood Rebel (2011), That's Sexploitation! (2013), la obra del australiano Mark Hartley o películas que narran el auge y la caída del video hogareño como Rewind This! (2013) y Adjust Your Tracking (2013). También se podría sumar la producción francesa Rocky IV: le coup de poing américain (2014), exhibida en este Bafici, que intenta una aproximación política y social a la cuarta entrega de la saga del legendario boxeador creado por Sylvester Stallone. Al verlos uno piensa por qué no hay ejemplos de este tipo en Argentina, país con una riquísima historia cinematográfica. Se me ocurren un par de motivos, probablemente insuficientes como explicación. Por un lado, la falta -o al menos las deficiencias- de una política estatal de conservación del patrimonio fílmico nacional, lo que dificulta el acceso a mucho material. Por otro, el escaso conocimiento en el exterior de buena parte del cine argentino no reciente, lo que podría limitar la proyección de éstas películas en los festivales extranjeros.

'Un importante preestreno'

Pero pensando mejor el asunto surgen algunos ejemplos. De memoria, sin buscar demasiado: Carne sobre carne (2008), de Diego Curubeto; Ricardo Becher, recta final (2010), de Tomás Lipgot; incluso el muy inferior Dirigido por... (2005), de Rodolfo Durán. Y en estos días el Bafici estrenó otro, más en la línea de That Guy Dick Miller.

Un importante preestreno, de Santiago Calori, cuenta la historia -oral e improbable, aclara el subtítulo- de la cinefilia porteña, que durante años fue un faro para la región. El fascinante recorrido va desde los problemas con la censura y las formas de gambetearla (como los míticos tours cinéfilos hacia Uruguay) hasta la irrupción del video hogareño y la desaparición de las salas de Lavalle y los cines de barrio, que cambiaron para siempre la forma de ver películas. Distribuidores cuentan sus desopilantes ocurrencias para colgarse, con adquisiciones berretas, de los grandes éxitos de la época, o la forma en que trataron de aprovechar el destape de los primeros años de la democracia.

Hay algunos momentos notables, que Calori resuelve con inteligencia y humor desde el montaje. Uno es el caso del estreno de Julie Darling (1983), que el inefable Claudio María Domínguez rebautizó, pícaro, como Déjala morir adentro. Cualquier cinéfilo que se precie debería conocer esa historia, y sin embargo en el cine, frente a la pantalla, la carcajada surge naturalmente por el modo preciso con el que se construye el suspenso.

Hay algo de genuina y hasta necesaria nostalgia en Un importante preestreno, porque lo que se extraña no es una juventud que ya no volverá. Las formas de ver cine cambiaron radicalmente desde de los años noventa, y es difícil no sentir pena por el modo en el que el mercado -con la forma de shoppings, baldes de pochoclo y demás invasores- metió la cola. No todo tiempo pasado era mejor, pero mucha veces ofrecía un encanto que se perdió para siempre. ■