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Sin novedad en el frente

Felicity Jones en 'Rogue One'

El estreno de Rogue One, spin off o desprendimiento de la saga de La guerra de las galaxias, parece confirmar que el universo ficcional creado por George Lucas hace 40 años no tiene nada nuevo para ofrecer. Ya se había visto en El despertar de la fuerza: en lugar de expandir o enriquecer ese mundo fantástico, la nueva trilogía se conforma con canibalizarlo. Se trata más de un ejercicio de nostalgia que de una estrategia narrativa, y el resultado no deja de ser triste: la maravillosa telenovela espacial ha perdido su encanto para transformarse, acaso definitivamente, en apenas un objeto de consumo.

Sobre todo esto escribí en Hacerce la crítica. Lo pueden leer acá. ■

Cómo filmar Buenos Aires: dos policiales porteños

Demián Bichir y el Chino Darín en 'Muerte en Buenos Aires'

Muerte en Buenos Aires (2014) es una película extraña. Descoloca ya desde los primeros minutos, porque uno no sabe bien de dónde agarrarse. No puede ser tomada del todo en serio, pero tampoco demasiado en broma. ¿Pretende aferrarse a la estructura del policial, un whodunit detectivesco más o menos clásico? ¿O quiere ser una parodia del género? En el dificultoso camino que queda entre las dos preguntas se mueve la película: hay códigos genéricos y también algo burlón, todo junto y al mismo tiempo, en un mejunje mucho más consciente (y consistente) de lo que puede suponerse.

Ahí está el Chino Darín como una especie de femme fatale. Mónica Antonopulos (una actriz que el cine debería aprovechar mucho más), que podría ser la seductora, traicionera y letal villana, parece más bien una cop buddy. Y protagoniza el detective, obviamente duro y no muy apegado a la legalidad, interpretado por un actor mexicano (Demián Bichir) que apenas puede lidiar con el castellano rioplatense. Todo esto, que de casual no tiene nada, tendría que alcanzar como motivación para intentar pensar la película desde otro lugar, algo que la mayor parte de la crítica no hizo. Es muy sencillo y hasta perezoso caerle a Muerte en Buenos Aires por sus supuestas deficiencias. Los buscadores de inverosimilitudes encontrarán una en cada plano. Pero, vamos, ¿en serio creen que la escena de los caballos corriendo por Diagonal Sur -una de las cosas más desquiciadamente hermosas del cine nacional reciente- es pretenciosa?

También está la Buenos Aires de fines de los ochenta, aunque no hay una intento por lograr una representación fiel de la época. Luces de neón por todos lados, el detective en una cupé Fuego roja, la omnipresencia de sintetizadores y una serie de secundarios identificados con esos años (Emilio Disi, Gino Renni, Luisa Kuliok) dejan claro que la década está siendo invariablemente vista desde el presente. Es muy difícil hacer cine de época en Buenos Aires, porque la ciudad -despreocupada por su pasado- cambió demasiado en los últimos años. Siempre está el riesgo de que una moderna torre vidriada o un acondicionador tipo split colgando de algún frente se cuelen en el plano, y los remiendos digitales son caros y no siempre convincentes. La debutante Natalia Meta transformó esa dificultad en una virtud: Buenos Aires se muestra desde ángulos raros, a veces insólitos, que más que ocultar el paso del tiempo aportan al clima enrarecido de la película (y hasta ofrecen alguna pista narrativa). Nada es lo que parece en Muerte en Buenos Aires.

Benjamín Vicuña y Germán Palacios en 'Baires'

Baires [1], estrenada el año pasado, comparte algunas cuestiones con Muerte en Buenos Aires. Es otro policial ambientado en la ciudad, está de fondo el tema del tráfico de drogas e incluso hay un protagonista extranjero, el chileno Benjamín Vicuña. Mirada con ganas Sabrina Garciarena podría ser una femme fatale, y el subcomisario de Germán Palacios es otro tipo duro, no muy atento a las garantías civiles aunque generoso.

Pero acá, en cambio, todo es lo que aparenta, y no puede esperarse otra cosa que lo que finalmente ocurre. No porque la película vaya sembrando sutiles indicios que sólo un espectador atento podría advertir, sino por su ausencia absoluta: es todo tan lineal que sólo queda esperar el giro brusco sobre el final. Los clichés son eso, clichés, y no aparece nada -ni distancia, ni ironía, muchos menos humor- que pueda sugerir algo diferente. Hay una estilización en el recurrente uso de la cámara lenta que pretende disimular la falta de ideas (por ejemplo, para filmar un tiroteo), y Buenos Aires se muestra con una serie de tomas aéreas que por piedad podrían calificarse de turísticas. Qué mal le están haciendo los drones al cine. ■

[1] El uso del apócope Baires ya predispone mal: luego de haber visto el monumental Los Angeles Plays Itself (2003), uno de los mejores documentales cinéfilos de la historia, toda mención abreviada del nombre de una ciudad pasó a ser sospechosa.

Joy: el nombre del éxito, de David O. Russell

Perpetuación del mito, ausencia de política

Jennifer Lawrence, Robert De Niro y Édgar Ramírez en 'Joy'

La clave sobre Joy: el nombre del éxito, de David O. Russell, que se estrenó hoy en Buenos Aires, la ofreció el siempre lúcido David Walsh en su crítica para el World Socialist Web Site: "Puede ser que frente a la actual penuria económica generalizada y la ausencia de cualquier sentido de una alternativa política emergente, lo mejor que el cineasta piensa que puede hacer es perpetuar ilusiones y mitos en la creencia de que la población necesita algo para mantenerse en marcha. Pero sería mucho mejor decir la verdad sobre la situación".

La película, como se difundió profusamente, está inspirada en el caso real de una treintañera de clase media baja que en los noventa inventó el Lampazo Milagroso (sic), lo vendió a todo Estados Unidos a través de programas de televenta tipo "Llame ya" y se hizo millonaria. Russell cuenta esta (otra) historia de una mujer que se construyó a sí misma en forma de cuento de hadas, e incluso, como para darle más fantasía al asunto, ubica la narración en la voz en off de una muerta. Así, como señaló Walsh, perpetúa el mito de que si se quiere se puede, que todo es posible si se tiene fuerza de voluntad.

Pero como el director no es ningún tonto echa mano a un recurso cada vez más habitual para tomar distancia de lo que muestra: la autoconciencia. En lugar de, por ejemplo, preguntarse cuán necesario es un lampazo que se enjuaga solo y se puede lavar en el lavarropas -o cualquier otro de esos productos supuestamente milagrosos que nos venden como si fueran esenciales para la vida moderna- o insinuar alguna alternativa política al asunto, el director apenas puede condimentar con un poco de ironía su cuentito y dejar en claro que, bueno, él es consciente de que lo que está narrando es un poco más de lo mismo. Esa distancia irónica que funcionaba en Escándalo americano -esencialmente, una película sobre las apariencias- acá resulta cuanto menos ingenua.

Russell, dijimos, no es ningún tonto, y entonces además de la autoconciencia introduce en Joy algunas pinceladas que intentan dejar en claro que él sabe que el sueño americano también tiene algo de pesadilla. La protagonista está a cargo de una familia muy disfuncional, alejada de cualquier imagen de felicidad, y el mundo de los negocios está habitado por algunos inescrupulosos que intentan enriquecerse con el trabajo ajeno. Pero en el fondo el sistema funciona: no hace falta más que una idea y algo de tenacidad para salir del pozo e incluso empezar a hacer beneficencia, que no es más que otra forma de replicar las inequidades del sistema (como la muestra la escena final, otro ejemplo de autoconciencia, con Jennifer Lawrence sentada detrás de un escritorio en una versión bondadosa de Marlon Brando en el comienzo de El padrino).

Si Joy no llega a ser un desastre es porque Russell tiene buen pulso para narrar ciertas escenas (en particular algunas bochincheras y caóticas situaciones en el comienzo), porque suele musicalizar con ingenio (aquí suenan bellas canciones de Cream y Bruce Springsteen, entre otras) y porque eligió un sólido elenco, desde el protagónico indiscutido de Lawrence -una actriz que parece tener un potencial ilimitado- hasta sólidos secundarios como Robert De Niro, Diane Ladd, Isabella Rossellini y, sobre todo, Virginia Madsen. Pero estaría bueno que en lugar de perpetuar mitos inherentes al sistema alguna vez nos proponga alguna alternativa. ■

Dos grandes exploitation a redescubrir

Assumpta Serna en 'Coto de caza'

Los exploitation films (literalmente, films de explotación, aunque en castellano sería más correcto hablar de películas sensacionalistas) buscan captar la atención del espectador a partir de elementos bastante básicos pero efectivos -sobre todo para la platea masculina-, como un tiroteo o un par de tetas. Pero algunas películas lograron, sin traicionar esa premisa, ir mucho más allá. Estos son dos casos notables.

En el Bazofi, que comenzó el fin de semana pasado y continúa el próximo, se exhibió la película española Coto de caza (1983), de Jorge Grau, que curiosamente se estrenó en Argentina como Cazadores nocturnos. Podría inscribirse en el subgénero del rape & revange (alguien es víctima de un crimen brutal y se venga con más brutalidad aún), aunque en realidad no hay una violación y lo que ocurre luego no llega a ser una venganza. Lo que la despega de la mayoría de las porquerías similares es que, sin renunciar a la sordidez habitual de este tipo de películas, intenta sobre todo ser reflexiva.

Aquí una abogada progre (Assumpta Serna) que defiende a delincuentes sufre el ataque de una banda que en un intento de robo asesina a su marido. Lo interesante del planteo es que pone en un pie de igualdad el sufrimiento de esta mujer con el de la madre de los ladrones. "La propia sociedad es la culpable de la inseguridad ciudadana, que empuja a los hombres al delito deslumbrándolos con el señuelo del éxito, del confort, del consumo, y que por otro lado les cierra el paso a los puestos de trabajo", dice la abogada en el comienzo. Toda la historia transcurre en medio del éxtasis consumista de las Fiestas de fin de año, y no es casualidad que dos momentos importantes transcurran en un supermercado y en un shopping. En la brutal escena final hay algunos planos gratuitos que desnudan su espíritu exploitation, y para muchos sería fácil y hasta cómodo tildarla de reaccionaria. Pero las cosas -como en El vengador anónimo, otra película bastante incomprendida- son mucho más complejas de lo que aparentan. En este sentido, sería interesante juntarla en un doble programa con La caza (1966), obra maestra de Carlos Saura.

Yvette Mimieux en 'La prisión de la violencia'

La New World Pictures de Roger Corman produjo varias buenas películas durante los setenta, pero Jackson County Jail (1976), dirigida por Michael Miller y que en Argentina se estrenó una década más tarde como La prisión de la violencia, debe ser una de las mejores. Es la historia de una mujer (Yvette Mimieux) que en una tarde pierde su trabajo por culpa de un jefe machista y es abandonada por su marido infiel, y decide viajar de Los Angeles a Nueva York para recomenzar su vida. En su recorrido por las profundidades de Estados Unidos enfrentará todo tipo de problemas y entablará a la fuerza una extraña relación con un malandra (Tommy Lee Jones, en uno de sus primeros roles importantes).

La película cumple con todos los tópicos del cine de Corman de la época: cada quince minutos hay una persecución, un tiroteo, una explosión o una mina en tetas, elementos de impacto que buscaban mantener la atención del espectador. Pero La prisión de la violencia logra trascenderlos o, mejor, ponerlos al servicio de una historia salvajemente política. Una mirada pesimista y descarnada sobre un Estados Unidos que celebra su bicentenario mientras la Policía dispara sin escrúpulos sobre las multitudes. "No hay nada malo en ser un ladrón. Todo el mundo roba", dice en un momento el personaje de Tommy Lee Jones. "¡Van a matarte!", le advierte la mujer más adelante. "No importa, yo nací muerto", responde, en lo que serán sus últimas palabras.

En el momento de su estreno la película entusiasmó a críticos como Vincent Canby y Roger Ebert, algo inusual para una producción de Corman. Hace unos años fue reeditada en DVD, por lo que no es difícil conseguirla. Además, la Filmoteca Buenos Aires conserva una copia en 35mm que cada tanto se proyecta en el Malba, como ocurrió el viernes pasado. ■

El planeta de los simios: confrontación, de Matt Reeves

Nosotros los monos

'El planeta de los simios: confrontación', de Matt Reeves

Separados hace unos dos millones de años por la formación del poderoso río Congo, chimpancés y bonobos –los parientes vivos más cercanos a los humanos– evolucionaron de forma diferente en Africa central. Aunque parecidos físicamente, los primeros son más violentos, se agrupan en clanes dominados por un macho alfa y son omnívoros, mientras que los segundos son fundamentalmente frugívoros, tienen una organización matriarcal y le dan al sexo un rol clave, incluso para resolver sus conflictos.

¿La maldad es innata a los seres vivos o se adquiere a partir de la cultura? La pregunta, que intriga a pensadores de muy diversa procedencia desde hace siglos, es una de las cuestiones centrales de El planeta de los simios: confrontación, que este jueves llegó a los cines. En la primera parte de esta revisión de la clásica saga de ciencia ficción –(R)evolución, estrenada en 2011– un experimento en simios que intenta encontrar un tratamiento contra el Alzheimer sale mal y las cosas se desquician. En esta continuación, un virus derivado de aquellos experimentos (la gripe de los monos) mató a gran parte de la población, y los simios superinteligentes y los humanos sobrevivientes intentan convivir, otra vez divididos por el agua (en este caso, el estrecho de Golden Gate, en San Francisco).

Los simios son liderados por César, un chimpancé conciliador y dialoguista. Su lugarteniente es Koba, un bonobo resentido por años de maltrato que desconfía de los humanos. Esa tensión guiará gran parte del relato y pondrá en cuestión una máxima de raigambre peronista (y aunque aparece algún gorila en pantalla, esto no intenta ser un chiste fácil): ¿para un mono no hay nada mejor que otro mono?

Como pocas superproducciones hollywoodenses, El planeta de los simios: confrontación conjuga reflexión y diversión. Un gran show, que hace un uso discretamente espectacular del 3D y, a su modo, se acerca a las preguntas que vienen inquietando a algunos homínidos desde tiempos inmemoriales. ■

> Versión ligeramente extendida de un texto publicado hoy en el diario Clarín, a propósito de una nota sobre la utilización de simios en experimentos científicos.

Noche de paz, noche de sangre, de Theodore Gershuny

No toquen esa casa

'Noche de paz, noche de sangre', de Theodore Gershuny

El cine estadounidense de los setenta es como un cofre sin fondo del que siempre se pueden seguir sacando cosas buenas, sobre todo thillers o policiales y películas de terror. Detrás de los clásicos ampliamente reconocidos se esconde de todo: grandes obras redescubiertas hace poco (Los amigos de la muerte, editada en video por primera vez por Criterion en 2009), sólidas películas de género (Prime Cut, The Outfit), pequeñas gemas algo olvidadas (Let's Scare Jessica to Death) o propuestas tan inusuales como efectivas (Deranged).

Cierto rigor cercano a lo documental que tiñó a ese cine le hizo muy bien al género del terror, como si lo fantástico se potenciara al ser mostrado de modo "realista". En este contexto se ubica una película no muy conocida y que, a la distancia, puede (puede, y no debe; ampliaremos luego) ser vista como una adelantada: Noche de paz, noche de sangre (Silent Night, Bloody Night), dirigida por Theodore Gershuny. Una historia bastante sencilla acerca de una vieja casa que arrastra alguna atrocidad que de entrada se nos escatima. Cuando su heredero dueño decide ponerla en venta lo macabro comienza a despertar de su largo sueño.

Parece que la película se filmó con dos mangos en 1972 pero no se estrenó hasta dos años después, y con una distribución bastante escasa. Difícilmente Bob Clark y John Carpenter la hayan visto en aquel momento, pero al margen de su dudosa influencia real es claro que en algunos aspectos esta especie de protoslasher se adelantó a Black Christmas y Halloween. Sobre todo en el uso reiterado de la cámara subjetiva, que se ubica en los ojos del asesino mientras se oculta o recorre la casa con intenciones siniestras.

Película oscura (lo que la torna escalofriante pero también, de a ratos, un poco confusa), que hace una virtud de sus desprolijidades, tiene una gran y enigmática secuencia de apertura y por momentos alcanza climas muy logrados, siempre con más suspenso que sorpresa, particularmente al narrar las primeras muertes. A pesar de alguna pequeña trampa que intenta despistar al espectador y de un final demasiado explicado (apela a un largo flashback, casi un cortometraje dentro de la película, totalmente anticlimático aunque estéticamente sólido), es una obra que vale la pena redescubrir.

Uno de los productores fue Lloyd Kaufman, y en el elenco se cuentan Patrick O'Neal, Mary Woronov y John Carradine. Pero esos y otros datos los pueden encontrar en Wikipedia. Lo mejor es ir a buscar la película (que es de dominio público; o sea que se puede descargar sin infringir ninguna ley). Aunque más no sea para comprobar que el cine estadounidense de los setenta nunca deja de regalarnos sorpresas. ■

911 - Llamada mortal, de Brad Anderson

Dime qué escuchas y te diré quién eres

Michael Eklund y Abigail Breslin en '911 - Llamada mortal'911 - Llamada mortal es mucho menos de lo que podría haber sido, en gran medida por un final que se inclina por el impacto y la complicidad fácil con el espectador (lo que hace a la película ideológicamente repudiable) en lugar de elegir lo verosímil (que en este caso además hubiera sido moralmente correcto). Pero de todos modos ofrece sus buenos momentos, sobre todo en una larga secuencia, de cerca de media hora, plagada de acción inteligente y buenas ideas. Hay un momento particularmente logrado: el depravado Michael Foster secuestra a la adolescente Casey Welson y la mete en el baúl de su auto; mientras viaja por la autopista escucha Puttin' On the Ritz en la espantosa versión tecno pop de Taco, lo que da indicios de la personalidad del secuestrador (hasta entonces no del todo explicitada) pero también habla de la canción.

Este recurso (delinear a un personaje a partir de lo que escucha) se reitera sobre el final. Cuando Foster tiene maniatada a Casey en su escondite y está a punto de hacerle más daño pone un casete en un viejo equipo de música y comienza a sonar Karma Chameleon, de Culture Club. El nuevo contraste rotundo entre lo que se ve y lo que se oye suena, en este segundo caso, a cita, homenaje o directamente copia: es lo mismo que había hecho David Fincher con Enya en La chica del dragón tatuado (2011), algo ya comentado en este blog. ■

P.D.: Dato de dudoso interés que no supe traficar en los breves párrafos anteriores: nuestra fugaz visitante Halle Berry está muy bien, y de a ratos se pone al hombro la película, desguarnecida frente a la cámara, que durante un cuarto del metraje la atosiga con primeros planos que ella resuelve con su belleza, sí, pero sobre todo con su talento.

El limpiador, de Adrián Saba

El travelling como cuestión moral


La ciudad de Lima padece una severa epidemia: un extraño virus, aún sin vacuna que lo controle, mata en cuestión de horas a quienes se contagian. En medio de esa sombría realidad Eusebio, un tipo solitario y rutinario, se encarga de limpiar y desinfectar los lugares donde alguien acaba de morir. Un día, mientras trapea el piso de una casa, encuentra a un nene oculto en un armario, desorientado y con miedo luego de la muerte de su madre. Como la epidemia afecta sobre todo a los adultos los orfanatos están repletos de huérfanos, y Eusebio no encuentra mejor alternativa que llevarse al chico a su casa, un dos ambientes modesto y gris.

A partir de esa premisa sencilla, que combina una situación casi de ciencia ficción con el clásico tema de los diferentes obligados a juntarse, el jovencísimo Adrián Saba (1988) sabe contar mucho con poco en El limpiador, su ópera prima. Eusebio está delineado con precisión a partir de detalles (sus rutinas, la forma en que realiza una llamada telefónica o que se presenta en una oficina), y también a partir de matices se irá advirtiendo la gravedad de la situación -la muerte naturalizada- y cómo la forzosa convivencia les irá cambiando la vida. Saba echa mano a recursos de la narración clásica y los combina con una puesta en escena contemporánea. De la frialdad y la desconfianza se pasa a la ternura en un recorrido austero y preciso, narrado de una manera que quizá represente la decisión más inteligente de la película: no hay movimientos de cámara hasta la escena final -sembrada por el director con lacónicos adelantos-, cuando estalla un travelling disimuladamente virtuoso que sintoniza a la perfección con el desenlace de la historia. ¿Es dolorosa la muerte? "Depende de cómo te mueras".

Más allá de algún posible subrayado y de cierta irregularidad en la construcción del personaje del chico (de a ratos, al borde del grotesco), El limpiador es una película de gran seguridad narrativa que obliga a estar atentos al futuro de su joven realizador. ■

Grandes críticas II: Cuerpos ardientes según Eduardo Grüner

Kathleen Turner y William Hurt en 'Cuerpos ardientes'

Otra vez una película de Lawrence Kasdan en esta sección; ahora su ópera prima, Cuerpos ardientes (Body Heat, 1981). El texto es de Eduardo Grüner (que firmó como Federico Lesca, seudónimo formado por el nombre de su hijo y el apellido de su madre) y se publicó en la desaparecida revista Cinegrafo, que dirigía Mario Levin. La crítica es extraordinaria porque disecciona la película y revela los sutiles mecanismos que el director puso en juego para enriquecer y llenar de matices una historia mil veces contada y, también, para dialogar con la muy rica tradición del género. Además, Grüner supe advertir tempranamente la maestría del "desconocidísimo" Kasdan, que se confirmaría en sus siguientes películas. En el último párrafo compara la película con El cartero llama dos veces, de Bob Rafelson, estrenada en Buenos Aires para la misma época.

El pampero arrastra dos nueces [*]

Por Eduardo Grüner (con el seudónimo de Federico Lesca)

"Como decía mi madre, el saber es Poder", le explica, pedagógica, Matty Walker (la Caminadora) a Ned Racine (el abogado de apellido trágico). Y uno ya sabe que esta chica de las trae, no bajo el poncho sino bajo una blusa transparentona y pegadita al cuerpo. Y él sabe -o cree que sabe- que los dos saben... que terminarán matando al repugnante Edmond, casualmente marido de la Caminadora y muy, muy rico, con testamento en caja fuerte y todo (a favor de ella, se entiende). Ella ya lo sabía antes que él, claro: por algo le dijo, también, "las palabras hacen que las cosas ocurran" (estaba mencionando, al pasar, que le gustaría ver muerto al canalla de Walker). Ella lo sabía antes de conocerlo, incluso, porque, claro, ella es calculadora, fría, cínica e implacable, "veneno puro", como dice Oscar al detective, y uno no puede dejar de pensar en esas gotas del padre de Hamlet, así como el pobre Racine recibirá en su oído la ponzoña de las palabras de Matty, que harán, efectivamente, que las cosas ocurran. Y que ocurran in-de-fec-ti-ble-men-te, como en las tragedias clásicas, en las que el ventarrón del Destino arrastra a los hombres como cáscaras de nuez.

Por supuesto, uno ya vio, o leyó, esta historia muchas veces, bajo la superesteriotipada e irresistible etiqueta de la "serie negra", ese corpus ardiente que suele llevar las firmas de James M. Cain (El cartero llama dos veces), David Goodis (Viernes 13) o, por su estilo el más próximo a nuestro caso, K. Handley Chase (Eva, hipnotizante abismo festoneado de los besos de una mujer-araña). El desconocidísimo Lawrence Kasdan -autor, guionista y director- sin duda ha mamado hasta la última gota de esta tradición, y ha sabido metabolizar de ella la lección más nutritiva, a saber que en este género el "argumento" -siempre increíblemente verosímil- carece de la más mínima importancia. Lo que realmente importa es aquéllo que Barthes llamaba las notaciones de atmósfera, esos subrayados sutiles, apenas sugerencias, que en cine se logran con un ángulo de encuadre, una graduación apenas perceptible de la iluminación, un apunte escenográfico, un tratamiento singular de los rostros y los objetos. En esas invenciones climáticas, que son en definitiva las que hacen un film de este tipo, el ignoto Kasdan se revela como un auténtico maestro.

Afiche de 'Cuerpos ardientes'
CUERPOS ARDIENTES (1981)
Título Original: Body Heat. Fecha de estreno: en Estados Unidos, 28 de agosto de 1981; en Argentina, 11 de marzo de 1982. País: Estados Unidos. Duración: 113 minutos. Dirección: Lawrence Kasdan. Producción: Fred T. Gallo, Robert Grand, George Lucas (no acreditado). Guión: Lawrence Kasdan. Montaje: Carol Littleton. Fotografía: Richard H. Kline. Música original: John Barry. Elenco: William Hurt, Kathleen Turner, Richard Crenna, Ted Danson, J.A. Preston, Mickey Rourke, Kim Zimmer, Jane Hallaren, Lanna Saunders.
Ante todo, tenemos el calor, ese calor corporal (body heat en el título original), ese calor húmedo, sofocante, apresivo, que provoca catástrofes porque no se puede dejar de hablar de él (y las palabras, recuérdese, producen cosas), ese calor que como metáfora de pasiones irrefrenables ya está incorporado a las más caras inconografías literarias del Deep South norteamericano (las novelas de Erskine Caldwell, los dramas de Tennessee Williams) y que aquí se muestran en reverberaciones de una iluminación brumosa, sucia, como si el lente de la cámara estuviera permanentemente manchado de transpiración. Lo único que brilla, por momentos, son los cuerpos sudorosos en el acto sexual (al menos en los que graciosamente nos ha permitido ver el Santo Oficio local). Todo lo otro está siempre envuelto en una eterna neblina, suerte de ominoso vapor que parece subir de las entrañas de la tierra. Cuando hay uno de esos raros ambientes límpidos y fescos (una confortable oficina de notarios donde se lee el testamento de Walker) inmediatamente los asistentes se encargan de nublarlo con el humo de sus cigarrillos. El calor es el verdadero protagonista, el proto-agonista de los griegos por cuya culpa todos sufrirán las consecuencias. Al final, cuando la triunfante Matty descansa en una playa tropical (escudriñando melancólicamente el mar, como cualquier amante de un teniente francés, pero con anteojos negros) su vecino de reposera -al cual nada bueno le auguramos- comentará: "¡Qué calor!", a lo cual ella responderá con un lacónico y muy norteamericano "Yeah...", mientras empiezan a desfilar los credits, como resignándose a que eso nunca termine.

Hay, también, momentos de ruptura en los que el calor se traslada de los cuerpos al cerebro. Tras tomar la decisión de asesinar a Walker, Matty y Ned son sorprendidos en la cama, desnudos, ya no copulando furiosamente sino acostados lado a lado, planificando febrilmente el crimen. Como si el deseo dde muerte, mil veces más erótico, hubiera ocupado el lugar dominante, determinante, del puro atractivo sexual (luego de consumado el asesinato, ella le dirá a Ned: "Esta noche te necesito más que nunca"). Es el calor, asimismo, el que alegóricamente hará salir a las alimañas de sus agujeros (una lagartija, una rata, que la linterna de Racine iluminan en el escenario del camuflaje del crimen).

Luego están los objetos, cuya inmensa carga de soportes connotativos la cámara registra en cuidadosos planos detalle, recortando, claro, la plusvalía fetichista, pero también, y sobre todo, su estatuto significante: un patito a cuerda girando enloquecidamente en un balde de agua, que es como el propio NEd, huguete "programado" moviéndose en un espacio cerrado y sin tener a dónde ir; el encendedor de oro de Walker con el que Matty juguetea obsesivamente, sentada en la mesa entre sus dos hombres, sinecdoque de todo lo que ella ambiciona y que a Racine le falta; el sombrero de fieltro (estupenda cita del cine de los '40) que ella le regala a Ned ("de ahora en adelante te voy a cuidar", le dice) para protegerlo de la "lluvia de mierda" que le está por caer encima, y que previsiblemente (¿porque hace calor?) él no usará, seguro ya de que no hay bajo qué ocultarse del chaparrón; last but not least, las exasperantes campanillas que cuelgan en la terraza de Matty como inertes órganos sexuales, que ella espera escuchar como mensajeras de la brisa fresca que trae el alivio, ese alivio que podría ser el propio Racine, acariciando las campanillas como si fuera él el portador de la brisa, sólo que al final de la hilera de colgantes está el rostro de Matty, y entonces esa música cristalina desoculta su verdadera naturaleza de canto de sirenas que este mediocre Odiseo es incapaz de resistir.

Arrastrando esta circulación de objetos, la precipitación trágica de la acción está puntuada por dos grandes recursos: la sucesión y, como no podía ser de otra manera, las repeticiones. La primera de estas estrategias opera sobre el ritmo de montaje inmediatamente después del asesinato, asociando velozmente los planos: el frente de una empresa de alquiler de autos llamada Ajax (Ajax: héroe trágico y patético de Sófocles que, enceguecido por la pasión, se ridiculiza matando un hato de ovejas en la creencia de que se trata de un ejército enemigo), un payaso pintarrajeado que pasa por la calle (payaso: hombrecillo triste que sólo sabe hacer muecas para divertir a los demás), una gran telaraña en la puerta de la casa de Matty (telaraña: símbolo arquetípico de la femme fatale fascinante y devoradora de inocentes insectos), y, finalmente, la cara de la propia Matty, la araña misma. En cuento a las repeticiones, se trata simplemente de retornos internos del propio "texto" fílmico que permiten reconocer, aprés-coup, el carácter premonitorio de la "primera vez": en la primera secuencia después de los títulos, Ned Racine mira de lejos el incendio de un restaurante donde solían llevarlo sus padres ("es todo mi pasado el que está ardiendo", reflexiona), con el mismo fuego (fuente de todavía más calor) con el que él ocultará el asesinato y con el que Matty quemará su propio pasado bajo la forma del cuerpo de la amiga cuyo nombre había usurpado. También el vestido blanco, entreabierto y provocador, que ella usa en su primera y en su última aparición, cerrando sobre sí misma el círculo trágico. Y el cuerpo de Ned, exhausto, cayendo de espaldas sobre el suelo después de matar a Walker, registrado en un encuandre exactamente igual al utilizado cuando, al principio, él termina de hacer el amor con Matty en la misma habitación, sobre el mismo piso. Por fin, las palabras pronunciadas por Ned en la cárcel ("ella hizo todo lo que era necesario"), precisamente las palabras con las que el finado Edmund había resumido su concepción de la vida. Y en efecto, ella hizo todo lo necesario... aunque no lo suficiente, porque ella querrá siempre un poco más.

No me queda más que terminar con una pequeña boutade: Cuerpos ardientes puede ser vista como una versión más (la quinta, si no me equivoco) de El cartero llama dos veces. Solamente que una más es aquí una menos, ya que esta ópera prima (y, a su manera, maestra) del señor Kasdan, nombre que habrá que retener, invalida -por la sabiduría con que su escritura "borra" la historia y los personajes en favor de una "pesadez" atmosférica, opresiva, siniestra- la pretenciosa e inútilmente amanerada versión de Rafelson. ■

[*] Texto publicado originalmente en el número 2 de la revista Cinegrafo (abril de 1982). Las bastardillas corresponden al original.

La chica del dragón tatuado, de David Fincher

Ilustraciones

Rooney Mara en 'La chica del dragón tatuado'

El cine es cine cuando narra con su propio lenguaje, distinto al de cualquier otra expresión artística (en este sentido, recomendación al paso: vean el cálido e inteligente homenaje de Scorsese a Méliès en Hugo). Un director puede escribir con la cámara o simplemente usarla para ilustrar ideas, suyas o de otro. Esto último se ve muy claro en una escena de La chica del dragón tatuado, donde el cine -el cine de David Fincher, en este caso- se muestra estéril y apenas puede dedicarse a ilustrar.

Cerca del final, Lisbeth (Rooney Mara) está buscando información en el archivo privado de la empresa de la familia Vanger. Cruza datos y comienza a advertir una relación entre una serie de asesinatos de mujeres y la ubicación de las plantas de la fábrica. Lisbeth es una hacker que hasta ese momento se había mostrado inteligente, observadora y -como hace notar explícitamente la película- muy memoriosa, a tal punto que en una ocasión se niega a anotar una dirección porque no lo necesita. Pero en ese momento, en el archivo, despliega un mapa de Suecia sobre la mesa y comienza a poner sobre él una foto de cada una de las chicas asesinadas junto a la sede de la empresa cercana al lugar del crimen. Arma una ilustración para mostrarle al espectador qué está descubriendo. El personaje ignora la diégesis y juega para la tribuna: hace algo absolutamente inverosímil, que sólo sirve para informar al espectador acerca de algo que Fincher no supo (o no pudo) resolver de otro modo, más cinematográfico.

Alguien podrá decir que se trata de una convención, similar a la que aceptamos, sin mayores cuestionamientos, cuando oímos que en la película los suecos -vaya artificio- hablan en inglés. Yo creo que se trata más bien de una zona compleja de transitar (más compleja aún en estos tiempos en los que la tecnología pone el jaque al suspenso clásico) donde el cine, si no tiene ideas, se vuelve estéril.

Pero Fincher es un director capaz de juntar lo peor y lo mejor, de poner en una misma película grandes momentos pegados a otros totalmente fallidos. Lo demostró, sobre todo, en El curioso caso de Benjamin Button (2008). Apenas unos minutos después de la escena descrita arriba hay un momento extraordinario en La chica del dragón tatuado, absolutamente cinematográfico, que deja sutilmente un hueco para que complete el espectador.

Martin Vanger (Stellan Skarsgård) obliga a Mikael Blomkvist (Daniel Craig) a ir hasta el sótano de su lujosa casa, que en realidad es un sofisticado cuarto de tortura, donde lo ata y lo deja inmovilizado. Está listo para torturarlo. Pero antes enciende un equipo de música y comienza a sonar Orinoco Flow, de Enya. El rotundo contraste entre lo que se ve y lo que se oye define a Vagner en apenas un instante. Y acaso sea la mejor crítica jamás hecha sobre la canción de Enya, algo así como Claudio María Domínguez a 33 rpm. ■

Grandes críticas I: Silverado según Rodrigo Tarruella

Danny Glover, Kevin Costner, Scott Glenn y Kevin Kline en 'Silverado'

Comienza aquí una nueva sección del blog que intentará, con irregular periodicidad, rescatar valiosos textos críticos [*]. Esta primera entrega está dedicada a una de las mejores películas estadounidenses de los ochenta (y, también, uno de mis westerns favoritos, que pude ver en el Gaumont al momento de su estreno) analizada por uno de los grandes críticos argentinos. La crítica de Tarruella es genial porque demuestra, sin alardes, una gran sabiduría sobre un género fundacional de la historia del cine que, a esa altura, ya estaba muerto. Es un texto erudito aunque sin parecerlo, que detecta y destaca los delicados mecanismos que logran refinar sutilmente los códigos genéricos (en ésta, su tercera película, Kasdan continuó con su disección de los géneros cinematográficos clásicos que había arrancado en Cuerpos ardientes).

Silverado: un western y una fiesta visual [**]

Por Rodrigo Tarruella

Como todo gran film que se expresa en términos iluminatorios mediante una propuesta realmente cinematográfica (no parasitaria del teatro o de las "seguridades" literarias, o de los cameleos "plásticos"), Silverado, cuyo nombre refulge entre tanto celuloide impreso de tediosas charlas aclaratorias, no está hecha para ser contada, sino para ser vista (varias veces) como la verdadera fiesta visual que es.

Afiche de 'Silverado'
SILVERADO (1985)
Fecha de estreno: en Estados Unidos, 10 de julio de 1985; en Argentina, 9 de enero de 1986. País: Estados Unidos. Duración: 133 minutos. Dirección: Lawrence Kasdan. Producción: Michael Grillo, Lawrence Kasdan, Mark Kasdan, Charles Okun. Guión: Lawrence Kasdan y Mark Kasdan. Montaje: Carol Littleton. Fotografía: John Bailey. Música original: Bruce Broughton. Elenco: Kevin Kline, Scott Glenn, Kevin Costner, Danny Glover, Rosanna Arquette, Brian Dennehy, Linda Hunt, Jeff Goldblum, Ray Baker, Jeff Fahey, Richard Jenkins.
Silverado no especula con la nostalgia, ni con el "pastiche" o la parodia. La poética (y mística) de los vastos espacios abiertos, de las caravanas en busca de otros sitios y formas de vida, de los encuentros y desencuentros de marginados que se unen para luchar contra situaciones que han llegado al límite de las injusticias soportadas, encuentra en Kasdan al artífice ideal ("el artesano legendario", como diría Joyce) para una claridad que se da en varios niveles.

Como en un western de Anthony Mann, los personajes no son unilaterales y sus conductas van cambiando según las circunstancias de la aventura. Los motivos diferentes, "personales" (hasta que dejan de serlo) del irresoluto Paden, de los perseguidos Emmett y Jake (por matar en defensa propia, en un mundo de ganaderos despóticos y sheriff corruptos; Kurosawa haría todos sus "Samurai-Westerns" con estas coordenadas) y sobre todo del negro Mal (un notable Danny Glover), el más humillado y golpeado de todos -y por lo tanto, el primero en reconocer el término "injusticia" y de buscar la unión contra el enemigo común- se borran ante la necesidad de poner freno a los desbordes del poder ensoberbecido que detentan el ganadero Mackendrick y el "comisario" Cobb.

A diferencia de tantos westerns "de izquierda" de los sesenta y parte de los setentas, que hacían prevalecer entelequias "ideológicas" sobre las acciones y determinaciones de los personajes, convirtiendo a estos en portavoces simbólicos y transformando hombres en muñecos programados, Kasdan va más allá de todas esas zarandajas haciendo prevalecer las determinaciones de Paden, Emmett, Jake, Mal y los otros como móviles (en Silverado todo está en continuo movimiento) de enfrentamiento y solidaridad contra las largas aberraciones de un poder que engendra su propia destrucción.

Una busca de lazos familiares (Mal defendiendo a su explotado padre o pidiendo ayuda a su hermana casi moribunda: "Sos lo único de la familia que me queda"; Emmett salvando continuamente de las cárceles a su desencadenado hermano Jake) se entretejen y bifurcan, mientras Paden con su "dejar hacer" hasta casi el final, tan diferente de las hesitaciones y rodeos de Jimmy Stewart en los films de Mann, o de Mifune en los de Kurosawa, en su carácter de "hombre quiero" (sin los motivos de Wayne en la película de Ford) tendrá sobre sí todas las características de ciertos héroes contemporáneos ("Nunca supe en realidad qué quería", le dirá a Stella, la cantinera). El talendo de Kasdan reside en, con unos pocos trazos, con sutiles princeladas, describir la agonía lenta de este paria dostoyevskiano-camusiano en los diálogos con la impresionante Linda Hunt (la cantina se llama nada menos que "Estrella de Medianoche") entre decorados y situaciones que recuerdan el Rancho Notorius de Lang o el "saloon" del Johnny Guitar, de Nick Ray.

Silverado mantiene constantemente las expectativas del espectador hasta el final. No decae en "baches", como tantos films actuales. Los movimientos de grúa describiendo territorios y cabalgatas, la magistral secuencia del enfrentamiento con sutilezas de montaje para cada personaje (cuando se produce la distensión y guardan las armas), las marcaciones rigurosas de un reparto deslumbrante, hablan de un director que sorprende con las cimas a que ha llegado en su primer western. Silverado (desde ya una de "las películas del año") confirma el axioma de Dante Panzeri sobre el fútbol: el western es también dinámica de lo impensado. ■

[*] Breve aclaración, en momentos en que los defensores del copyright están tan suceptibles: si alguno de los textos aquí reproducidos vulnera esos derechos, no tienen más que avisar.
[**] Texto publicado originalmente el sábado 11 de enero de 1986 en el diario Tiempo Argentino, y luego recopilado en el libro Jugar (La luz de otra cosa), editado en 2009 por el Bafici. Aquí se reproduce textualmente y sólo se añadieron enlaces en los títulos de las películas.

Los Muppets, de James Bobin

Discretamente irreverente


'Los Muppets', de James Bobin

Hace unos días María escribió en Espectadores acerca de Los Muppets, y entre otras cosas cuestionó la película porque, aseguró, se nota la mano de Disney, empresa que en 2004 se quedó con los derechos de los personajes creados por Jim Henson. "(...) la Rana René y compañía enfrentan con mejor tino los ambiciosos planes del malvado Tex Richman en la ficción que las consecuencias reales de haber pasado a manos del emporio del viejo Walt", escribió.

Pueden estar justificadas las sospechas en torno a Disney y su conservadurismo. Un caso menor aunque muy claro fue el del corto de Pixar Knick Knack (1989), dirigido por John Lasseter, en el que -Disney mediante- la voluptuosa Sunny Miami perdió parte de sus encantos.

Pero en Los Muppets hay al menos dos motivos que dan por tierra con las sospechas. El primero, más endeble, son las críticas de la Fox, conservadora cadena de noticias estadounidense, que definió a René, Figaredo y compañía como comunistas. "¿Qué es lo que está pasando aquí? ¿Está el Hollywood más liberal utilizando la lucha de clases para lavar el cerebro de nuestros chicos? ¿Acaso estamos en la China comunista?", planteó Eric Bolling, del programa Follow the Money.

Hay otro argumento más sólido, que a diferencia del anterior no depende de quién lance las críticas sino de los méritos de la propia película. Es una breve línea de diálogo que aparece sobre el final. Cuando Los Muppets ya lanzaron su nuevo show en búsqueda de fondos para recuperar su viejo teatro, algunas estrellas del espectáculo llegan para sumarse a la movida. Entre ellos aparece Selena Gomez, que, a modo de explicación, le dice a René: "Realmente no sé quiénes son ustedes; mi mánager me dijo que venga". Además de divertido, el chiste es genial. En parte porque habla del paso del tiempo, uno de los tema centrales de la película (y de todo el cine). Pero sobre todo porque utiliza a la propia Selena Gomez, una Disney Girl pura y dura, para cuestionar al emporio del viejo Walt. La joven cantante no sólo no sabe quiénes son los Muppets (es decir, no entiende nada), sino que además hace lo que le dicen, sin autonomía ni, en consecuencia, alguna posibilidad propia de creación. Selena hace lo que sus productores de Disney le dicen que haga porque todo en ella apunta a generar rentabilidad, y entonces conviene que se sume al nuevo y exitoso show. Los Muppets, película producida y distribuida por Disney aunque discretamente irreverente, se ríe de eso, lo que revela la astucia de sus realizadores más que un posible sinceramiento de Selena y/o Disney.

Los Muppets no sólo es una película feliz, sino además -acaso como todas las películas realmente felices- inteligente. ■

Unthinkable, de Gregor Jordan

"La tocás a ella y te mato... ¡Te mato!"

Carrie-Anne Moss y Samuel L. Jackson en 'Unthinkable'
En la escena del interrogatorio de El secreto de sus ojos -reveladora del pensar de la película- el acusado Isidoro Gómez admite su culpabilidad en el crimen luego de ser víctima con un infantil ardid. Furioso porque cuestionaron su virilidad, insulta a Irene Menéndez Hastings y le pega una trompada. "La tocás a ella y te mato... ¡Te mato!", grita luego -tarde- Benjamín Esposito, cuando Gómez ya había tocado a Irene.

Unthinkable (2010), de Gregor Jordan, es básicamente la escena de Campanella transformada en un loop de 97 minutos. Luego de cada golpe del torturador profesional "H" Humphries sobre el terrorista Steven Younger la agente del FBI Helen Brody reacciona indignada. "Esto es inconstitucional", esgrime de entrada, ante los primeros maltratos. "Si le hace daño los nenes, lo mato", agrega una hora después, cuando el torturador hace entrar a la sala de tortura a los hijos del terrorista.

Pero quizá lo peor de la película no sea su postura a favor de la tortura, planteada a partir de un dilema moral tan simple como tramposo y una puesta en escena que no sabe escapar del plano-contraplano. Lo más jodido es que ni siquiera plantea alguna alternativa para pensar el asunto desde otro lado. "No negociamos con terroristas", dice sobre el final la agente Brody, personaje que funciona como la reserva moral de la película. Ahí, justamente, está el problema.

Afortunadamente, Unthinkable tuvo un efímero e irrelevante paso por la cartelera porteña en los últimos días del año pasado. Como si fuera poco la distribuidora local, Distribution Company, decidió titularla con el desgraciado El día del juicio final y se equivocó con el afiche: le puso la cara de Gil Bellows a Michael Sheen. ■

El plano tramposo de Toy Story 3

El plano en cuestión de 'Toy Story 3'
Hay en Toy Story 3 un plano curioso. Un plano y un breve travelling, en realidad, que más que curiosos son tramposos. Están sobre el final de la película, así que quienes no la vieron -y tienen intenciones de hacerlo- no deberían leer los próximos párrafos.

Cuando los juguetes vuelven a casa luego de escapar de la muerte en el basural, entran a la habitación de Andy y se dividen en dos grupos: los que irán al ático, liderados por Buzz Lightyear, se meten en una caja; Woody, que irá a la Universidad, en otra. Ya entre los cartones, el cowboy ve una vieja foto de Andy y advierte que los juguetes no están hechos para una vitrina sino para que se juegue con ellos. Entonces sale de la caja para dejarle una nota a Andy en la que simula ser su madre y le recomienda donar los juguetes para que sigan vivos.

Se produce ahí un breve suspenso: parado sobre la caja, Woody escribe rápido para no ser visto, y cuando Andy -que, a un par de pasos, se estaba despidiendo del perro Buster- se da vuelta la cámara acompaña su movimiento y revela que ya no hay nadie. Es decir, Woody logró salir a tiempo y esconderse sin que lo vieran, aunque no sabemos dónde. Andy lee la nota, abre la caja y encuentra a Buzz y el resto, pero no se lo ve a vaquero. Mira a los juguetes, duda y le pregunta a su madre si realmente cree que debería donarlos. "Lo que vos quieras", le responde ella.

Corte y nos vamos al auto de Andy, que lleva la caja de los juguetes que iban a ir al ático a la casa de la pequeña Bonnie. El ahora adolescente baja del auto con la caja y cierra la puerta con la cadera. Cuando sale de cuadro la cámara hace un pequeño movimiento y se acerca a otra caja, la de la Universidad, que está en el asiento de atrás del coche. Corte y aparece un plano (el plano en cuestión, el que ilustra este post) desde adentro de la caja que, a través de uno de los agujeros que funcionan como manijas, muestra a Andy cuando cruza la calle. Una subjetiva de Woody, se puede pensar, recurso que ya se había utilizado en la película. Pero unos minutos después, cuando Andy le entrega todos los juguetes a Bonnie, vemos que el cowboy estaba en el fondo de la caja del ático, la que Andy bajó del auto, y no en la de la Universidad, que quedó en el asiento trasero.

Si Woody no estaba dentro de la caja, ¿qué fue aquel plano? ¿Un intento tramposo de generar tensión dramática? Una cosa es manipular al espectador, ocultarle cierta información hasta determinado momento en búsqueda de la sorpresa; y otra, muy distinta, es hacer trampa con información falsa. La película -nada extraordinario aunque un producto noble hasta ese momento- no necesitaba echar mano a recursos viciados. ■

La magnética mirada de Frederick Wiseman

'La danse, el ballet de la Ópera de París', de Frederick Wiseman
Este jueves se estrena una de las películas del año. No, no se trata del delirio onírico de Christopher Nolan (al que quizá le dedique algunas líneas en los próximos días) sino de La danse, el ballet de la Ópera de París, de Frederick Wiseman. No sólo por sus méritos -que los tiene- sino además por lo extraordinario de la situación: es la primera vez que se estrena en Buenos Aires una película del maestro del documental, un tipo con más de 40 años de una trayectoria impecable.

La cámara omnipresente de Wiseman se interna esta vez en el Palacio Garnier para recorrer sus oficinas, sus salas de ensayo, sus talleres, sus pasillos. Intransigente en su estilo, el director se dedica a mostrar sin explicaciones, con fragmentos aparentemente inconexos de la vida cotidiana de una de las óperas más prestigiosas del mundo. Su mirada sobre las cosas aparece sutilmente en el montaje, como cuando parece comparar la severidad de un ensayo en el que participan una docena de bailarinas con el entrenamiento militar.

El domingo el diario Clarín publicó una breve entrevista a Wiseman. "Ninguna de las personas que aparecen en el filme está identificada y así muchos no sabrán quiénes son Pierre Lacotte y Ghislaine Thesmar. Y conocer que son marido y mujer otorga, creo, una comicidad extra a su escena. En otra, Brigitte tiene una charla telefónica sobre el funeral de un tal 'Maurice', obviamente Béjart. ¿Lo hizo a propósito?", le preguntó la periodista Laura Falcoff, especialista en el tema. El realizador respondió con su habitual parquedad: "Mucha gente encontró muy divertida la escena de Lacotte y Thesmar sin saber que están casados, porque claramente el diálogo entre ellos es el de dos personas que se conocen muy bien. Por otra parte, es evidente que en su conversación Brigitte habla de un funeral. Saber quién es el 'Maurice' que nombra no es el aspecto más importante de la secuencia".

Así es La danse: fascinante incluso para quienes ignoramos casi todo sobre lo que se nos muestra. Hay algo magnético en la forma no invasiva de mostrar las cosas. Lo que no hace más que acrecentar las expectativas acerca de la siguiente realización del director: Boxing Gym, que se exhibió en la última edición de Cannes. Wiseman y el boxeo, una combinación irresistible. ■

> La danse se exhibe únicamente en la Sala Lugones del San Martín los días 29, 30 y 31 de julio y 1º, 6, 7, 13 y 14 de agosto.

Highlights del horror

Katie Featherston y Micah Sloat en 'Actividad paranormal'
La crítica de una película debe incluir elementos que el espectador pueda luego enfrentar con lo que ve en pantalla, algún análisis que se pueda ratificar o cuestionar frente a la obra en cuestión. Las sensaciones no valen en este sentido. Que un film sea entretenido o soporífero es un asunto puramente subjetivo: ante la misma proyección alguien puede aproximarse al éxtasis mientras el espectador de la butaca de al lado se rinde ante el sueño.

Afiche de 'Actividad paranormal'
ACTIVIDAD PARANORMAL (2007)
Título original: Paranormal Activity. Fecha de estreno: en Estados Unidos, 16 de octubre de 2009; en Argentina, 10 de diciembre. País: Estados Unidos. Duración: 86 minutos. Dirección: Oren Peli. Producción: Oren Peli, Jason Blum, Steven Schneider. Guión: Oren Peli. Montaje: Oren Peli. Elenco: Katie Featherston, Micah Sloat, Mark Fredrichs, Ashley Palmer, Amber Armstrong.

Lo mismo ocurre con otra sensación que le dio nombre a todo un género: el horror. Sostener entonces que Actividad paranormal es buena porque asusta, o porque inquieta a posteriori, cuando se llega a la cotidianeidad del hogar, no tiene gran asidero y no debería justificar por sí solo la valoración de la película. Aunque apele a temores muy extendidos (lo sobrenatural, la oscuridad, los silencios, los sonidos desconocidos) no hay miedos universales, por lo que la subjetividad sigue jugando un papel decisivo.

El ignoto Oren Peli eligió para su ópera prima un recurso que se hizo frecuente en los últimos años: el found footage o grabaciones encontradas. No redundaré en cuestiones generales al respecto (como el innecesario giro del género hacia el verismo), que ya han sido abordadas en una serie de entradas de este blog. Tampoco me detendré en la historia detrás de la película, una aburrida sucesión de rumores más o menos confirmados acerca de cómo una producción de 15 mil dólares ya lleva recaudados más de 110 millones [1].

Mejor centrarse en la película, en sus (pocos) aciertos y (muchos) errores. Actividad paranormal tiene un gran mérito, acaso el único, en la construcción del plano fijo del dormitorio, lugar inevitable de descanso donde la indefensión es casi absoluta. Se trata de la imagen que abre este post, la del afiche y casi la única utilizada para promocionar la película. Ese encuadre, en tono azulado, obliga a estar atento a dos posibles frentes de acción, por lo que no arrastra una significación a priori. Por un lado la enorme cama donde duerme la pareja; por otro la puerta, abierta hacia el fuera de campo. Esa composición será exprimida hasta el paroxismo en los ochenta y pico de minutos, al punto de que casi todo lo relevante ocurrirá allí. Y aquí aparece uno de los problemas.

Porque la película de Peli no es más que los highlights del horror, un resumen con los momentos culminantes de los veintipico de días en que la pareja convivió con un inquilino tan indeseado como científicamente inexplicable. El recurso atenta contra la progresión dramática y la sorpresa: pasados los primeros minutos el espectador ya se acomodó y sabe qué esperar de cada escena. Sólo cuando se apaga la luz aparecen los fantasmas.

El otro gran inconveniente es la construcción de los personajes. La película los necesita tontos, carentes de sentido común. Una primera defensa ante el temor, reacción casi instintiva, es encender una luz. Otra es buscar compañía. Pero si Katie y Micah lo hicieran el misterio de desvanecería. Tampoco está justificado -aunque se esboza algún endeble motivo- por qué deciden quedarse en la casa. O por qué no contactan a otro profesional cuando se enteran de que el que buscaban está de viaje.

Así, Actividad paranormal no es más que otra campaña de marketing, comercialmente exitosa (dentro del género, quizá la más exitosa desde aquel chasco conocido como El proyecto Blair Witch) pero de escasa relevancia en términos cinematográficos. Encerrado entre remakes de diversos orígenes y exhibiciones pornográficas de la tortura, el género -como si fuera una de esas scream queens de décadas más gloriosas- pide a gritos una renovación. Este no parece ser el camino. ■

[1] Los interesados pueden leer al respecto una nota de Mariano Kairuz en el suplemento Radar de Página /12 que cuenta cómo la marca Steven Spielberg resultó descisiva para el éxito del proyecto.

Festival de Mar del Plata (tercera entrega)

¿Mi vecino el asesino? ¿Peligro en la intimidad?


El primer plano de la película da cierta idea de ecuanimidad. Alguien embiste a mazazos contra una pared, lo que se muestra desde ambos lados, a dos cámaras, en split screen. De un lado de la medianera vive Leonardo, un diseñador bastante snob y algo soberbio que alcanzó el éxito y ahora parece estar más preocupado por los negocios que por sus creaciones. Junto a su esposa y su hija preadolescente habita la imponente Casa Curuchet de La Plata, única construcción del arquitecto Le Corbusier en América latina. Su vecino, ladrillos de por medio, es Víctor, posible vendedor de autos usados con mucha pinta de chanta. Quiere colocar una ventana en su casa "para atrapar una rayitos de sol", según explica. Pero esa abertura da justo al living de Leonardo, a su intimidad, por lo que el conflicto parece inevitable.

Afiche de 'El hombre de al lado'
EL HOMBRE DE AL LADO (2009)
País: Argentina. Duración: 110 minutos. Dirección: Gastón Duprat y Mariano Cohn. Producción: Fernando Sokolowicz y María Belén De la Torre. Guión: Andrés Duprat. Fotografía: Mariano Cohn y Gastón Duprat. Montaje: Jerónimo Carranza. Música original: Sergio Pángaro. Elenco: Rafael Spregelburg, Daniel Aráoz, Eugenia Alonso, Inés Budassi, Lorenza Acuña.

Este es el planteo básico de El hombre de al lado, la última obra de Gastón Duprat y Mariano Cohn, ganadora del premio al Mejor Película Argentina -compartido con TL-2, la felicidad es una leyenda urbana, de Tetsuo Lumière- en el 24° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. A partir de ahí se ponen en juego el mundo del diseño y su snobismo (desde una mirada irónica), una relación conflictiva entre padre e hija, un matrimonio opaco y, por supuesto, las diferencias de clase entre los vecinos en conflicto.

Pero el tema central gira en torno a los prejuicios. ¿Con qué elementos formamos una idea de alguien? ¿Alcanzan las apariencias para trazar el perfil de una persona? En momentos en que la estigmatización parece ser moneda corriente en Argentina la película -sin pretensiones filosóficas pero con la profundidad necesaria- desafía la percepción del espectador. Mientras que El artista (2008) caía de a ratos en la estructura de aquello que buscaba cuestionar (una película interesante, podría decir algún snob mientras se acaricia el mentón con el índice y el pulgar), aquí todo está mejor pulido y forma y fondo, si es que aún vale la diferenciación, van de la mano.


Las apariencias engañan

"En el terreno de la interpretación su mirada ideológica dará lugar a más de una controversia", escribió Diego Battle en Otros Cines. Bien mirada, la película no debería generar ninguna polémica porque se decide por el único camino posible. La imparcialidad inicial se mantendrá hasta el final. Recién ahí, otra vez con un solo plano, sentará posición. Sin intenciones de adelantar detalles de la trama -menos aún para una obra que muy pocos pudieron ver- se pude decir que cada escena, cada plano deja en claro quién es cada uno de los protagonistas. A diferencia de las películas de Juan José Campanella (en especial Luna de Avellaneda), donde sólo elementos externos a la acción -una concepción de los personajes previa a lo narrado- pueden evitar que el disparo salga por la culata, aquí el asunto funciona al revés. Todo está controlado y las apariencias, entonces, no hacen más que engañar.

Quizá el final sea un tanto abrupto, y a la película le hubiese venido mejor reposar unos minutos. Quizá por momentos la narración caiga en algunas digresiones. Pero aún con sus problemas El hombre de al lado será sin dudas uno de los grandes estrenos del año próximo. Mientras una parte del cine nacional parece no haberse enterado de la aparición de Pizza, birra, faso (1997) y otra -con más profesionalismo y mejores ideas, es cierto- no hace mucho más que putear contra el Incaa, Cohn y Duprat ya realizaron dos películas sorprendentes. Quizá lo que moleste a una parte de la crítica es que dos tipos que vienen de la televisión (donde realizaron algunas producciones deplorables), directores un documental (Yo Presidente, 2006) tan insustancial como apolítico, sean los responsables de dos de las más interesante realizaciones que el cine argentino ofreció en el último par de años. ■

La excusa de los extraterrestres

Sharlto Copley en 'Sector 9', de Neill Blomkamp
Que Sector 9 figure entre las cien mejores películas de la historia en el ránking de la Internet Movie Database (IMDb) es sólo uno de varios disparates; uno menor si se tiene en cuenta que esa lista la encabeza Sueños de libertad (The Shawshank Redemption, Frank Darabont, 1994). "Es la película de ciencia ficción más emocionante que llegó en siglos, sin duda la película más emocionante del verano, y muy posiblemente la mejor película que he visto en todo el año", exageró Sara Vilkomerson en The New York Observer. Al más confiable Scott Foundas también se le fue la mano en The Village Voice. "Aún en sus segmentos más convencionales, el director expone las cosas con un genial empuje, usando la acción y los efectos de computadora para realzar en lugar de atorar la historia y los personajes", escribió. El film costó unos 30 millones de dólares y ya lleva recaudados más de 160 millones en todo el mundo.

Afiche de 'Sector 9'
SECTOR 9 (2009)
Título original: District 9. Fecha de estreno: en Nueva Zelanda, 13 de agosto; en Argentina, 24 de septiembre. País: Estados Unidos / Nueva Zelanda. Duración: 112 minutos. Dirección: Neill Blomkamp. Producción: Peter Jackson, Bill Block, Carolynne Cunningham, Ken Kamins. Guión: Neill Blomkamp y Terri Tatchell. Fotografía: Trent Opaloch. Montaje: Julian Clarke. Música original: Clinton Shorter. Diseño de producción: Philip Ivey. Elenco: Sharlto Copley, Jason Cope, William Allen Young, Jed Brophy, Louis Minnaar, Vanessa Haywood, Marian Hooman, Vittorio Leonardi.

El primer largometraje del sudafricano Neill Blomkamp, producido por Peter Jackson, tiene demasiados problemas para merecer tantos elogios de crítica y público. Esos problemas comienzan justamente en la parte más celebrada de la película: el comienzo, esos primeros diez minutos en los que, con un formato que emula al documental, se presenta a los personajes y las raíces de sus futuros conflictos.

Enero de 1982. Una enorme nave especial se posa sobre Johannesburgo, en Sudáfrica. "No todos se sorprendieron de que la nave no se detuvo sobre Manhattan o Washington o Chicago", dice una de los expertos entrevistados, explicitando un acierto menor que era evidente para cualquier espectador más o menos despierto.

La extraña nave permanece inmóvil durante meses hasta que los humanos deciden entrar. "Estábamos cercanos al primer contacto. El mundo entero observaba. Esperando, no lo sé, música celestial y lucecitas brillantes...", explicita otra de las entrevistadas. En lugar de un amigable ET aparecieron cientos, miles de criaturas extrañas, desorientadas, famélicas. Probablemente obreros explotados en algún otro sistema solar.

Las autoridades deciden confinarlos, segregarlos en un barrio (el Sector 9 del título), pero pronto las cosas se descontrolan y el lugar se transforma en una villa miseria. "Ellos te sacan las zapatillas que estás usando. Se fijan la marca y se las llevan. Se llevan cualquier cosa que tengas. Tu celular o cualquier otra cosa. Después de eso te matan", se queja una vecina frente a la cámara. "Un virus, un virus selectivo. Soltarlo cerca de los alienígenas", propone otro de los vecinos, que si viviera por estos pagos vería C5N.

Casi 30 años después los foráneos ya son más de 1,8 millón. La situación es insostenible. El Gobierno decide acudir a Multi-Naciones Unidas (MNU), una empresa privada, para trasladar a todos los "langostinos" (así denominados por su apariencia crustácea) a otra zona, alejada de Johannesburgo, preparada al estilo de un campo de refugiados. MNU designa a cargo de la operación al inoperante Wikus Van de Merwe, yerno del director de la compañía en Sudáfrica. Fin de la descripción, comienzo de la narración.

La alegoría con la situación en Sudáfrica durante los años duros del apartheid es tan evidente que pierde su sentido. Ya se mencionaron en este blog los casos de A la hora señalada (Fred Zinnemann, 1952) y La noche de los muertos vivos (George A. Romero, 1968), películas en las que la sutil alegoría respeta al género y, en consecuencia, también pueden ser vistas sólo como lo que son, un western y una de terror. Blomkamp, en cambio, pone el mensaje por encima. Lo fantástico -como la irrupción de los alienígenas, momento importante en películas de este tipo- pierde potencia en los primeros minutos porque lo que importa es el discurso. Como planteó Leonardo M. D'Espósito en su acertado comentario en Crítica: "(...) en este caso, habría resultado más valiente documentar los restos de segregación en una sociedad como la sudafricana. Con sus pobres bichos, Sector 9 permite la tranquilidad del espectador: después de todo, esos extraterrestres no existen".

Todo esto se relaciona con el otro gran problema de la película. Pasados esos primeros minutos la acción se vuelve más bien rutinaria, convencional, con militares tan sádicos como torpes y escenas de acción escasas de ideas y con estética televisiva. Para peor, en un film que cuestiona la discriminación racial se estigmatiza a los nigerianos, que son presentados como unos negros malísimos, caníbales sin escrúpulos que sólo buscan hacer negocios con la desesperación de los extraterrestres (de hecho, el gobierno de Nigeria prohibió la exhibición de la película).

Previsiblemente, el limitado Van de Merwe toma conciencia, a partir de un accidente, de la mísera situación en que sobreviven los aliens y se cambia de bando. Primero por conveniencia, luego por convicción, se relaciona con uno de ellos. Relación no del todo bien construida, como queda claro en una escena inverosímil, cuando luego de escapar juntos de un tiroteo infernal el protagonista abandona a su compañero alienígena de buenas a primeras.

El otro vínculo en la que se apoya la película es la de Van de Merwe con su esposa, alrededor del cual giran las motivaciones de nuestro héroe por accidente. Nunca convence ese amor a prueba de balas, que se sostiene hasta el último plano, sobre todo porque la rubia parece más una nena de papá que una mujer enamorada.

Por supuesto que Sector 9 tiene sus aciertos (cierto "naturalismo" de los efectos especiales, la actuación del desconocido Sharlto Copley), y si se la enfrenta con otras realizaciones recientes del género que pretenden dejar un mensaje (El día que la tierra se detuvo es el ejemplo más claro) sale bien parada. Pero casi todos los méritos quedan opacados ante la pretensión de decir algo importante a partir de una alegoría por demás evidente. Los extraterrestres, entonces, son apenas una excusa. ■

Hay un poco de aire fresco allá arriba

Carl Fredricksen, el protagonista de 'Up'
De Toy Story (1995) a WALL·E (2008), todas las películas de Pixar tenían básicamente la misma estructura. Una parte descriptiva, al comienzo, donde se presentaba un mundo imaginario (el de los juguetes, los monstruos, los superhéroes o las ratas). Ahí estaba lo mejor, lo más ingenioso; sobraban las buenas ideas y los grandes hallazgos. Ese mundo mágico solía entrar en crisis con la irrupción de algún suceso inesperado o de algún personaje que venía de afuera: el muñeco que no acepta su condición, la nena que se mezcla con los monstruos, el suicida que no quiere ser salvado, la rata que descubre que quiere ser chef. Así se entraba en la parte narrativa, donde todo se volvía más rutinario y previsible, con un desarrollo más bien clásico y unos cuantos guiños (algunos evidentes, otros no tanto, la mayoría en forma de citas) para adultos.

Afiche de 'Up'
UP, UNA AVENTURA DE ALTURA (2009)
Título original: Up. País: Estados Unidos. Duración: 96 minutos. Dirección: Pete Docter y Bob Peterson (codirector). Producción: John Lasseter, Jonas Rivera y Andrew Stanton. Guión: Bob Peterson, Pete Docter y Thomas McCarthy. Fotografía: Patrick Lin. Diseño de producción: Ricky Nierva. Música original: Michael Giacchino. Voces: Edward Asner (Carl Fredricksen), Christopher Plummer (Charles Muntz), Jordan Nagai (Russell), Bob Peterson (Dug/Alpha), Delroy Lindo (Beta), Jerome Ranft (Gamma).

Este esquema -del que sólo quedaba al margen Toy Story 2 (1999), la única secuela- garantizaba un piso de calidad superior a la media, pero también un techo. Al menos hasta ahora.

Up, una aventura de altura, la última película de la subsidiaria de Disney, rompe en parte con esa estructura. Por primera vez no aparecen mundos imaginarios lejanos al nuestro. Lo que se narra es bien de acá. Carl, un chico de alguna pequeña ciudad estadounidense, sueña con imitar las hazañas de su héroe, el aventurero Charles Muntz. Un día, de casualidad, conoce a Ellie, que comparte las mismas pasiones. Se enamoran, se casan, descubren que no pueden tener hijos y entonces prometen entregarse a un sueño: mudarse a la jungla virgen de América del Sur, cerca de una maravillosa catarata. Es decir: emular al gran Muntz. Distintas eventualidades van truncando su sueño hasta que ella, unos años mayor que él, muere.

Todo esto -setenta y pico de años en la vida de dos personas- se narra en apenas unos minutos, con música y sin diálogos, en una notable economía de recursos que obliga al espectador a involucrarse. Es, por lejos, el mejor momento de la película, acaso el de cualquier película de Pixar. Un momento puramente cinematográfico, honestamente emotivo, que habla del dolor de la pérdida sin golpes bajos ni efectismos, en un código apto para todo público pero que no subestima a chicos o adultos ni pretende ser indoloro o insípido.

Presionado por una modernidad implacablemente injusta, pero también motivado por la promesa incumplida a su esposa, un septuagenario Carl decide entonces un último gesto de rebeldía. Incontables globos de helio impulsan su casa "al infinito y más allá", para citar al alucinado Buzz Lightyear. El problema es que, por azar, un insistente boy scout queda dentro en el momento del despegue. Comienza la aventura.

La película, entonces, empieza a desinflarse (y perdón por tan obvia figura). Sus pretensiones multiage pueden jugarle una mala pasada a los adultos: en su estructura clásica, el relato siempre ofrece pistas sobre lo que viene, lo que de a ratos lo torna demasiado previsible. Quedan, de todos modos, algunos grandes momentos: una lucha sobre un dirigible, a cientos de metros del piso, que no se exhibe sino que traslada al espectador al lugar de los hechos. Imposible no sufrir algo de vértigo, sensación que se debe ver acrecentada en las exhibiciones en 3-D [1].

El happy ending es casi anecdótico. También la tensión entre lo nuevo y lo viejo, presente en casi toda la obra del estudio de animación y siempre resuelta en amigables términos. Importa mucho más el noble aprendizaje que los desparejos compañeros de aventuras adquieren durante el recorrido y la obvia relación que se establece entre ellos. Un mensaje final que, aunque sin subrayados y bien distante de la hipocresía de la sobrevalorada WALL·E [2], no deja de ser algo edulcorado.

Con Up, una aventura de altura Pixar reafirma que en los rubros técnicos está unos pasos delante del resto. Y se aleja, al menos en parte, de una estructura que se demostró eficiente pero ya estaba algo gastada. Nada extraordinario pero sí suficiente para lograr su mejor película hasta la fecha. ■

[1] Up es la primera película en 3-D (o con efecto de estereoscopía, para ser preciso) que veo, así que no soy el más indicado para opinar. Pero da la sensación de que la tecnología, que tiene muchos más años de desarrollo de los que puede suponerse, se explota aún como atractivo de feria. El crítico Leonardo D'Espósito, con bastante más bagaje en estos asuntos, sostiene en su blog que Pixar hizo un uso inteligente del recurso. Algo sí es seguro: los 28 pesos de la entrada son un exceso.
[2] Antes de putear por la consideración acerca de WALL·E recomiendo leer un antiguo post de Hernán en Planocenital que suscribo absolutamente.

El lado oscuro de las marionetas

El promiscuo Harry en 'El mundo de los Feebles'
Desde principios de los sesenta los Muppets (y más tarde Plaza Sésamo) se encargaron de instalar la idea de que las películas o shows de televisión con muñecos están destinados a un público infantil. La creación de Jim Henson presentaba un mundo donde ranas, cerdos, osos, ratas y toda clase de animales antropomorfizados eran esencialmente buenos, nobles, solidarios, a lo sumo algo extravagantes. Si alguien sigue creyendo en aquello es porque no vio El mundo de los Feebles (1989), traducción poco ingeniosa del original Meet the Feebles.

Afiche de 'El mundo de los Feebles'
EL MUNDO DE LOS FEEBLES (1989)
Título original: Meet the Feebles. País: Nueva Zelanda. Duración: 94 minutos. Dirección: Peter Jackson. Producción: Jim Booth y Peter Jackson. Guión: Peter Jackson, Danny Mulheron, Stephen Sinclair y Fran Walsh. Fotografía: Murray Milne. Montaje: Jamie Selkirk. Música original: Peter Dasent, Jay Snowfield y Michelle Scullion. Voces: Donna Akersten (Samantha), Stuart Devenie (Sebastian), Mark Hadlow (Heidi/Robert/Barry), Brian Sergent (Wynyard/Trevor), Peter Vere-Jones (Bletch), Mark Wright (Sid).
Antes de convertirse en una estrella gracias a los excesos de la oscarizada trilogía de El señor de los anillos, Peter Jackson subvirtió aquella noción en su mucho más interesante segunda película. Sus marionetas son animales humanizados hasta en sus vicios; fuman, se drogan, tienen sexo, trafican cocaína, matan. Y también, claro, se enamoran.

El neocelandés toma el musical -en su variante de backstage- como elemento aglutinador para narrar las horas previas al estreno de The Fabulous Feeble Variety Hour, un espectáculo televisivo protagonizado por la hipopótamo Heidi. Y hecha mano a todos los tópicos del género: la estrella venida a menos, el director con veleidades de genio y realidades de dictador, el actor mujeriego, el novato ingenuo que se enamora de la chica, el productor inescrupuloso y sus secuaces.

Amparado en la libertad que otorgan las marionetas, amaga con meterse en temas que el cine no tocaba en aquellos días (el sida) y juega con varios géneros sin establecerse en ninguno. Introduce elementos de las películas de gángsters, del melodrama, del terror, un flashback bélico que se ríe de las películas de Vietnam y hasta algo de porno. Todo atravesado por un tono de comedia negra. Un enorme pastiche que no ahorra palazos contra el show business y la prensa.

El problema de El mundo de los Feebles es, en gran medida, el mismo que el de parte -acaso toda- la obra de Tarantino: acumula citas y referencias de manera más o menos reconocible pero sin establecer jerarquías. Para Jackson es lo mismo citar a El acorazado Potemkin que a El regreso del Jedi, mezclar un melodrama de Tod Browning con un musical de Richard Attenborough que remitir a un video ochentoso de Paul McCartney o a El francotirador. Por supuesto, esto no es Una película de miedo o berretadas similares. Jackson, cinéfago voraz, sabe de cine y conoce sus códigos. Pero rara vez las referencias van más allá del recurso estético, de la acumulación fetichista. Sin ellas la película sería mucho menos interesante; con ellas no pasa del entretenimiento algo osado e ingenioso. ■