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Hollywood en Don Torcuato: el libro

En los últimos años estuve investigando la serie de películas que el mítico Roger Corman produjo en Argentina en los años ochenta asociado con Aries, la empresa de Fernando Ayala y Héctor Olivera. Ese trabajo terminó siendo un libro que ahora decidí publicar en formato digital, gratis.

Portada de 'Hollywood en Don Torcuato'Se titula Hollywood en Don Torcuato – Las aventuras de Roger Corman y Héctor Olivera. En su momento se lo ofrecí a algunas editoriales, que no mostraron interés, y lo presenté en algún concurso, también sin suerte. Tenía la idea de autoeditarme en papel, pero nunca tuve la guita para hacerlo, y ahora el contexto de la pandemia empeora las cosas. Así que decidí lanzarlo así, gratis, en digital. Más adelante, cuando todo esto pase, veré si puedo imprimir al menos una tirada chica.

Con guerreros y amazonas, magos y hechiceras, narcotraficantes y agentes encubiertos, asesinos y mujeres fatales, Hollywood -o al menos algo bastante parecido- desembarcó en Buenos Aires de la mano de Corman como nunca lo había hecho y jamás volvería a hacerlo en la historia del cine nacional. Toda esa historia se cuenta en cerca de 240 páginas que incluyen 26 testimonios originales de actores, técnicos y artistas argentinos y extranjeros involucrados en esos rodajes. El libro tiene además 65 imágenes (una buena parte, inéditas) y mucho, mucho material de archivo.

Mi interés en el tema había comenzado hace más de una década, cuando publiqué una serie de entradas en este blog que narraban esa historia. Pero aquellos textos tienen varias inexactitudes, algunos errores y, sobre todo, un tono que hoy no me gusta. En este libro traté de subsanar todo eso, y además profundicé en las historias y los personajes involucrados e indagué acerca de los motivos de esa curiosa -para algunos, insospechada- asociación entre el rey de la clase B y la productora de cine nacional más exitosa de los años setenta y ochenta.

Pueden descargarlo acá, gratis, en dos versiones: una en formato PDF, maquetado como un libro tradicional y con imágenes; y otra en EPUB, por si quieren leerlo en un e-reader. Y, por supuesto, están invitados a compartirlo con quien quieran. ■

Cómo filmar Buenos Aires: dos policiales porteños

Demián Bichir y el Chino Darín en 'Muerte en Buenos Aires'

Muerte en Buenos Aires (2014) es una película extraña. Descoloca ya desde los primeros minutos, porque uno no sabe bien de dónde agarrarse. No puede ser tomada del todo en serio, pero tampoco demasiado en broma. ¿Pretende aferrarse a la estructura del policial, un whodunit detectivesco más o menos clásico? ¿O quiere ser una parodia del género? En el dificultoso camino que queda entre las dos preguntas se mueve la película: hay códigos genéricos y también algo burlón, todo junto y al mismo tiempo, en un mejunje mucho más consciente (y consistente) de lo que puede suponerse.

Ahí está el Chino Darín como una especie de femme fatale. Mónica Antonopulos (una actriz que el cine debería aprovechar mucho más), que podría ser la seductora, traicionera y letal villana, parece más bien una cop buddy. Y protagoniza el detective, obviamente duro y no muy apegado a la legalidad, interpretado por un actor mexicano (Demián Bichir) que apenas puede lidiar con el castellano rioplatense. Todo esto, que de casual no tiene nada, tendría que alcanzar como motivación para intentar pensar la película desde otro lugar, algo que la mayor parte de la crítica no hizo. Es muy sencillo y hasta perezoso caerle a Muerte en Buenos Aires por sus supuestas deficiencias. Los buscadores de inverosimilitudes encontrarán una en cada plano. Pero, vamos, ¿en serio creen que la escena de los caballos corriendo por Diagonal Sur -una de las cosas más desquiciadamente hermosas del cine nacional reciente- es pretenciosa?

También está la Buenos Aires de fines de los ochenta, aunque no hay una intento por lograr una representación fiel de la época. Luces de neón por todos lados, el detective en una cupé Fuego roja, la omnipresencia de sintetizadores y una serie de secundarios identificados con esos años (Emilio Disi, Gino Renni, Luisa Kuliok) dejan claro que la década está siendo invariablemente vista desde el presente. Es muy difícil hacer cine de época en Buenos Aires, porque la ciudad -despreocupada por su pasado- cambió demasiado en los últimos años. Siempre está el riesgo de que una moderna torre vidriada o un acondicionador tipo split colgando de algún frente se cuelen en el plano, y los remiendos digitales son caros y no siempre convincentes. La debutante Natalia Meta transformó esa dificultad en una virtud: Buenos Aires se muestra desde ángulos raros, a veces insólitos, que más que ocultar el paso del tiempo aportan al clima enrarecido de la película (y hasta ofrecen alguna pista narrativa). Nada es lo que parece en Muerte en Buenos Aires.

Benjamín Vicuña y Germán Palacios en 'Baires'

Baires [1], estrenada el año pasado, comparte algunas cuestiones con Muerte en Buenos Aires. Es otro policial ambientado en la ciudad, está de fondo el tema del tráfico de drogas e incluso hay un protagonista extranjero, el chileno Benjamín Vicuña. Mirada con ganas Sabrina Garciarena podría ser una femme fatale, y el subcomisario de Germán Palacios es otro tipo duro, no muy atento a las garantías civiles aunque generoso.

Pero acá, en cambio, todo es lo que aparenta, y no puede esperarse otra cosa que lo que finalmente ocurre. No porque la película vaya sembrando sutiles indicios que sólo un espectador atento podría advertir, sino por su ausencia absoluta: es todo tan lineal que sólo queda esperar el giro brusco sobre el final. Los clichés son eso, clichés, y no aparece nada -ni distancia, ni ironía, muchos menos humor- que pueda sugerir algo diferente. Hay una estilización en el recurrente uso de la cámara lenta que pretende disimular la falta de ideas (por ejemplo, para filmar un tiroteo), y Buenos Aires se muestra con una serie de tomas aéreas que por piedad podrían calificarse de turísticas. Qué mal le están haciendo los drones al cine. ■

[1] El uso del apócope Baires ya predispone mal: luego de haber visto el monumental Los Angeles Plays Itself (2003), uno de los mejores documentales cinéfilos de la historia, toda mención abreviada del nombre de una ciudad pasó a ser sospechosa.

La clase de cine póstuma de Bielinsky

Imágenes del rodaje de 'El aura'

El 28 de junio se cumplirán diez años de la muerte de Fabián Bielinsky, y esta edición del Bafici lo está homenajeando como se merece. Por un lado, tan previsible como necesario, exhibe sus películas, en 35 milímetros y con algún condimento extra (el viernes pasado Gastón Pauls y Sebastián de Caro presentaron Nueve reinas en el Gaumont, mañana a la noche Gabriel Medina y otra vez De Caro harán lo mismo con El aura). Por otro, con la edición de un libro titulado El fulgor, que compila diversos artículos y entrevistas (uno de mi autoría) sobre su obra y que fue presentado el jueves pasado con una charla abierta al público.

El homenaje tiene una tercera pata que, por sus características, quizá sea la más interesante durante los pocos días que le quedan al festival. Las películas podrán verse en otro momento (y seguramente volverán a proyectarse en una sala de cine), el libro puede comprarse ahora y leerse más adelante, pero la exhibición que se montó en una de las salas del Centro Cultural Recoleta es de visita imprescindible.

Denominada simplemente "Bielinsky", permite recorrer su vida en una serie de bellas fotos, que van desde sus primeros pasos con una cámara en la mano hasta el backstage de El aura, pasando por su extensa trayectoria como asistente de dirección. Se muestran además algunas de sus pertenencias vinculadas al cine, como libros, figuritas o recortes de diarios y revistas. Y hay, también, algunos objetos que más que simples piezas de utilería ya forman parte de la memoria cinematográfica argentina, como la caja de habanos "Nueve reinas" que aparece en la película o la mismísima plancha de estampillas.

Pero lo que hace extraordinaria la muestra es una serie de apuntes, recortes y papeles, hasta ahora nunca exhibidos al gran público, que permiten espiar el modo en que Bielinsky trabajaba sus ideas. Se sabe que el título original de Nueve reinas era "Farsantes", y que decidió cambiarlo por uno que diera menos pistas sobre la historia. En el Recoleta se puede ver la lista de posibles títulos que el director discutió con algunos de sus colaboradores. Esos papeles, impresos en una computadora y con algunos apuntes a mano, permiten descubrir mucho más que un brainstorming. Mirados con atención revelan la obsesión de Bielinsky por los detalles, la búsqueda de una o más palabras que no sólo le den nombre a una película sino que además digan algo sobre la trama pero a la vez no la deschaven. Se convierten así en una clase involuntaria acerca de cómo titular una película.

La plancha de estampillas usada en 'Nueve reinas'

Algo parecido ocurre con los apuntas acerca de los distintos tipos de robos y estafas, tomados de recortes de diarios o de otras películas de con-artist como El golpe o Ambiciones prohibidas. Más que recopilar casos, lo que hizo Bielinsky fue una investigación para llegar al corazón conceptual de cada truco y, así, poder adaptarlo a la trama de su película. Lo mismo con la posible personalidad de los personajes: los desgrana en un punteo en el que, más que describirlos, los va perfilando.

Lo que se exhibe en la muestra se complementa con uno de los capítulos del libro, denominado "Espiando a Fabián". Allí se presentan otra serie de apuntes inéditos sobre el proceso creativo de ambas películas. Es especialmente jugoso lo relacionado con El aura. Se puede leer el tratamiento de un guión que nunca llegó a filmarse, llamado "El hombre inmóvil", que remite invariablemente al cuento El sur, de Borges, y en el que puede hallarse el germen de su última película. Y también se puede espiar un fragmento del guión que tiene un comienzo distinto -y quizá más explícito- al que finalmente quedó en el film, entre otros valiosos detalles.

Todo esto, más que un homenaje, configura una clase de cine póstuma del director. ■

> La muestra sobre Fabián Bielinsky se puede visitar en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930) hasta este domingo a las 20.

Homenaje a Fabián Bielinsky en el Bafici

Fabián Bielinsky durante el rodaje de 'Nueve reinas'

En junio se cumplirán 10 años de la muerte de Fabián Bielinsky, un director que a pesar de lo breve de su obra (apenas dos películas y un par de cortos) dejó una marca indeleble en el cine nacional. Nueve reinas (2000) fue una especie de ovni que llegó desde donde menos se la esperaba, sacudió a la crítica y el público y logró instalarse en la memoria de los espectadores como muy pocas películas. Y cinco años después presentó El aura (2005), una obra maestra que se ubica entre las más grandes realizaciones de nuestro cine.

La nueva edición del Bafici, que arranca este miércoles, le rendirá un merecido homenaje a Bielinsky. El festival exhibirá sus dos largometrajes en copias en 35 milímetros y su corto La espera (1983) -el otro, El péndulo (1980), realizado durante su etapa de estudiante, se puede ver en YouTube-, y le dedicará una exhibición con storyboards, fotos y entrevistas, entre otros materiales.

Además se editará un libro titulado El fulgor - Ideas sobre Fabián Bielinsky, que incluye textos de Javier Porta Fouz -nuevo director del festival-, Sergio Wolf, Sebastián de Caro y uno mío, una extensa entrevista con Ricardo Darín y una buena cantidad de material inédito, tomado del archivo personal del director, que permite acercarse a su proceso creativo.

El libro será presentado este jueves a las 18 en el Auditorio El Aleph del Centro Cultural Recoleta, en una mesa que integraré junto a Porta Fouz, De Caro y Gabriel Medina, director de Los paranoicos (2008) y La araña vampiro (2012). ■

El culo de Yuyito y otras calenturas adolescentes

Emilio Disi y Yuyito González en 'Los pilotos más locos del mundo'

En la pantalla enorme del Cine Gran Alsina aparecía el primer plano de un culo. Un culo generoso, rotundo, no muy bronceado, levemente afectado por la gravedad en tiempos en que los cirujanos aún no desafiaban a Newton. Un culo apenas cubierto por una bikini acomodada -a tono con la época- por encima del ilion, que su portadora meneaba consciente de tener toda la atención de la cámara y de nosotros, los espectadores, bochincheros preadolescentes que colmábamos la sala. Un empleado se paseaba de tanto en tanto por la puerta de la escuela para entregar unos volantes -de llamativos rosas o amarillos- que otorgaban un descuento para la entrada del cine, y los sábados se armaban en la vereda del Gran Alsina largas filas de alumnos de los últimos grados de la primaria, mayoría abrumadora de varones que comenzábamos a descubrir que las minas en bikini nos atraían más que la guerra de soplamocos.

"Sólo le falta hablar", bromeaba Emilio Disi con la mirada clavada en ese culo, chiste tonto que décadas más tarde adquiriría connotaciones casi siniestras en el prime time televisivo. La situación era bastante gratuita, pero Carlos Galettini había generado algo de suspenso: unos minutos antes Yuyito González había irrumpido en escena con un pareo anudado a la cintura. Para verle el culo hubo que esperar. Su escena triunfal, cuando giraba, nos daba la espalda y comenzaba a caminar mientras nosotros nos entregábamos gozosos a la zambullida hacia el primer plano del zoom indiscreto, recién llegó a la media hora de película.

Aún no lo sabíamos, no podíamos saberlo, pero el suspenso era vital para agarrarse una calentura. Por eso nos aburrían un poco las porno, aunque nuestra sobreactuada hombría no nos permitiera admitirlo. Películas que ya desde los títulos adelantaban sumariamente lo que debería ser el momento culminante. Situaciones que se repetían una y otra vez y prometían, en general sin éxito, que lo que vendría sería mejor -más excitante- que lo que pasó. Rituales pueriles de asistencia obligatoria alrededor de una videocasetera -artículo que sólo la familia del amigo con guita del barrio podía alcanzar- que matizábamos con chistes torpes sobre la anatomía de los protagonistas, actrices que podían tener las tetas caídas y actores que no se depilaban.

Una época en la que citábamos la saga interminable de Anal Intruder sin haberla visto y la Cicciolina era un mito adulto que no alcanzábamos a comprender. En la que copábamos el local de revistas usadas para ojear de pie números viejos de El Gráfico mientras algún amigo, oculto en cuclillas, nos iba mostrando clandestinamente las páginas de la Playboy con las chicas de Olmedo o algún ejemplar de Libre, funesto producto de Editorial Perfil que ponía en tapa títulos del tipo "Esta belleza es un señor".

Los últimos coletazos del destape democrático insinuaban más de lo que mostraban, aunque mis abuelos añoraran tiempos más decentes. En horario apto para todo público Gianni De La Nata se ponía sus lentes mágicos para que pudiéramos ver a Cris Morena o Adriana Salgueiro en pudorosos conjuntos de ropa interior. El suspenso nos hacía trasnochar a la espera del strip interview de Peor es nada: como con la tanguita de Noemí Alan, conocíamos el final pero la esperanza de que se viera algo más crecía a medida que las prendas iban cayendo y se renovaba cada semana. En el Club del Terror de Canal 13 las películas nos calentaban y asustaban, todo al mismo tiempo, sin que llegáramos a distinguir entre el placer y el miedo. Poco después Charly, días de sangre (otra vez Galettini), más graciosa que terrorífica, nos dejó espiar a las chicas de la tele de otra forma.

Fotogramas del comienzo de 'Little Girls Blue Part 2'
El amigo que en los ochenta jugaba con la ColecoVision progresaba en la profesión del futuro: ahora tenía un módem de 14.4k que permitía -preferentemente de noche para evitar gastos millonarios de teléfono- acceder a los BBS. Una novedosa pantalla convexa de 64 colores y 14 pulgadas era la ventana hacia un mundo de juegos, programas y, por supuesto, mujeres desnudas. Ahí el suspenso se informatizó: soportábamos con impaciencia el fatigoso descenso de los píxeles, línea por línea, hasta que finalmente Pamela Anderson nos revelaba sus pezones, que tantas veces habíamos imaginado cuando la veíamos trotar en slow motion por las playas de California (la historia de mi adolescencia: mientras mis amigos deseaban cogerse a Pamela yo soñaba casarme con Cindy Crawford). Unos años después apareció el video porno con su esposo Tommy Lee, todo un acontecimiento que volvió a reunirnos frente al monitor. Pero ya no había tanto por descubrir.

Poco antes la pornografía había llegado a la televisión a través de un cable. Ya nos afeitábamos y las noches de sábado salíamos a la cancha para intentar aplicar, con la timidez de un central rústico cuando cruza el medio campo, los precarios conocimientos adquiridos. Aún había mucho por ver en casa. Descubrimos que si movíamos la sintonía fina de la tele podíamos franquear, con escasa nitidez y mucha imaginación, la barrera del codificado. Intuíamos los goles de Boca que los domingos nos relataba Fantino y el sexo anal que una mina parecía disfrutar en la madrugada de Venus.

Pasaron más de 25 años y miles de películas desde aquella tarde de sábado en el Gran Alsina. Hice fila en la puerta del Malba para ver Garganta profunda o El Diablo en la señorita Jones y leyendo El Amante descubrí que la secuencia inicial de Little Girls Blue Part 2 es cine puro. Entendí por qué mi viejo se calentaba con Linda Fiorentino, hermosa flaca de piernas perfectas, y vi a Mónica Gonzaga como una bella mujer madura que en lo esencial nunca claudicó ante la paraciencia de lo estético. Lo pornográfico cambió de lugar: una crema corporal femenina promete milagros bajo un nombre comercial propio de un producto para veteranos de guerra y un desfile "solidario" organizado por un diario con "mujeres reales" sobre la pasarela nos hace pensar que quienes viajamos en colectivo pertenecemos a otra especie.

Escribo "Los pilotos más locos del mundo" en el buscador de YouTube y descubro que alguien subió la película completa. Un poco de fast foward, ahora más fast que nunca, y vuelve a aparecer el culo. La escena ya no me impacta como en la pantalla enorme del Gran Alsina pero el culo sigue siendo rotundo. El primer plano dura apenas unos segundos y hasta parece ingenuo, casi avergonzado en su brevedad. Contrasta con las tomas televisivas de los camarógrafos-proctólogos del concurso de baile nocturno. Hace poco una bailarina, demasiado joven para haber pasado tanto tiempo en el quirófano, alardeaba con que sólo su cuerpo podía soportar el realismo ontológico de la TV en alta definición. Acaso hoy los culos -descontextualizados, cosificados, "hechos", según el espantoso comentario de doble sentido- ya no merecen un primer plano sino apenas un plano detalle. ■

Este artículo fue escrito en febrero de 2013 a pedido de Hernán Panessi, que lo iba a incluir -junto a otros- en un apéndice de su libro Porno Argento! Historia del cine nacional triple X (2015). Finalmente, por motivos que desconozco pero no tienen relevancia, ese apéndice no se publicó, así que decidí poner este texto acá.

Tres buenas películas para redescubrir en Odeon

Carlos Cores en 'Los tallos amargos'

El Gobierno nacional lanzó este miércoles Odeon, una plataforma online de cine y contenidos nacionales similar a Netflix. El servicio cuenta con alrededor de 700 horas de material para ver en streaming, y hay un poco de todo: cine clásico y actual, series, programas infantiles y deportivos. En el sitio Otros Cines se puede encontrar más información sobre la iniciativa, que parece muy buena aunque quizá aún esté algo verde.

Entre todo el material que ofrece Odeon elegí tres películas que nunca fueron editadas en DVD, por lo que la posibilidad de verlas en una calidad decente estaba restringida a su exhibición en un festival o ciclo o a pescarlas algún día en Incaa TV. Esta es una buena posibilidad de redescubrirlas.

Afiche de 'Gente bien'Gente bien (1939)
Dirección: Manuel Romero.
Elenco: Hugo del Carril, Tito Lusiardo, Delia Garcés, Enrique Roldán, Marcelo Ruggero.
Un representante un poco venido a menos de la “gente bien” del título abandona a la joven Elvira (Garcés), con quien tuvo un hijo, para casarse con una chica millonaria e intentar rehacer su desgastada alcurnia. Desamparada, Elvira encuentra cobijo en un grupo de artistas y trabajadores, gente buena, y se enamora de un cantante (Del Carril). Se trata de una genial comedia combativa de Romero, que hoy, más de 70 años después de su estreno, sorprende por lo beligerante de su planteo.

Afiche de 'Los tallos amargos'Los tallos amargos (1956)
Dirección: Fernando Ayala.
Elenco: Carlos Cores, Vassili Lambrinos, Gilda Lousek, Aída Luz, Julia Sandoval.
Un opaco periodista (Cores) se deja convencer por un inmigrante (Lambrinos) para participar de un improbable negocio. Primero se engancha con la idea, luego se siente traicionado y finalmente cae en el crimen, lo que ocurre en la mitad del film. El segundo largometraje de Ayala es un denso y extraño film noir, con un clima opresivo y una serie de notables resoluciones formales. Hay una extraordinaria escena onírica que debe estar entre las mejores de su tipo en todo el cine argentino.

Afiche de 'Las venganzas de Beto Sánchez'Las venganzas de Beto Sánchez (1973)
Dirección: Héctor Olivera.
Elenco: Pepe Soriano, Federico Luppi, Irma Roy, China Zorrilla, Héctor Alterio..
Luego de la muerte de su padre, Sánchez (Pepe Soriano, notable) sale a vengarse de quienes cree que le arruinaron la vida y siente culpables de todas sus represiones y frustraciones, lo que incluye a un cura, su maestra de primer grado, su superior en la colimba y su jefe, entre otros. Verdadero relato salvaje de Olivera, que tuvo mil y un problemas con la censura -recibió durísimas críticas de la Iglesia y el Ejército, entre otras instituciones conservadoras- y visto hoy sigue resultando explosivo. ■

El VHS, otro formato que vuelve

Edición en VHS de 'Diablo', de Nicanor Loreti
Su vida útil en el circuito comercial fue más bien efímera en términos históricos, lo que sin embargo le alcanzó para calar hondo en la memoria de muchos. En poco más de dos décadas –desde fines de los setenta hasta los primeros años del nuevo milenio– el VHS (Video Home System) introdujo por primera vez de manera masiva el cine en los hogares y luego se desvaneció de a poco, desplazado por otros formatos con mayor calidad de imagen y sonido. Pero nunca llegó a desaparecer del todo. Y ahora está volviendo, en un fenómeno que conjuga nostalgia con cinefília y se hace notar en Argentina.

A diferencia del vinilo, que tiene argumentos para pelear por la supremacía en cuanto a calidad de audio, el VHS fue ampliamente superado por el DVD y el Blu-ray. Pero todo vuelve. En Facebook hay decenas de grupos que reúnen a coleccionistas de todo el mundo sedientos por exhibir imágenes de sus repisas repletas de coloridas rarezas de otra época, rectángulos plásticos de 19 centímetros de largo por 10 de ancho y unos 200 gramos de peso que atesoran una cinta magnética enrollada en su interior.

"La vuelta del VHS como objeto coleccionable, incluso después de que dejó de producirse de forma masiva, se debe sobre todo al factor nostálgico", opina Cristian Sema, coleccionista e investigador del fenómeno del video. "Pero además muchas películas nunca se editaron en DVD o no se consiguen con subtítulos o doblaje en español en la web", agrega. Su página de Internet (www.rarovhs.com), un sitio de referencia para coleccionistas locales, es un viaje sin escalas al pasado, donde conviven héroes de acción olvidados con las más extrañas películas de terror o productos de explotación de muy diversa procedencia.

No sólo la nostalgia alimenta el resurgimiento: el videocasete también mira hacia el futuro. La editora de video SRN, especializada en cine de género nacional, lanzó en septiembre de 2013 una edición limitada de 52 VHS de la película Diablo (2011), dirigida por Nicanor Loreti y protagonizada por Juan Palomino. "Cada caja fue cortada, plegada, armada, pegada y numerada a mano, al igual que las etiquetas autoadhesivas del casete. Además trae un booklet con información y una postal", cuentan Alejo Rébora y Daniela Giménez, de SRN. "Es en gran medida un homenaje al cine de los 70, y como Loreti es un entusiasta de la estética de la época, la propuesta de editar en VHS lo convenció de inmediato. Además, habiéndose convertido tan rápidamente en una película de culto, ¿qué mejor que editarla en un formato de culto?".

La de Diablo fue –según la publicación especializada Lunchmeat– la primera edición profesional en VHS realizada fuera de Estados Unidos desde que el soporte salió del mercado, y aún quedan un par de casetes, que se consiguen a 90 pesos. ■

> Este texto fue publicada en el diario Clarín el 15 de noviembre de 2014. Acompañó una nota más extensa sobre el resurgimiento del vinilo.

Lanzaron el segundo concurso de estudios sobre cine de la Enerc

El rector de la Enerc, Pablo Rovito, y el responsible de la Biblioteca, Adrián Muoyo, durante la presentación en Mar del Plata

En los últimos años se están publicando más libros sobre cine en Argentina, y hay para todos los gustos. Desde los lanzamientos de pequeñas editoriales como Fan Ediciones o Cuarto Menguante hasta las publicaciones de editoriales establecidas y con trayectoria como Paidós, que está renovando su colección. Hay también, entre muchas otras cosas, traducciones hechas acá de textos extranjeros, como los libros de Werner Herzog que lanzó Entropía o los de John Waters de Caja Negra.

A toda esta movida se sumó este año la Biblioteca de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc), que depende del Incaa. En abril lanzó el Primer Concurso Nacional y Federal de Estudios sobre Cine Argentino, una iniciativa de frecuencia anual que intenta alentar la realización de ensayos o investigaciones vinculadas a la historia, la teoría y la estética del cine nacional. El martes pasado, durante el Festival de Cine de Mar del Plata, se anunciaron los dos trabajos ganadores: Modos de salir del hogar paterno. Representaciones familiares y derivas juveniles en el Nuevo Cine Argentino, de Eduardo Cartoccio; y Noches de sano esparcimiento. Estado, católicos y empresarios en la censura al cine en Argentina (1955-1973), de Fernando Matías Ramírez Llorens. Ambos textos serán publicados y distribuídos en bibliotecas de todo el país y también se podrán comprar en librerías, porque el espíritu del concurso es que las publicaciones sean accesibles para todos, y no sólo en el ámbito académico.

En el acto también se presentó la segunda edición del concurso, cuya recepción de trabajos comienza hoy y se extiende hasta el 30 de abril de 2016. Las bases y condiciones pueden consultarse en la página de la Enerc o en Infoleg. Además de la publicación de su trabajo, los ganadores recibirán un premio de 40 mil pesos.

Este doble anuncio -ganadores de la primera edición, lanzamiento de la segunda- es relevante por dos cuestiones. Por un lado, porque la frecuencia anual del concurso garantiza un canal para que las investigaciones sobre cine argentino puedan fluir. Por otro, porque la entrega de un premio en dinero permite que los premiados cobren por su trabajo.

Hubo una tercera noticia en el acto realizado en Mar del Plata, que también es de gran importancia para la investigación sobre cine en Argentina. Adrián Muoyo, coordinador de la Biblioteca de la Enerc, anunció el lanzamiento del primer Catálogo Colectivo de Bibliotecas de Cine del mundo. Se trata de una iniciativa de la red BiblioCi, que reúne a 16 bibliotecas cinematográficas de ocho países de Iberoamérica. Se trata de una herramienta fundamental para cualquier investigación sobre cine, porque permite acceder al catálogo (libros, revistas, catálogos, guiones y un largo etcétera) de cualquiera de las bibliotecas de la red y ponerse en contacto con sus responsables. Se puede acceder desde www.biblioci.org. ■

Dos décadas de un libro imprescindible

Primera edición de 'Un diccionario de films argentinos (1995)'

La edición 2015 es la última de la famosísima Leonard Maltin's Movie Guide, en otros tiempos denominada la biblia del cine, que deja de publicarse después de 45 años y 35 ediciones. Jaqueado por la Internet Movie Database (IMDb) y Wikipedia, entre otros fuentes de información que todos tenemos a mano, el libro editado por el crítico estadounidense Leonard Maltin, indispensable en otros tiempos, fue perdiendo relevancia. Lo despedí con una nota en La agenda, donde también explico por qué creo que aún hoy sigue valiendo la pena atesorar una Maltin en la biblioteca.

Hace no mucho tiempo, antes de internet, guías como la de Maltin y similares o enciclopedias como la de Ephraim Katz eran imprescindibles, incluso para quienes no manejaban del todo el inglés. Pero hay un libro que hoy, en plena era digital, sigue siendo irreemplazable. Se editó acá, en Argentina, en diciembre se cumplirán 20 años de aparición y el año próximo tendrá un nuevo volumen, el cuarto. Se trata de Un diccionario de films argentinos, de Raúl Manrupe y María Alejandra Portela.

Lo que hicieron Manrupe, Portela y sus colaboradores (entre otros, Axel Kuschevatzky) dos décadas atrás fue extraordinario: juntaron en un sólo libro toda la producción cinematográfica sonora nacional, desde los primeros intentos con un sistema de discos (como Muñequitas porteñas, 1931) hasta El censor (1995), incluyendo films inéditos e inconclusos. El proyecto comenzó en 1990 y fue, en una época en la que la informática no estaba al alcance de la mano, una tarea descomunal. "Pensá que hoy toda la información de fichas técnicas está en internet. En ese momento estaba en los diarios, en las críticas de películas, en libros, en entrevistas... Había que reconstruir el rompecabezas con las piezas que teníamos", recuerda hoy Portela. En 2004 se presentó un segundo volumen, que cubrió todas las producciones realizadas entre 1996 y 2003. Y en 2010 salió un tercero, con el período 2003-2009. En total, los tres libros incluyen fichas de más de 3.600 películas, con datos muy precisos sobre el equipo técnico y artístico, fecha de lanzamiento, duración, argumento y un repaso de la recepción crítica del momento del estreno, entre otra información.

Portela recuerda que la guía de Maltin y la enciclopedia de Katz fueron dos ejemplos que los marcaron a la hora de diseñar el proyecto. Pero a diferencia de esos dos libros, que hoy perdieron mucha de su utilidad, los tres tomos de Un diccionario de films argentinos siguen siendo valiosos, no sólo para cinéfilos o investigadores sino también para el espectador ocasional que se engancha con algún clásico de Manuel Romero o Carlos Schlieper en Incaa TV o Volver. En parte porque en internet no hay mucha información de calidad sobre las películas argentinas anteriores a fines de los noventa. Lo que hay suele estar incompleto o no es del todo confiable, como suele ocurrir con las fichas de películas nacionales en IMDb. Pero existe otro motivo, quizá más importante.

Filmar hoy es más accesible que hace 20 años, en parte porque las tecnologías digitales permitieron abaratar costos. En 2013 se estrenaron unos 150 film nacionales, y en 2014 fueron alrededor de 170. Muchas de esas realizaciones duran una semana en pantalla en algún Espacio Incaa y luego desaparecen de la cartelera, por lo que a veces los diarios -e incluso los sitios web especializados- no publican comentarios o críticas. El diccionario de Manrupe y Portela cubre toda esa producción. "El cuarto volumen, en el que estamos trabajando, creo que tiene más películas que el primero. Lo engrosa la enorme cantidad de producciones de toda la Argentina, películas que muchas veces no llegan a Buenos Aires, películas que se hacen para la web o para otros medios", cuenta Portela.

El nuevo libro, que posiblemente salga a la venta a principios del año próximo (siempre editado por Corregidor), tendrá al menos 600 páginas. Y será, como los anteriores, un referente imprescindible. ■

Apenas un delincuente y la necesidad de preservar nuestro cine

Jorge Salcedo en 'Apenas un delincuente'

Una versión restaurada de Apenas un delincuente (1949), gran película de Hugo Fregonese, se exhibió ayer y hoy en la sección de clásicos del Festival de Cine de Venecia. Sobre eso -y sobre Fregonese, el único director argentino que logró tener una carrera en Hollywood- escribí para La Agenda. Pero el tema no se agota ahí y también sirve para hablar de qué se está haciendo para se preservar y difundir el cine nacional clásico, dos tareas íntimamente relacionadas que en general no reciben la atención que merecen en Argentina.

Se calcula que el 90 por ciento de la producción de cine mudo nacional y la mitad del sonoro están perdidas. El dato genera pavor, sobre todo por la riquísima historia fílmica de Argentina, que llegó a ser un faro en América Latina. "Nosotros, los que no resguardamos nuestro patrimonio, vamos a quedar mucho menos representados en el futuro. Ya las historias del cine se centran en Europa y Estados Unidos, y el resto aparte. Si encima las películas no están disponibles y nadie las conoce, vamos a desaparecer. Una película desaparece no sólo cuando se pierde su soporte fílmico, sino cuando desaparece su recuerdo", opina Paula Félix-Didier, directora del porteño Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, que se encargó -junto con aportes privados- de restaurar la copia de Apenas un delincuente.

En 2012 un grupo de críticos y especialistas convocados por la revista británica Sight & Sound eligió a Vértigo (1958), de Hitchcock, como la mejor película de la historia, aunque es probable que muy pocos hayan visto Más allá del olvido (1956), de Hugo del Carril, que tiene más de un tema en común. En casi todo el mundo Leonardo Favio es más conocido como cantante que como cineasta. "Fuera de Argentina se conoce bastante poco del cine nacional clásico. Nuestro director más conocido fue Leopoldo Torre Nilsson, porque en la década del '50 se ubicaba junto a Bergman y Kurosawa como uno de los que estaba haciendo algo distinto. Pero del resto, casi nada", dice Félix-Didier. Que películas como Apenas un delincuente puedan verse en el exterior con la calidad que merecen es una forma de mantener viva nuestra historia. "Lo que queremos es que las películas encuentren un público nuevo, y no queden sólo en la nostalgia de quienes la vieron en su momento. Nuestra idea es que los archivos son espacios vivos, y no un lugar donde las películas van a morir".

La impiadosa inmaterialidad de lo digital, que transforma todo en intangibles ceros y unos, hizo que la cuestión de la preservación se volviera casi cotidiana. Una caja de zapatos puede atesorar las fotos de aquellas lejanas vacaciones de la infancia, pero es probable que las imágenes del verano pasado se hayan perdido en algún CD que se rayó o en un disco rígido que murió sin previo aviso. Félix-Didier cree que estos pequeños problemas de todos los días hicieron que la idea de la preservación esté más presente en la gente. "Lo digital no es la solución. Hasta ahora el fílmico ha demostrado ser lo más duradero. No va a durar para siempre, pero hoy, más de 100 años después, la películas de los hermanos Lumière se pueden ver. Acá y en otros países se está haciendo una apuesta muy fuerte por el digital que yo creo que va a terminar siendo un error. Hoy nadie puede garantizar que exista un formato digital que dure, no te digo los más de 100 años del fílmico, pero al menos 20 años. Fundamentalmente por los modos de reproducción, que no suelen ser retrocompatibles".

Preservar el patrimonio audiovisual no es un capricho cinéfilo. Además de ser una extraordinaria obra de arte, Apenas un delincuente ofrece un registro de otra época, de una ciudad que ya no es, de una forma de vestir y hablar. Porque el cine también es un documento histórico, un inventario visual, sonoro, cinético y simbólico de incalculable valor. Valga un ejemplo: en el Festival Internacional de Cine de Montaña que se realizó hace dos semanas en Ushuaia el Museo del Cine proyectó un documental, realizado en 1941, con el registro del viaje que Exequiel Bustillo, entonces presidente de Parques Nacionales, hizo por la Patagonia siguiendo los pasos que a fines del 1800 había dado el perito Francisco Moreno. Entre otras cosas, contiene impactantes imágenes en colores del glaciar Perito Moreno. "Más allá de que a todos nos guste a todos eso, supongo que para los científicos que estudian el calentamiento global debe ser muy útil poder analizar literalmente cómo estaba el glaciar en 1941", cuenta Félix-Didier.

La creación de una Cinemateca Nacional estatal, que se encargue de resguardar el patrimonio audiovisual del país, es un viejo reclamo que por ahora avanza a paso lento. La situación es paradójica: a partir de 1947 -cuando se implementó un sistema de créditos y subsidios a la producción nacional que, con matices, continúa hasta hoy- el Estado invirtió dinero en la mayoría de las películas que se realizaron en el país, pero hizo poco para preservar ese cine que en parte había financiado. Algunas iniciativas -como las que lleva adelante el Museo del Cine o el programa de recuperación "Cine Argentino Siempre" que realiza Incaa TV- permiten un moderado optimismo, aunque aún faltan políticas públicas sistemáticas y duraderas en el tiempo. Sólo así el pasado del cine nacional podrá también tener un futuro. ■

Nueve reinas, según sus protagonistas

Ricardo Darín, Gastón Pauls y Leticia Brédice en 'Nueve reinas'

Hay películas excelentes que casi nadie ve, y hay otras que convocan el público a las salas de a millones pero son malísimas. Unas pocas logran juntar las dos cosas: gran calidad y masividad. En el cine argentino se pueden mencionar -desde el establecimiento del color para acá- apenas unos pocos ejemplos, como Juan Moreira o Tiempo de revancha. Y también Nueve reinas, la genial ópera prima de Fabián Bielinsky, de cuyo estreno se cumplirán 15 años el 31 de agosto.

Entrevisté a muchos de los involucrados en la película (actores, técnicos, artistas) y publiqué una historia oral de Nueve reinas en la revista cultural La Agenda. Son dos partes, que se pueden leer acá y acá, donde se cuenta desde cómo surgió el proyecto hasta el éxito de público y crítica y la remake hollywoodense. La segunda parte incluye, además, un mapa con los principales lugares donde se filmó, porque una de las cosas que destacan a Nueve reinas es el uso de Buenos Aires casi como un elemento dramático más. ■

Festival de Mar del Plata 2014 (tercera parte)

Clásicos nacionales restaurados

Tita Merello y Arturo García Buhr en 'Los isleros'

Como explicó Fernando Martín Peña en la presentación de unas de las proyecciones, a partir de 1947 -cuando se implementó un sistema de créditos y subsidios a la producción nacional que, con matices, continúa hasta hoy- el Estado invirtió dinero en la mayoría de las películas que se realizaron en el país. Pero hasta hace unos años nada había hecho para preservar ese cine que en parte había financiado. El Programa de Recuperación del Patrimonio Cultural que lleva adelante Incaa TV intenta subsanar ese olvido. No parece ser suficiente, pero al menos es un paso -el primero en mucho tiempo- en el sentido correcto.

El año pasado se había presentado en el Festival de Mar del Plata el ciclo "Cine Argentino Siempre", resultado de la primera etapa del programa, con dieciocho films (cinco de los cuales fueron comentados en este blog). Ahora la segunda edición del ciclo estuvo integrada por diez películas clásicas, que se proyectaron en fílmico. Sólo hubo una pasada de cada una, y en horarios un tanto extraños, así que sólo pude ver tres.

La profusa obra de José Agustín Ferreyra (1889-1943), el Negro, permanece envuelta en cierto misterio para muchas generaciones. Pionero del cine nacional, artista "esencialmente intuitivo y autodidacta" -como lo definió Jorge Miguel Couselo en su libro El negro Ferreyra, un cine por instinto (1969)-, gran parte de sus películas se perdieron y muchas de las que sobreviven son de difícil acceso. En Mar del Plata se proyectaron dos, ambas estrenadas en 1937: Besos brujos y Sol de primavera. La segunda es un drama romántico con toques de comedia de una sencillez argumental y un tono tan ameno que resulta entrañable. Los hermanos Carlos (Floren Delbene, amigo del director y aquí coguionista) y Rosendo (José Mazilli) se disputan el amor de Primavera, su hermana adoptiva (Herminia Franco). Carlos, que llega desde Buenos Aires, trae ideas nuevas para la producción en el campo, mientras que Rosendo, que nunca se fue, tiene una mirada más conservadora. Esta situación recrea, según Couselo, la oposición del primer cine de Ferreyra entre ciudad-corrupción y campo-virtud, pero aquí con "una visión diáfana, tranquila, sin crispaciones". Rosendo está perdidamente enamorado de Primavera, pero ella sólo lo quiere como hermano. "Coquetea hasta con la sopa. La da vueltas y vueltas en el plato, y nunca la toma", le recrimina él durante un almuerzo. "Es que no me gusta", responde ella, en uno de los diálogos de doble sentido más logrados de la película. Según escribió Roland en Crítica, la película tiene "lo que le falta a la mayoría de las producciones nacionales: sinceridad y cariño". No es fácil saber hoy qué le faltaba a la producción nacional de aquellos años, pero sin dudas Sol de primavera es sincera y cariñosa.

En Los isleros (1951), de Lucas Demare, también está la tensión campo-ciudad, representada entre algunos valores (fortaleza, entereza, solidaridad, una idea de libertad) de los que sólo parecen gozar quienes viven en las islas del Delta del Paraná. Pero esta historia sobre la dura vida en un lugar donde el tiempo parece haberse detenido y el río es a la vez una fuente de vida y una amenaza se apoya sobre todo en la relación entre sus protagonistas. Por un lado Leandro (Arturo García Buhr), un isleño maduro y curtido que busca terminar con tanta soledad; por otro Rosalía (Tita Merello), una brava solterona a la que apodan "la Carancha". La excelente copia proyectada, restaurada a partir de dos versiones en 35mm y 16mm (por lo que se pudo ver completa, con sus potentes casi dos horas) permitió disfrutar en pantalla grande de los poderosos primeros planos de Merello y García Buhr, que le otorgan al film una emotividad que resiste el paso del tiempo. Gran parte de la película fue filmada en exteriores, cerca de la costa de San Pedro, lo que aporta más potencia dramática al relato. En este sentido, la escena en la que Leandro y su hijo cruzan el ganado de una isla a otra en medio de una fuerte sudestada es extraordinaria.

Diana Maggi y Duilio Marzio en 'La Tigra'La Tigra (1954), segunda realización de Leopoldo Torre Nilsson en solitario, tiene una historia posterior a su filmación que debe ser contada. Producida por Armando Bó, no fue censurada pero tuvo problema para estrenarse: la Dirección de Espectáculos Públicos la excluyó del beneficio de la exhibición obligatoria que regía en aquellos años, por lo que fue condenada a proyectarse aisladamente en algunas salas del interior. En marzo de 1962 se pasó por Canal 9 en una versión mutilada, y en 1964 tuvo su estreno en un par de cines porteños, con la calificación de prohibida para menores de 18 años. En 1994 se rescató una copia en Santa Fe que se exhibió en el Cine Club Núcleo, y recién en el nuevo milenio se pudo ver una copia completa, que había sido guardada por Isabel Sarli. Quizá sea por todo esto que en su libro sobre Torre Nilsson publicado en 1993 Peña mencionó que la película tiene "prolongadas secuencias de una precariedad inexplicable", y luego se rectificó en Cien años de cine argentino (2012) al destacar que "se trata de una obra brutalmente honesta" que anticipa "la fuerza visual de su mejor obra posterior". El catálogo del Festival dice que La Tigra dura 80 minutos, pero la ficha de la película en Un diccionario de films argentinos (1995), de Raúl Manrupe y María Alejandra Portela, menciona 59 minutos. Cuando se exhibió en junio pasado en Filmoteca – Temas de Cine, por la Televisión Pública, se informó que la extensión era de 65 minutos. No sé a partir de qué copia se realizó la restauración, pero la proyección en Mar del Plata duró -minuto más o menos- una hora.

Basada en una vieja obra de Florencio Sánchez (estrenada en enero de 1907), La Tigra es la historia del amor imposible entre una prostituta madura y madre soltera (extraordinaria actuación de Diana Maggi) y un joven estudiante de bellas artes de clase alta (Duilio Marzio). Los problemas que generó en su época tienen que ver con la forma en la que Torre Nilsson retrata la sordidez de ese mundo de marginalidad y prostitución a orillas del Riachuelo. La extraña angulación de algunos encuadres y el magistral uso de las luces y las sombras representan de manera notable el ambiente. Además, hay referencias a temas que no podían mencionarse en el cine de los cincuenta, como el lesbianismo ("Pan con pan, comida de zonzos", dice una de las mujeres que trabajan en el prostíbulo) y la drogadicción. Y una escena de brutal violencia en la que un cafisho ataca a la Tigra con una toalla mojada. ■

Festival de Mar del Plata 2014 (segunda parte)

Dos películas de Daniel Tinayre

Malvina Pastorino y Narciso Ibáñez Menta en 'La Cigarra no es un bicho'

Ya se dijo varias veces en este blog pero vale la pena insistir: la posibilidad de ver cine clásico nacional en una sala, proyectado en fílmico, es extraordinaria. Permite apreciar casi como en el momento de su estreno películas que de otro modo (bajadas de la web o en DVD, en un viejo 21 pulgadas o en un moderno LCD) pierden mucho de su esencia. El foco que el Festival de Mar del Plata le dedicó a Daniel Tinayre, en el que se exhibieron trece de sus 22 películas, fue una de esas extraordinarias posibilidades.

No tengo claro si La Cigarra no es un bicho (1963) puede considerarse un clásico, pero sin dudas es una película importante. Por un lado, porque se trata de uno de los más grandes éxitos de taquilla de la historia en el país. Por otro, y relacionado con lo anterior, porque inauguró el que, según algunos investigadores, es el único subgénero auténticamente nacional: el de las comedias picarescas en telos. Desde la también muy exitosa Hotel alojamiento (1966) hasta La clínica loca (1988) hubo más de veinte comedias que copiaron o intentaron imitar el formato (elenco estelar, en general con personajes conocidos de la televisión; situaciones episódicas; comicidad subida de tono) trasladando la acción a diversos lugares (colegios, clínicas, trenes, autocines, los bosques de Palermo y un largo etcétera). Hubo incluso dos remakes extranjeras, una filmada en España y otra en México.

Quizá haya sido la influencia de una sala repleta que no paraba de reírse y celebrar la aparición de alguna cara conocida, lo que por momentos se hacía complicado porque se proyectó una extraña copia con créditos e intertítulos en ruso. Ese clima celebratorio, en el que las risas se iban contagiando de butaca a butaca, hizo de la proyección una experiencia sumamente gozosa, imposible de replicar en la soledad de casa. Pero de todos modos La Cigarra... es una gran comedia, que se vale por sí misma. La historia comienza cuando le diagnostican peste bubónica a un marinero que estaba en un hotel alojamiento con una prostituta y, por precaución, las autoridades sanitarias determinan que los demás clientes y todos los empleados del lugar deben permanecer en cuarentena. Así, seis disímiles parejas que habían ido a pasar una noche de placer se ven obligadas a una convivencia forzosa. Hay un rutinario matrimonio de muchos años (Luis Sandrini y Maria Antinea); un periodista sin demasiados escrúpulos y su secretaria (Angel Magaña y Mirtha Legrand); un adinerado empresario que vive un affaire con una modelo (José Cibrián y Diana Ingro); un gracioso ventrílocuo con una calentona maestra de escuela (Narciso Ibáñez Menta y Malvina Pastorino); un músico jubilado y su joven e ingenua mucama (Enrique Serrano y Teresa Blasco); y una pareja de tortolitos que buscan consumar su primera vez (Elsa Daniel y Guillermo Bredeston).

Lo que diferencia a la película de la mayoría de sus clones posteriores es que aquí el humor no apunta exclusivamente a transgredir, mucho o poco, los límites de la época. Hotel alojamiento, estrenada tres años más tarde, sorprendió a muchos espectadores de entonces con la escena en la que Diana Maggi mostraba el culo mientras se daba una ducha, bastante zafada para esos años pero que hoy resulta de una ingenuidad absoluta. En La Cigarra... Diana Ingro pasea su lomazo casi desnudo frente a cámara, y Sandrini -justo él- dice "pelotudo", según algunas fuentes por primera vez en una película argentina. Pero Tinayre y el guionista Eduardo Borrás (que adaptó una novela de Dante Sierra) lograron, sobre todo desde la precisión de los diálogos, una comicidad que por no ser tan jugada soportó el paso del tiempo y aún hoy se disfruta. Un ejemplo: el personaje de Sandrini le dice a su casta esposa que van a ir al velorio de un amigo como excusa para sacarla de su casa y llevarla al telo. "Me mentiste: Ramón no murió", le recrimina ella cuando llegan al hotel. "¡Viste qué suerte!", contesta él. Otro: "Señora, yo no vine aquí a divertirme", le advierte un policía a la maestra. "Yo sí, imagínese", responde ella. El ingenio está puesto por delante de lo picaresco, y la película fluye con una placentera liviandad.

Entretenimiento popular de calidad, La Cigarra... se mueve a contrapelo del cine nacional más novedoso de la época (sólo hay que ver al personaje de Elsa Daniel, caricatura de lo que la misma actriz hacía en películas de Leopoldo Torre Nilsson o Rodolfo Kuhn). El habitual despliegue visual que Tinayre le aplicaba a sus realizaciones aquí está contenido y puesto al servicio del lucimiento de los personajes. Lejos de ser una sucesión de planos y contraplanos, la puesta en escena sostiene con sutileza el humor, como cuando Sandrini, rodeado de espejos en la habitación del hotel, siente que está en el bar con los amigos; o esos modestos travellings que acompañan a los personajes cuando, hartos de tantos días de encierro, recorren ida y vuelta, cual presos, el estacionamiento del lugar. Es cierto que la resolución final puede ser un poco conservadora (sólo terminan felices el matrimonio consumado, que "adopta" a la joven mucama, y la pareja de tortolitos, que decide casarse), pero se trata sin dudas de una gran comedia.

Mirtha Legrand, Alberto Argibay, Luis Medina Castro y Walter Vidarte en 'La patota'

La patota (1960) es, en más de un sentido, lo opuesto a La Cigarra no es un bicho. Una película visualmente impecable, que se mete con un tema complejo, intenta una reflexión profunda que se resuelve en parte con un golpe de guión y no puede abandonar cierto tono sensacionalista. La sala también estaba repleta, quizá por otros motivos: era importante descubrirla o revisarla porque Santiago Mitre está trabajando en una remake, algo infrecuente -aunque no inédito- en el cine nacional.

Mirtha Legrand interpreta a Paulina Vidal Ugarte, una joven que, recién recibida de profesora, comienza a dar clases de filosofía en un colegio secundario nocturno de un barrio marginal. En su primera noche es violada por una patota, integrada en gran medida por alumnos suyos, y cuando se recupera insiste en volver a clases (a pesar de los consejos de su severo padre, ex juez, y de su novio, estudiante de medicina) y perdonar a quienes abusaron de ella. Fervorosa católica, se podría pensar que Paulina termina sufriendo una especie de delirio místico-religioso en su indulgencia. En este sentido la resolución del conflicto, de tan idealista, termina siendo utópica: la profesora no sólo no denuncia a sus agresores, sino que con su perdón les ofrece una lección que asegura -sin que intervenga la Justicia- que jamás vuelvan a cometer semejante acto. Sería interesante comparar en profundidad a La patota con La niña santa (2004). Lucrecia Martel siempre elogió el cine de Tinayre (al menos en su forma), y en su película una adolescente en pleno despertar sexual y muy influida por sus clases de catecismo decide perdonar al hombre que la acosó.

También será interesante ver de qué modo Mitre, que escribió el nuevo guión junto a Mariano Llinás, abordará hoy esta historia. Pasó más de medio siglo, y afortunadamente términos como crimen pasional están siendo reemplazados por el más adecuado violencia de género. Se sabe que el director de El estudiante trasladó la acción a un pueblito de Misiones, y que la profesora se transformó en una abogada que capacita en derechos humanos. Además, en una entrevista publicada en el número de octubre de la revista MU, Mitre definió el final de la película de Tinayre como "abyecto", término caro a la historia del cine que quizá debería usarse con más cuidado. No queda claro a qué se refiere Mitre cuando habla del final, pero La patota tiene un costado complicado. La violación deja embarazada a Paulina, que se niega a un aborto. Esa situación quedaba sin resolver, porque aunque los alumnos, con la lección aprendida, juraban que jamás reincidirían, ella igual llevaba en su vientre a un hijo no sólo no buscado, sino además violentamente impuesto. Ahí está el golpe de guión: un accidente sobre el final hace que la profesora pierda el embarazo y, así, la película se saca de encima un asunto por demás complejo.

A diferencia de la liviandad de La Cigarra..., La patota se ve a sí misma como una película importante. El virtuosismo de Tinayre se deja ver todo el tiempo, en particular en algunas escenas nocturnas filmadas en exteriores con maestría, en las que se hace un uso notable de la luz y las sombras. Pero todo está recubierto por cierto tono sensacionalista. Hay un par de planos (un culo que se mueve alegremente frente a cámara mientras baila en una fiesta; una escena en la que Mirtha Legrand se desviste en su casa) que delatan esa intención, que se hace más notable con una leyenda sobreimpresa que aparece al final, y que emparenta a la película con -enormes distancias al margen- algunos de los productos más exploitation de Enrique Carreras (Los drogadictos, Las barras bravas): "Si con esta película logramos evitar UNO SOLO de esos delitos que humillan la condición humana nuestro propósito se habrá cumplido". Película complicada, no estoy seguro de si es buena, pero definitivamente no es mala y difícilmente sea abyecta. ■

La mitad de los cines ya pasan sólo películas digitales

Ana Torrent en 'El espíritu de la colmena'

Mucho antes de dirigir grandes películas como El crack, Dar la cara o Noches sin lunas ni soles, cuando aún era imposible aventurar que su pasión por el cine se transformaría en un oficio, el pequeño José Martínez Suárez, de 6 o 7 años, se juntaba con sus amigos los sábados al mediodía en la entrada de Villa Cañás, pequeño pueblo del sur de Santa Fe. Sentados en el cordón de la vereda, los chicos aguardaban ansiosos la llegada de la camioneta que traía las latas con las películas desde Rosario. Si había llovido la espera se ponía tensa: los caminos embarrados podían condenarlos a un fin de semana sin cine. Si llegaba, se subían en la parte de atrás y así viajaban hasta el cine Dante, donde ayudaban al proyectorista a bajar y acomodar los rollos.

La anécdota, que Martínez Suárez cuenta en el libro Estoy hecho de cine, tiene más de 80 años. Trasladar las latas de un cine a otro, un modo romántico de distribuir películas, está a punto de desaparecer. La digitalización del cine, un proceso que parece inexorable, está cambiando todo: la manera en que se exhiben las películas, el modo en que se hacen y, también, su distribución. En Argentina algunos filmes ya llegan a las salas vía satélite, sin que medie ningún soporte físico, algo que un futuro difícil de establecer con precisión pero indudablemente cercano se transformará en la norma.

La digitalización avanza desde hace unos años en Argentina. Hoy el 53 por ciento de los alrededor de 850 cines del país tienen instalados proyectores digitales, y algunas de las grandes cadenas, como Hoyts y Cinemark, ya reconvirtieron todas sus salas, lo que demanda entre 1,6 y 2 millones de pesos por cada una. El cambio no significa sólo el reemplazo del proyector de 35 milímetros, sino que implica también otras modificaciones que los espectadores podrán notar.

David Pereyra, de la filial argentina de NEC –una de las cuatro empresas en todo el mundo que fabrican proyectores digitales con la norma DCI, impuesta por Hollywood–, asegura que el cine digital ofrece mayor calidad de imagen y sonido. "Ya no existe el parpadeo que se notaba con la película de celuloide. Y no hay desgaste: el film se ve siempre con la misma calidad, no importa cuántas veces se pase. El sonido, además, es completamente diferente", sostiene. Aunque la mayoría de las salas del país tienen sonido 5.1 (cinco parlantes y un subwoofer) o 7.1, lo que viene es el 11.1, que genera una sensación envolvente.

Por ahora la mayoría de las películas digitales se siguen distribuyendo físicamente, con un disco rígido (denominado DCP) que se lleva de una sala a la otra. Pero de a poco va ganando lugar la distribución vía satélite: la sala instala una antena, que permite "descargar" la película y alojarla en un servidor propio. El archivo viene encriptado y sólo puede reproducirse en días y horarios preestablecidos. Esto, dicen desde la industria, ayuda a combatir la piratería. No tanto por la seguridad sino porque permite que las películas se estrenen en simultáneo en todo el país, lo que le quita tiempo a los "piratas".

Las partes interesadas en el asunto (productores, distribuidores, fabricantes) suelen destacar las supuestas ventajas del digital frente a celuloide, pero lo que está empujando el cambio es una cuestión de dinero. Hacer una copia digital cuesta menos de la mitad que una en celuloide, y con la distribución satelital ya ni hace falta.

Mientras un filme en 35 milímetros puede tener cuatro o cinco rollos y pesar unos 30 kilos, los digitales se miden en otros términos: "pesan" entre 200 y 250 gigas (el equivalente a unos 50 DVD), valor que se duplica si el paquete de datos incluye varias pistas de audio –idioma original, doblaje–, versiones en 2D y 3D y subtítulos. La resolución es de 2K (unos 2 mil píxeles horizontales) o 4K (unos 4 mil). La transmisión satelital, que puede hacerse en varias salas a la vez, demora unas 7 horas. Maléfica, producción de Disney protagonizada por Angelina Jolie que está en cartel, se distribuyó así.

Cinecolor Argentina, empresa especializada por años en el trabajo sobre celuloide, debió reconvertirse y ya instaló tres antenas en complejos de cines argentinos. "Alquilamos un satélite en Chile y armamos una red con todas las locaciones que tenemos en América latina", explica su gerente general, Alejandro Heredia. "El digital es un camino de ida. No se va a volver al celuloide", agrega.

Ante este panorama, el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) anunció hace un mes dos líneas de créditos blandos del Banco Nación y el BICE para que todos los cines –en especial las salas independientes– puedan reacondicionarse. Además, firmó convenios con la estatal Ar-Sat para ofrecer servicios de distribución satelital y por fibra óptica para las películas nacionales. A fines del año pasado se instaló la primera antena, en el techo del Gaumont.

Pero no todos abrazan las novedades. "Para mí el formato digital representa la muerte del cine", disparó Quentin Tarantino en el reciente Festival de Cannes, luego de la proyección –en digital– de Por un puñado de dólares, seminal spaghetti western de Sergio Leone que lanzó a la fama a Clint Eastwood. "Una proyección en digital equivale a encender el televisor. Eso no es cine", agregó.

En el comienzo de El espíritu de la colmena, obra maestra de Víctor Erice, se muestra una situación similar a la que contó Martínez Suárez: en la España de posguerra, un grupo de chicos se alborota alrededor de una camioneta que trae un proyector y una copia de Frankenstein. La película habla, entre otras cosas, del descubrimiento temprano de la muerte. El cine, una de las más jóvenes expresiones del arte, se enfrenta hoy a un cambio de paradigma. Lo que de algún modo significa enfrentarse a la muerte. Y quizá volver a nacer. ■

> Esta nota fue publicada el sábado en el diario Clarín.

Bafici 2014: Paula contra la mitad más uno, de Néstor Paternostro

El tono disparatado de la película queda claro de entrada, cuando una banda de ladrones asalta un banco con un imposible gas que hace reír. A partir de ahí, Paula contra la mitad más uno (1971), de Néstor Paternostro, se va convirtiendo un divertido pastiche que agrupa -o quizá amontona- diferentes géneros y tonos visuales.

Afiche de 'Paula contra la mitad más uno'La historia es sencilla. Justo antes del clásico con River, una banda liderada por Paula planea secuestrar al plantel de Boca y pedirle dinero al presidente del club, Alberto Armando, por su liberación. En el plan se ve involucrado a su pesar un pobre tachero fanático del xeneize que está a punto de casarse, y se suma también un killer que llega desde Chicago (Raimundo Soto, genial), que a su vez es perseguido por otros dos matones a sueldo que pretenden asesinarlo.

El resultado es una curiosa mezcla de publicidad de Dodge (los autos que vendía el presidente de Boca en aquellos años), institucional de Armando (el hombre sin apellido, que promete que la nueva cancha de Boca en la ciudad deportiva de la costanera estará terminada "a fines de 1973 o a más tardar a principios de 1974"), una especie de cómic (la historia del club se cuenta con dibujos) y una película de gángsters. Como hizo después Adolfo Aristarain con la saga del amor que filmó para Aries, Paternostro trasciende las muchas imposiciones a las que se debe haber enfrentado y logra una película divertida y bastante cinéfila, con algunos chistes geniales (notablemente el del final). Encima se ven en colores los goles a River del Nacional del 69, cuando Boca dio la vuelta en el Monumental. Y los héroes de la historia, revólver en mano, son Roma, Marzolini y Rojitas, entre otros jugadores.

Es una pena que Paula... se haya exhibido en una versión digital un poco oscura. El Bafici debería invertir para rescatar estas películas en fílmico. ■

Cine argentino clásico restaurado en el Malba

Delia Garcés en 'Gente bien', de Manuel Romero

La oportunidad es extraordinaria: el Malba programó para enero el ciclo "Cine argentino de siempre". Se trata de 18 películas clásicas del cine nacional que forman parte de la colección que Turner Internacional Argentina le donó en 2012 al Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa). Se exhibirán en copias nuevas en fílmico, recientemente restauradas, lo que permitirá verlas casi como en el momento de su estreno. En este blog ya se comentaron cinco de estos films, que se proyectaron en el último Festival de Mar del Plata. Todos valen la pena, pero sobre todo conviene no perderse Gente bien, La dama duende y No abras nunca esa puerta.

A continuación, la programación completa:
  • Gente bien (1939), de Manuel Romero
    Jueves 9 de enero a las 18
    Viernes 10 de enero a las 18
    Jueves 30 de enero a las 18
  • El último payador (1950), de Homero Manzi y Ralph Pappier
    Jueves 9 de enero a las 20
    Domingo 12 de enero a las 22
    Jueves 30 de enero a las 22
  • Historia del 900 (1949), de Hugo del Carril
    Jueves 9 de enero a las 22
    Viernes 31 de enero a las 18
  • Eclipse de sol (1943), de Luis Saslavsky
    Sábado 11 de enero a las 18
    Domingo 12 de enero a las 20
  • La pródiga (1945), de Mario Soffici
    Jueves 16 de enero a las 18
    Viernes 17 de enero a las 18
  • Ambición (1939), de Adelqui Millar
    Jueves 16 de enero a las 20
    Domingo 19 de enero a las 22
  • La cabalgata del circo (1945), de Mario Soffici
    Jueves 16 de enero a las 22
    Viernes 17 de enero a las 20
    Viernes 31 de enero a las 20
  • Tango bar (1935), de John Reinhardt
    Jueves 23 de enero a las 18
    Viernes 24 de enero a las 18
  • La dama duende (1945), de Luis Saslavsky
    Jueves 23 de enero a las 20
    Domingo 26 de enero a las 22
  • Muchachos de la ciudad (1937), de José A. Ferreyra
    Viernes 1 de febrero a las 18
    Sábado 2 de febrero a las 20
  • La Cumparsita (1947), de Antonio Momplet
    Jueves 30 de enero a las 20
    Domingo 2 de febrero a las 22
  • El hermoso Brummel (1951), de Julio Saraceni
    Sábado 18 de enero a las 20
    Domingo 19 de enero a las 20
El Malba queda en Figueroa Alcorta 3415, y las entradas para el cine cuestan 35 pesos (18 para estudiantes y jubilados). Para más información se puede consultar la página web del museo. ■

Festival de Mar del Plata 2013 (primera parte)

Clásicos del cine nacional

Angel Magaña y Renée Dumas en 'Alguien al teléfono', una de las dos historias de 'No abras nunca esa puerta'

El paso del tiempo suele dejar todo en evidencia, desnuda despiadadamente los errores y exalta los aciertos. Después de haber visto un puñado de los clásicos del cine nacional que se exhibieron en el reciente Festival de Mar del Plata, revisar Un diccionario de films argentinos (1995), de Raúl Manrupe y María Alejandra Portela, depara muchas sorpresas. No deja de llamar la atención cómo la crítica maltrató en el momento de su estreno a varias películas que hoy se consideran indiscutiblemente obras maestras o, al menos, grandes realizaciones. Con la ventaja de los años transcurridos y la extensa bibliografía disponible, a continuación se ofrece un breve repaso de cinco de esas películas, algunas muy poco vistas, que probablemente ahora comenzarán a circular con mayor asiduidad y estarán al alcance de nuevos públicos para que puedan redescubrirlas.

Pero antes, un poco de información. Hace un año el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) recibió una donación de la empresa Turner International Argentina: gran cantidad de negativos y copias en fílmico de películas argentinas, que entre otras cosas incluye toda la producción de los estudios SIDE, San Miguel y Lumitón. Dieciocho de esos films ya fueron restaurados en su formato original de 35 mm, se exhibieron en Mar del Plata y serán emitidos en televisión por Incaa TV. Fernando Martín Peña, que coordinó ese trabajo de restauración, contó algunos detalles en el diario del Festival. Fue un gran placer descubrir estas películas en la calidad que se merecen, poder disfrutarlas casi como en el momento de su estreno.

Ambición (1939), de Adelqui Migliar. Un grupo de artistas argentinos intenta triunfar en el bohemio barrio parisino de Montparnasse. Un pintor (Floren Delbene) se enamora de una mujer (Fanny Navarro), pero cegado por su ambición decide abandonarla para viajar triunfante a Buenos Aires. Allí comienza a trabajar para la aristrocracia, hasta que advierte que se siente vacío. Sobre el final la cosa se torna sorpresivamente dramática, pero como no podía ser de otra manera todo termina irremediablemente bien. Comedia menor aunque eficaz, es interesante ver cómo muestra las carencias con las que sobreviven los argentinos en Francia, una pobreza digna y hasta algo alegre. Por ejemplo, una pareja amiga del protagonista vive con sus tres pequeñas hijas en un departamentito, y la menor de ellas duerme en una cuna improvisada en el cajón de un ropero, lo que se muestra con una naturalidad que enternece. (De paso y algo gratuitamente, déjenme mencionar que Alexandre Rockwell debería aprender de la frescura de esas nenas-acrtices -o de los pibes de Gente bien, comentada más abajo-, diametralmente opuesta a la de sus hijos en la irrelevante y algo jodida Little Feet, que integró la competencia oficial del Festival). Dato curioso: al comienzo de la proyección se ven dos versiones de un mismo discurso en el que el director chileno, detrás de un escritorio y hablando a cámara, presenta a la audiencia la película, su primera realización en Argentina.

La cabalgata del circo (1945), de Mario Soffici y Eduardo Boneo. La historia del entretenimiento popular, desde el circo de finales del siglo XIX hasta el cine sonoro, narrada a través de la historia de dos familias. Dos hermanos (Libertad Lamarque y Hugo del Carril), de una relación tan estrecha que merodea lo incestuoso, persiguen sus sueños hasta que finalmente los alcanzan para descubrir que en realidad no era lo que deseaban. Película extraña, inusual, con una mirada cálida y emotiva que nunca cae en la nostalgia simplista. Por momentos parece casi un documental y termina siendo cine dentro del cine, en una rueda que, como las de esas carretas con las que los protagonistas recorren fatigosamente el país para ofrecer su arte circense, podría girar por siempre. En un rol secundario pero relevante se la puede ver a Eva Duarte, en el que según Manrupe y Portela es su papel más recordado.

Delia Garcés en 'La dama duende'La dama duende (1945), de Luis Saslavsky. En su libro Las grandes películas del cine argentino, Daniel López sostiene que este es el único, auténtico musical nacional. No porque sea un musical en el sentido preciso del término (se trata más bien de una película con canciones), sino por la musicalidad de su narración, que fluye con una ligereza asombrosa. La joven Angela (Delia Garcés) queda viuda del ex virrey del Perú y, llena de deseos insatisfechos, se enamora de un capitán (el español Enrique Alvarez Diosdado). Para acercárcele trama un rebuscado plan que le permite mantener una misteriosa comunicación con él: se hace pasar por la dama duende para, secretamente, cuidarlo, cantarle, bailarle, acosarlo. "Yo quiero noches de no dormir, brazos que ahoguen la flor de mi aliento, besos... y no besamanos", suspira Angela, atrapada entre las castas costumbres aristocráticas. Su forzado luto se contrapone con las celebraciones populares del pueblo, que de algún modo transgrede el orden impuesto. "No te cases con un viejo por la moneda, porque la moneda pasa y el viejo queda", cantan alegremente en una de las tantas noches de fiesta. Con un nivel de producción notable para la época y un ritmo narrativo encantador (sobre todo en la precisión de los diálogos y de las situaciones de enredos), la película aparece hoy un poco amanerada pero absolutamente disfrutable. Una experiencia gozosa.

Gente bien (1939), de Manuel Romero. El crítico Rodrigo Tarruella decía que Romero hacía películas peronistas antes de que el peronismo existiera como movimiento político. Este es un buen ejemplo: un representante un poco venido a menos de la "gente bien" del título abandona a la joven Elvira (Delia Garcés, dueña de una increíble e inocente belleza), con quien tuvo un hijo, para casarse con una chica millonaria e intentar rehacer su desgastada alcurnia. Desamparada, Elvira encuentra cobijo en un grupo de artistas y trabajadores, gente buena, y se enamora de un cantante (Hugo del Carril). Se trata de una "comedia clasista" hasta la médula, que hoy, más de 70 años después de su estreno, sorprende por lo beligerante de su planteo. Hay un momento particularmente notable, y hasta profético. Elvira sale a buscar trabajo, pero como es una madre soltera choca permanentemente contra los prejuicios de la "gente bien", que se preocupa más por sus mascotas -por las que muestra una sensibilidad inmoral- que por las personas que sufren. En la calle, los aristócratas ignoran a una pobre mujer que pide limosna, y cuando Elvira le da una moneda ésta se aleja y deja ver detrás suyo el cartel de una tienda de mascotas que ofrece cuidados estéticos para perros y gatos. Gran comedia.

No abras nunca esa puerta (1952), de Carlos Hugo Christensen. Son dos episodios independientes basados en historias que el escritor estadounidense Cornell Woolrich firmó como William Irish. En el primero -un notable ejemplo de concisión narrativa-, un hombre (Angel Magaña) intenta vengar el suicidio de su hermana (Renée Dumas), que había sido presionada por un prestamista. El segundo es aún mejor, y transforma a esta película en una obra maestra absoluta del cine nacional. Comienza con un mensaje al espectador: "Esta historia sólo puede ser bien contada en dos dimensiones, el tacto y el oído. La vista apenas participa de ella. Sin embargo, trataremos de contarla también para los ojos". Después de ocho años, un hombre (Roberto Escalada) regresa a su casa mientras escapa luego de cometer un crimen. Allí lo espera ansiosa su madre ciega (Ilde Pirovano), que lo cree regenerado. Christensen logró el milagro de contar esta historia para tacto y oído de un modo absolutamente cinematográfico: quizá nunca el cine clásico argentino haya usado tan bien los silencios y las penumbras, haya podido contar tanto sin pronunciar palabra. La secuencia en la que la madre encierra en sus habitaciones a su hijo y al cómplice es de una frialdad y suspenso que aún hoy hielan la sangre. Además, y como dato anecdótico, el momento en el que la mujer ciega apaga todas las luces de la casa para quedar en igualdad de condiciones con los dos ladrones se adelanta quince años a la escena final de Espera la oscuridad (1967), gran thriller de Terence Young. ■

Los jóvenes ven más películas a través de Internet que en el cine [*]

Axel Kuschevatzky, Juan José Campanella y Santiago Mitre en la presentación de la encuesta (foto: Germán García Adrasti/Clarín)

En los setenta sólo había dos modos de mirar una película: en una sala de cine o en la tele, que aunque tenía apenas un puñado de canales ofrecía ciclos ya legendarios como "Sábados de súper acción". Todo cambió en las décadas siguientes, con la irrupción del VHS primero y el videocable después, hasta llegar a este presente digital en el que la historia del cine –y en especial sus novedades más taquilleras– está a apenas unos clics de distancia. Se entiende entonces que hoy los jóvenes argentinos vean más películas a través de Internet que en el cine, como lo demuestra una encuesta de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas.

Entre noviembre de 2012 y julio pasado se entrevistó a 1.500 jóvenes de entre 16 y 25 años. El 90 por ciento de ellos vieron entre 5 y 10 películas por Internet durante el último año. La encuesta no indagó acerca de cómo consiguen eso que miran en la compu, por lo que quedó una zona oscura sin explorar.

En cambio, el 70 por ciento fueron al cine para ver, en promedio, apenas dos films. Y la mitad de ellos no eligió nada filmado acá. Ahí apuntaba la encuesta: ¿por qué los adolescentes ven tan poco cine nacional?

"Los resultados me dejaron medio horrorizado", dijo durante la presentación Juan José Campanella, presidente de la Academia. Lo que asustó al director de El secreto de sus ojos fueron algunas de las impresiones acerca de nuestro cine: el 45 por ciento opina que todas las películas argentinas son "muy iguales" y el 30 por ciento piensa que "no hay tanta variedad como en otros países". También hubo respuestas insólitas: el 1,5 por ciento cree que "son en blanco y negro". Para Campanella, "evidentemente los chicos no saben nada del cine argentino. Hay una deuda en la difusión". Los números ratifican esa impresión: el 80 por ciento dice que no se entera del estreno de films nacionales.

"Si la encuesta se hubiera hecho en 1994 los resultados habrían sido peores", opinó Santiago Mitre, director de El estudiante. Ese año se estrenaron apenas 11 producciones locales; en 2012 fueron 130, el 40 por ciento del total de las novedades. De todos modos, hay un abismo entre cantidad y popularidad: sólo convocaron al 10 por ciento de los espectadores.

Para Axel Kuschevatzky, productor de los dos films argentinos más populares del año (Metegol y Corazón de león), "la ley del cine apoya la producción, pero no la difusión". Sin Darín, Francella o Suar en los créditos difícilmente alguna historia local venda más de 150 mil entradas. Esto se ve resumido en una frase frecuente, que intenta ser elogiosa pero no hace más que mostrar desprecio: "Está buena, no parece argentina".

En un intento por acercar a los jóvenes al cine argentino, la Academia organiza funciones gratuitas donde los chicos, luego de ver la película, pueden charlar con el director. "Se emocionan y aplauden filmes que en cartel no habían superado los 100 mil espectadores", contó Campanella. En la oscuridad de la sala, frente a la pantalla, muchos prejuicios mueren.

Mitre cree que, a diferencia de los tanques hollywoodenses que invaden la cartelera, el cine nacional necesita del "boca a boca", un efectivo pero lento modo de difusión. Y para eso hacen falta salas –como los Espacios INCAA, imprescindibles aunque insuficientes– que puedan sostener en cartel una película el tiempo necesario. Lo sabe por experiencia: El estudiante se proyectó durante un año en espacios alternativos, algo imposible en los cines de los shoppings. ■

[*] Nota publicada el viernes en el diario Clarín.

Reestrenan un hito del cine nacional: La creación del himno [*]

El actor Eliseo Gutiérrez como Vicente López y Planes en 'La creación del himno'

Se calcula que el 90 por ciento del cine mudo realizado en Argentina se perdió para siempre. Por eso cuando se recupera algo de ese material resulta todo un acontecimiento. Esta tarde, a 200 años de que la Asamblea del Año XIII aprobara el Himno como marcha patriótica, se reestrenará en la Biblioteca Nacional la película La creación del himno (1909), del italiano radicado en Argentina Mario Gallo, obra que fue recientemente restaurada y que no se exhibe desde hace al menos medio siglo.

Mario Gallo
MARIO GALLO, UN PIONERO QUE LLEGO DESDE ITALIA

Nacido en la ciudad italiana de Barletta en 1878 y radicado en Argentina en 1905, Mario Gallo fue uno de los pioneros del cine nacional. Realizó varios filmes de tema histórico, como La Revolución de Mayo, restaurada en 2009, y El fusilamiento de Dorrego y Camila O'Gorman, que se consideran perdidas, y películas más largas como Tierra baja (1912), protagonizada por Blanca y Pablo Podestá. Este primer período de su obra terminó con la ruina económica en 1913.

Más tarde volvió a la actividad con laboratorios propios. Produjo la película En buena ley (1919), de Alberto Tavaresa, y logró un gran éxito con Cavallería rusticana (1919), con actores cantando en sincronía con las imágenes.

Luego, como reseñó Fernando Martín Peña en su libro Cien años de cine argentino, la historia de Gallo "se vuelve difusa: se sabe que su laboratorio se incendió hacia 1922, que estuvo algún tiempo preso y que hacia 1925 volvió a la actividad pero sólo como cameraman de proyectos ajenos". Murió en Buenos Aires en 1945, a los 66 años.

La película, de 3 minutos 44 segundos de duración, retrata la creación de la canción patria, con el actor Eliseo Gutiérrez –nacido en Uruguay– en el papel de Vicente López y Planes. Como casi todo el cine de la época, tiene una puesta en escena muy teatral, influida por los film d’art franceses, con breves viñetas que ilustran los textos de los intertítulos. Faltaban algunos años aún para que el estadounidense David W. Griffith estableciera un lenguaje puramente cinematográfico.

Algunos historiadores consideran a La creación del himno la segunda película argumental de la historia del cine argentino, detrás de La Revolución de Mayo (1909), también de Gallo. Otros, en cambio, adjudican ese lugar en el podio a El fusilamiento de Dorrego, filme también producido por el italiano en el mismo año pero del que no se conocen copias.

Es que hasta la década del cuarenta se filmaba en película de nitrato de celulosa, un material de escasa durabilidad y muy inflamable que explica, al menos en parte, por qué se conservan tan pocos filmes de aquellos años. La creación del himno sobrevivió en una copia en 16 mm. que estuvo guardada durante décadas en la Fundación Cinemateca Argentina.

De la restauración de la película se encargó el laboratorio Cinecolor Argentina, que ya había recuperado La Revolución de Mayo, con el apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa). Este nuevo trabajo, del que participaron 20 personas durante tres meses, fue similar al anterior: primero se reparó manualmente la copia en 16 mm., luego se "escaneó" el material y, una vez en las computadoras, se intervino digitalmente cada fotograma para estabilizar la película, igualar el contraste, limpiar los cuadros dañados y reconstruir los intertítulos. Con el material restaurado se hicieron nuevas copias en 35 mm. Una de ellas se proyectará esta tarde, con música en vivo creada especialmente para la ocasión por Andrés Beeuwsaert, pianista y compositor del trío Aca Seca.

"El cambio es notorio. La restauración dejó una copia con calidad excelente, que queda guardada para almacenar", cuenta Pablo Camaití, director junto con Federico Randazzo de la productora El Hilo, que realizó un documental sobre el proceso de restauración –narrado por Graciela Borges– que también se exhibirá hoy.

El reestreno será esta tarde a las 17 en el auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional (Agüero 2502), en una ceremonia abierta al público y con entrada gratis. Y esta noche, a las 21, la película se podrá ver en el programa especial La creación del Himno: fotogramas de nuestra canción patria, con conducción de Roberto Carnaghi, que emitirá el canal Encuentro.

A pesar de su escasa duración, La creación del himno no puede considerarse un cortometraje: esa era la extensión que solían tener las películas hace 100 años, y se proyectaban junto a otras realizaciones en largos programas de lo más variados temas. Programas que en su mayoría no resistieron la desidia y el paso del tiempo. ■

[*] Versión ligeramente modificada de un artículo publicado en la edición de hoy del diario Clarín de Buenos Aires.