Mostrando entradas con la etiqueta Quentin Tarantino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Quentin Tarantino. Mostrar todas las entradas

A pesar del avance digital en el cine, el celuloide se resiste a morir

Quentin Tarantino, un defensor de la película de celuloide

Como el paleontólogo Alan Grant (Sam Neill) cuando se paraba dentro del jeep, en 1993 muchos espectadores quedaron con la cara desencajada frente a los dinosaurios increíblemente vivos que aparecían en pantalla. Jurassic Park, una de las películas más exitosas de la historia, marcó la irrupción definitiva de los efectos especiales digitales en el cine, un aporte comparable al del sonido a fines de los 20 o el color en los 30. Con los años lo digital se fue perfeccionando hasta pasar de recurso a soporte: hoy la mayoría de las películas se filman (o, para ser precisos, se graban) y se proyectan en formatos digitales, lo que dejó a la película de celuloide, tras más de un siglo de reinado, al borde de la extinción.

En un intento por salvar esa cinta agujereada de 35 milímetros de ancho y 24 cuadros por segundo –y también por levantar sus maltrechas finanzas tras 20 meses de quiebra–, la estadounidense Kodak, única gran compañía en el mundo que aún fabrica película para cine (su principal competidor, la japonesa Fujifilm, se retiró del negocio en 2013), buscó cobijo en los grandes estudios de Hollywood. Luego de que sus ventas de celuloide cayeran 96% en apenas ocho años, la intención de Kodak es que las productoras le garanticen la compra de cierta cantidad de película por los próximos años. Y parece que llegaron a un acuerdo.

"Después de extensas discusiones con cineastas y los principales estudios tenemos la intención de continuar con la producción. Kodak agradece su apoyo e ingenio en la búsqueda de una manera de extender la vida del celuloide", sostuvo hace diez días Jeff Clarke, CEO de la compañía, a través de un comunicado.

Las negociaciones –secretas hasta que las reveló The Wall Street Journal a fines de julio– entre Kodak y Warner Bros., Universal, Paramount, Disney y The Weinstein Company fueron apoyadas por algunos directores con peso propio en la industria que creen que el fílmico sigue siendo irremplazable. J.J. Abrams, que está filmando el episodio VII de La guerra de las galaxias en 35 milímetros; Christopher Nolan, que usó celuloide para Interstellar, de próximo estreno; Quentin Tarantino y Judd Apatow fueron algunos de los que hicieron lobby por Kodak.

¿Por qué decidieron apoyar a una multinacional, en otros tiempos poderosa y ahora en crisis, que en la última década despidió a más de 20 mil trabajadores? Es que la suerte del soporte fílmico (triacetato de celulosa o poliéster, que sustituyen al inflamable celuloide original) va mucho más allá de Kodak. Como sostuvo Martin Scorsese hace unos días en la revista Variety, "la película de 35 milímetros sigue siendo la mejor y única forma probada con el paso del tiempo de preservar las películas". Si las creaciones de los hermanos Lumière, Méliès o Griffith sobrevivieron cien años es porque el celuloide, conservado en las condiciones adecuadas, envejece saludablemente, algo que el digital aún no puede garantizar.

La debacle del celuloide es una cuestión de dinero: aunque alquilar cámaras y equipos de filmación cuesta lo mismo para ambos formatos, en la post producción el digital reduce notablemente los costos. Aquí entra en juego otra arista, que también mencionó el director de Taxi Driver. "¿A alguien se le ocurriría decirle a los jóvenes artistas que se deshagan de sus pinturas y lienzos porque el iPad es mucho más fácil de llevar?", se preguntó. Y concluyó: "Todo lo que hacemos en digital es un esfuerzo para recrear el aspecto de la película de celuloide". No se trata entonces sólo de cuestiones empresariales, caprichos vintage o un intento por mantener con vida a dinosaurios extintos naturalmente. Se trata, en buena medida, de una discusión acerca del futuro del cine. ■

> Nota publicada en la edición de hoy del diario Clarín.

La mitad de los cines ya pasan sólo películas digitales

Ana Torrent en 'El espíritu de la colmena'

Mucho antes de dirigir grandes películas como El crack, Dar la cara o Noches sin lunas ni soles, cuando aún era imposible aventurar que su pasión por el cine se transformaría en un oficio, el pequeño José Martínez Suárez, de 6 o 7 años, se juntaba con sus amigos los sábados al mediodía en la entrada de Villa Cañás, pequeño pueblo del sur de Santa Fe. Sentados en el cordón de la vereda, los chicos aguardaban ansiosos la llegada de la camioneta que traía las latas con las películas desde Rosario. Si había llovido la espera se ponía tensa: los caminos embarrados podían condenarlos a un fin de semana sin cine. Si llegaba, se subían en la parte de atrás y así viajaban hasta el cine Dante, donde ayudaban al proyectorista a bajar y acomodar los rollos.

La anécdota, que Martínez Suárez cuenta en el libro Estoy hecho de cine, tiene más de 80 años. Trasladar las latas de un cine a otro, un modo romántico de distribuir películas, está a punto de desaparecer. La digitalización del cine, un proceso que parece inexorable, está cambiando todo: la manera en que se exhiben las películas, el modo en que se hacen y, también, su distribución. En Argentina algunos filmes ya llegan a las salas vía satélite, sin que medie ningún soporte físico, algo que un futuro difícil de establecer con precisión pero indudablemente cercano se transformará en la norma.

La digitalización avanza desde hace unos años en Argentina. Hoy el 53 por ciento de los alrededor de 850 cines del país tienen instalados proyectores digitales, y algunas de las grandes cadenas, como Hoyts y Cinemark, ya reconvirtieron todas sus salas, lo que demanda entre 1,6 y 2 millones de pesos por cada una. El cambio no significa sólo el reemplazo del proyector de 35 milímetros, sino que implica también otras modificaciones que los espectadores podrán notar.

David Pereyra, de la filial argentina de NEC –una de las cuatro empresas en todo el mundo que fabrican proyectores digitales con la norma DCI, impuesta por Hollywood–, asegura que el cine digital ofrece mayor calidad de imagen y sonido. "Ya no existe el parpadeo que se notaba con la película de celuloide. Y no hay desgaste: el film se ve siempre con la misma calidad, no importa cuántas veces se pase. El sonido, además, es completamente diferente", sostiene. Aunque la mayoría de las salas del país tienen sonido 5.1 (cinco parlantes y un subwoofer) o 7.1, lo que viene es el 11.1, que genera una sensación envolvente.

Por ahora la mayoría de las películas digitales se siguen distribuyendo físicamente, con un disco rígido (denominado DCP) que se lleva de una sala a la otra. Pero de a poco va ganando lugar la distribución vía satélite: la sala instala una antena, que permite "descargar" la película y alojarla en un servidor propio. El archivo viene encriptado y sólo puede reproducirse en días y horarios preestablecidos. Esto, dicen desde la industria, ayuda a combatir la piratería. No tanto por la seguridad sino porque permite que las películas se estrenen en simultáneo en todo el país, lo que le quita tiempo a los "piratas".

Las partes interesadas en el asunto (productores, distribuidores, fabricantes) suelen destacar las supuestas ventajas del digital frente a celuloide, pero lo que está empujando el cambio es una cuestión de dinero. Hacer una copia digital cuesta menos de la mitad que una en celuloide, y con la distribución satelital ya ni hace falta.

Mientras un filme en 35 milímetros puede tener cuatro o cinco rollos y pesar unos 30 kilos, los digitales se miden en otros términos: "pesan" entre 200 y 250 gigas (el equivalente a unos 50 DVD), valor que se duplica si el paquete de datos incluye varias pistas de audio –idioma original, doblaje–, versiones en 2D y 3D y subtítulos. La resolución es de 2K (unos 2 mil píxeles horizontales) o 4K (unos 4 mil). La transmisión satelital, que puede hacerse en varias salas a la vez, demora unas 7 horas. Maléfica, producción de Disney protagonizada por Angelina Jolie que está en cartel, se distribuyó así.

Cinecolor Argentina, empresa especializada por años en el trabajo sobre celuloide, debió reconvertirse y ya instaló tres antenas en complejos de cines argentinos. "Alquilamos un satélite en Chile y armamos una red con todas las locaciones que tenemos en América latina", explica su gerente general, Alejandro Heredia. "El digital es un camino de ida. No se va a volver al celuloide", agrega.

Ante este panorama, el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) anunció hace un mes dos líneas de créditos blandos del Banco Nación y el BICE para que todos los cines –en especial las salas independientes– puedan reacondicionarse. Además, firmó convenios con la estatal Ar-Sat para ofrecer servicios de distribución satelital y por fibra óptica para las películas nacionales. A fines del año pasado se instaló la primera antena, en el techo del Gaumont.

Pero no todos abrazan las novedades. "Para mí el formato digital representa la muerte del cine", disparó Quentin Tarantino en el reciente Festival de Cannes, luego de la proyección –en digital– de Por un puñado de dólares, seminal spaghetti western de Sergio Leone que lanzó a la fama a Clint Eastwood. "Una proyección en digital equivale a encender el televisor. Eso no es cine", agregó.

En el comienzo de El espíritu de la colmena, obra maestra de Víctor Erice, se muestra una situación similar a la que contó Martínez Suárez: en la España de posguerra, un grupo de chicos se alborota alrededor de una camioneta que trae un proyector y una copia de Frankenstein. La película habla, entre otras cosas, del descubrimiento temprano de la muerte. El cine, una de las más jóvenes expresiones del arte, se enfrenta hoy a un cambio de paradigma. Lo que de algún modo significa enfrentarse a la muerte. Y quizá volver a nacer. ■

> Esta nota fue publicada el sábado en el diario Clarín.

Grandes robos de joyas del cine [*]

Alain Delon, Gian Maria Volonté e Yves Montand en 'El círculo rojo'

¿La realidad supera a la ficción o, como decía Oscar Wilde, la vida imita al arte (o a la mala televisión, según la variante de Woody Allen)? Inspirado o no en hechos reales, el cine mostró decenas de robos de joyas, exitosos o condenados al fracaso. Este último es el caso de dos clásicos policiales negros: Mientras la ciudad duerme (1950), de John Huston, y Rififi (1955), de Jules Dassin, en los que los ladrones de "guante negro" (por oposición a los más refinados de "guante blanco") terminan tras las rejas, porque para los de su condición cuando algo puede salir mal termina saliendo condenadamente mal. Quentin Tarantino saqueó al Stanley Kubrick de Casta de malditos (1956) para contar la sangrienta historia de los asaltantes de Perros de la calle (1992), que también sufren el peor final. Mejor le fue a Gene Hackman en Un plan perfecto (2001), de David Mamet, que huyó y no lo pescaron. Pero acaso el mejor robo de joyas de la historia del cine sea –como el del domingo en Cannes– de origen francés: el que cometen en tiempo real (la escena dura más de 25 minutos) Alain Delon, Yves Montand y Gian Maria Volonté en El círculo rojo (1970), obra maestra de Jean-Pierre Melville. ■

[*] Versión ligeramente modificada de un artículo publicado en la edición de hoy del diario Clarín de Buenos Aires a propósito del robo de 40 millones de euros en joyas del hotel Carlton de Cannes, en Francia, el domingo pasado.

Death Proof: Tarantino recargado

Kurt Russell en una escena de Death Proof
En la segunda parte de Kill Bill (2004) hay un flashback que muestra el entrenamiento de Beatrix Kiddo (Uma Thurman) bajo las órdenes el monje Pai Mei (Chia Hui Liu, estrella del cine de artes marciales de Hong Kong). Todo el fragmento es una copia fiel, hasta en sus vicios, de las películas que Alfredo Casero presentaba hasta no hace mucho en Karate Forever, por I-Sat.

Afiche de Death Proof
DEATH PROOF (2007)
Fecha de estreno: en Estados Unidos, 6 de abril. País: Estados Unidos. Duración: 114 minutos. Dirección: Quentin Tarantino. Producción: Quentin Tarantino, Elizabeth Avellan, Robert Rodriguez, Erica Steinberg. Guión: Quentin Tarantino. Fotografía: Quentin Tarantino. Montaje: Sally Menke. Elenco: Kurt Russell (Stuntman Mike), Rosario Dawson (Abernathy), Vanessa Ferlito (Mariposa), Jordan Ladd (Shanna), Rose McGowan (Pam), Sydney Tamiia Poitier (Jungle Julia), Tracie Thoms (Kim), Mary Elizabeth Winstead (Lee), Zoe Bell (Zoe), Michael Parks (Texas Ranger Earl McGraw), James Parks (Edgar McGraw).

Aquello que en Kill Bill era un recurso casi aislado en Death Proof es llevado al paroxismo. En realidad todo el proyecto Grindhouse (que incluye otra película, Planeta Terror, de Robert Rodríguez, y cuatro trailers falsos que serán atendidos en próximos post) es así: una homenaje a las películas clase B (y serie Z) de los sesenta, setenta y ochenta, una vindicación de géneros eterna e injustamente considerados menores.

Tarantino bucea en lo más profundo de los subgéneros para atrapar climas, imágenes, situaciones y todo tipo de detalles. Se sirve de películas que no sólo no hemos visto, sino que probablemente ni sepamos que existen. Se nombran en pantalla films de culto más o menos conocidos como Vanishing Point (1971), Dirty Mary Crazy Larry (1974), Gone in 60 Seconds (1974), Big Wednesday (1978). Pero debe haber muchas referencias más que pasan inadvertidas para la mayoría de los espectadores.

En Death Proof Tarantino también se apoya a su propia obra: aparece otra vez el sheriff Earl McGraw (Michael Park, habitué de varias series televisivas de los setenta), y la escena de la charla de las chicas en el café, con una cámara que se mueve constantemente alrededor de la mesa, recuerda mucho a Perros de la calle (Reservoir Dogs, 1992). Incluso en el ringtone de un celular se escucha el inquietante silbido de Daryl Hannah que, por supuesto, no es originario de Kill Bill sino de una anterior película.

El film se divide claramente en dos partes, bastante desparejas. En ambas un grupo de chicas se cruzan en el camino de Mike (Kurt Russell, en un papel que le calza justo), un psicópata que utiliza su auto, que no es cualquier auto, como arma homicida.

La primera mitad, la más floja, contiene esos largos diálogos a lo Tarantino pero esta vez poco relevantes y atractivos. La charla entre John Travolta y Samuel Jackson sobre McDonalds en Pulp Fiction (1992) no tenía nada que ver con lo que estaban por hacer, pero era genial. Aquí, en cambio, el diálogo de las chicas mientras viajan en auto es de lo más anodino.

La estética, aunque algo forzada, es setentosa hasta en sus defectos. Pero además de copiar aquella manera filmar se recrea la experiencia de ver hoy una de esas películas: fallas de montaje, celuloide dañado, sonido rasposo. Todo, entonces, parece anacrónico. Recién a los quince minutos alguien saca un celular y nos advierte que estamos en el presente. La resolución es notable, sí, desde la idea y la ejecución, pero no alcanza para remontar los 50 y pico de minutos que la preceden.

Escena de Death Proof
La segunda parte levanta y mucho. Aquí los diálogos no sólo entretienen; también aportan al conjunto. La persecución final es notable, tal vez como sólo Tarantino podría haberla filmado. Casi no hay música; o, en realidad, la música la aportan los motores de los autos, dos clásicos muscle car americanos. Una especie de enfrentamiento entre el bien y el mal personificados en dos Dodge, uno blanco y otro negro.

Death Proof no es una gran película. Pero mientras Planeta Terror naufraga entre la sátira y el homenaje, Tarantino intenta, con grandes aciertos y algunos errores, una vuelta de tuerca. Luego del rotundo impacto de Perros de la calle y, sobre todo, Pulp Fiction, habrá que ver hacia dónde apunta ahora la carrera del director, si continúa hurgando en subgéneros bizarros o dispara hacia otro lado. Lo que se viene es Inglorious Bastards, un proyecto tan anunciado como postergado que parece, ahora sí, comenzar a tomar forma. La escasa información disponible parece indicar lo primero. ■

Alex de la Iglesia habla sobre Tarantino


Acabo de ver Deaht Proof y Planet Terror, la última locura colectiva de Quentin Tarantino y Robert Rodriguez, que probablemente no pase por los cines en Buenos Aires y que en Estados Unidos se exhibió, junto a una serie de falsos trailes, como un doble programa bajo el título de Grindhouse. En los próximos días, cuando tenga algo más de tiempo, voy a postear sobre ellas.

Mientras tanto les dejo este video con la participación de Alex de la Iglesia en el programa Boyero y Cía, que conduce el crítico Carlos Boyero en el Canal+ de España. El director de El día de la bestia opina sobre Rodriguez (no puedo más que estar de acuerdo con sus palabras) y cuenta cómo fue su encuentro con Tarantino, lo que ofrece algunas pistas para saber de qué se trata esta curioso iniciativa. ■

Licencia

Licencia Creative Commons
Este blog se publica bajo una licencia de Creative Commons que estipula los derechos de reproducción de la obra.

Visitas

En otros ámbitos

Facebook       Twitter

YouTube       Google+

LikedIn       Flickr