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Furor por los zombies, el nuevo monstruo de moda [*]

Andrew Lincoln en 'The Walking Dead'

Acaso sea la eterna fascinación por la muerte. O quizá que, "cuando no hay más lugar en el infierno, los muertos caminan en la Tierra", como avisaba la promoción de la genial El amanecer de los muertos (1978). De algo no hay dudas: los zombis son el nuevo monstruo de moda. Si en otras épocas brillaron los asesinos seriales –Freddy Krueger, Jason Voorhees, Leatherface, Michael Myers–, el hombre lobo, la momia o los vampiros, ahora es el turno de los "muertos vivos", figura legendaria de la religión vudú reinventada en 1968 por George Romero en su inigualable La noche de los muertos vivos.

Del muerto resucitado con magia haitiana, reflejado en películas clásicas como Yo dormí con un fantasma (1943), se pasó a los zombis modernos de Romero, que creó toda una iconografía: sus monstruos son antropófagos; sólo se los puede eliminar de un disparo en la cabeza (o, en su defecto, arrancándosela de cuajo); se mueven despacio y torpemente porque, claro, están muertos. Un modelo que ahora hace furor: más de 5 mil personas caracterizadas como "muertos vivos" participaron el domingo 30 de octubre de la cuarta edición de la Zombie Walk en Buenos Aires, una movida que viene creciendo en todo el mundo desde 2001. Y se movieron al ritmo de Thriller (1983), hit zombi por excelencia.

"Es un personaje dual que en su aparente simpleza nos provoca miedo, ternura e incluso risa. Todos seremos algún día cadáveres putrefactos, y mirarnos al espejo para ver cómo seremos nos provoca fascinación", opina desde España, mediante e-mail, José Manuel Serrano Cueto, autor de Zombie Evolution: el libro de los muertos vivientes en el cine (T&B Editores). "Los zombis siempre tuvieron muchos fans, pero estaban ocultos en las estanterías de los videoclubes. Hoy el cine y la televisión apostaron por el personaje, con buenos resultados: todo el mundo sabe qué es un zombi, ya no es el monstruo marginado que era antes", completa.

Los ejemplos son tantos que ser exhaustivo sería redundante. Van dos: en EE.UU. más de 11 millones de personas vieron en octubre el inicio de la segunda temporada de The Walking Dead, basada en un exitoso cómic que se publica desde 2003; y el año próximo se estrenará el quinto film de la saga Resident Evil, que surgió de un videojuego.

Para Luciano Saracino, autor de ¡Zombies! Una enciclopedia del cine de muertos vivos (Fan Ediciones), hay una explicación política para el fenómeno. "En 2001, luego de los atentados a las Torres Gemelas, el zombi copó todo. Porque Bush arremetió con un discurso contra los otros, y entonces aparecieron películas que se plantaron contra eso", sostiene. Y cita Homecoming (2005), capítulo de la serie Masters of Horror dirigido por Joe Dante en el que soldados muertos en Irak vuelven de la tumba y reclaman su derecho a votar.

En el mismo sentido opina el inglés David Flint, autor de Holocausto zombi: Los muertes vivientes devoraron la cultura pop (Ma non troppo), también a través de correo electrónico: "Los zombies hablan de nuestros miedos más eficazmente que cualquier otro monstruo, al margen de los asesinos en serie. Los monstruos tradicionales han sido muy saneado en los últimos años: sólo hay que mirar Crepúsculo para ver por qué los vampiros no asustan a nadie". Y agrega que "a pesar de un exceso de malas películas, los zombies aún tienen el poder para aterrorizar, porque representan diferentes cosas para diferentes personas. Tanto desde la izquierda como desde la derecha se puede ver a los zombies como el 'otro': la gente conectará socialmente a los zombies con la inmigración sin restricciones, la crisis bancaria, el ascenso del nacionalismo, el cambio climático o cualquier cosa que les preocupe".

Es que el zombie, quizá el más subversivo de los monstruos, da para todo. "Se pueden hacer muchas cosas con él. Permite jugar con otros límites de la violencia, porque no son humanos. Y también dan pie para criticar a la sociedad", aporta Hernán Sáez, uno de los directores de la última entrega de Plaga Zombie, trilogía que marcó la primera incursión del cine argentino dentro del subgénero. La película se vio en el Festival de Cine de Mar del Plata (donde también se proyectó Juan de los muertos, primer filme cubano de zombis, dirigido por el argentino Alejandro Brugués) y tendrá su estreno comercial en 2012, publicitado año del fin del mundo en el que -quién sabe- acaso la sociedad capitalista finalmente se devore a sí misma. ■

[*] Versión extendida de un artículo publicado ayer en el diario Clarín.

El miedo, siempre veloz y peligroso [*]


Contagio (2011), de Steven Soderbergh, no es la primera ni será la última película sobre epidemias. Se anota del lado de las "realistas", grupo que comparte con Epidemia (1995), de Wolfgang Petersen: Dustin Hoffman y Rene Russo interpretan a una pareja que, en pleno proceso de divorcio, lucha contra un flamante virus de origen africano que se transmite por aire y mata en 48 horas. El tema también fue prolífico en la ciencia ficción y el terror. Amenazas extraterrestres protagonizan la aséptica La amenaza de Andrómeda (1971), de Robert Wise, una investigación detectivesca en el campo de la microbiología; o la genial La invasión de los usurpadores de cuerpos (1956), clásico de Don Siegel sobre la paranoia anticomunista. En el terror brilla la figura de George A. Romero, que primero con La noche de los muertos vivos (1968) y luego con The Crazies (1973) mostró hasta dónde puede llegar una sociedad atemorizada. Es que las buenas películas de epidemias son las que hablan del miedo, más veloz y letal que cualquier virus. ■

[*] Versión ligeramente extendida de un artículo publicado ayer en el diario Clarín, a propósito de la mirada que un epidemiólogo sobre la película de Soderbergh.

Filmame mientras te mato (tercera y última parte)

Manuela Velasco en una escena de '[REC]'
Ya se ha abordado el uso de la subjetiva. También los falsos documentales. Mezclar ambos y condimentar generosamente con cámara en mano, un recurso del que algunos realizadores (Paul Greengrass acaso sea el último y más notable ejemplo) han hecho un estilo. Hornear unos años y listo: ya tenemos las películas tipo El proyecto Blair Witch. Pero la historia de los tres nabos que se pierden en el bosque no fue ni la primera ni la mejor de estas experiencias. La cuestión comenzó bastante antes, e incluso registra algunos antecedentes sospechosamente cercanos. Pero, otra vez, mejor empezar por el principio.

La cámara que filma la muerte estaba presente en Peeping Tom (Michael Powell, 1960, que en Argentina se estrenó como Tres rostros para el miedo y en España recibió el aún peor El fotógrafo del pánico), aunque allí el asesino era el portador de la cámara y su letal trípode. En sentido opuesto hay un antecedente tan macabro como real: el del argentino Leonardo Henrichsen, que en junio de 1973, mientras cubría una sublevación militar contra el gobierno democrático de Salvador Allende, filmó su propia muerte. La serie de documentales La batalla de Chile, de Patricio Gusmán, se encargó de esparcir las imágenes por el mundo en la década del setenta.


Caníbales detrás de cámara

Una de las primeras películas que abordó la fórmula del found footage o "metraje encontrado" -en su variante "gente que quedó atrapada con su cámara en el centro del horror"- fue Holocausto caníbal (Cannibal Holocaust, 1980). Dirigida por el italiano Ruggero Deodato, se trata de un film explícito, que no ahorra atrocidades de todo tipo y que, por eso, fue prohibido en unos cuantos países. Como varias harían después, intentó promocionarse como real, como si lo que mostraba efectivamente hubiera ocurrido.

Perry Pirkanen y Francesca Ciardi en 'Holocausto caníbal'Cuatro jóvenes, audaces e inescrupulosos documentalistas se internan en la selva amazónica para registrar la vida de tribus caníbales. Unos meses después no hay noticias de ellos, por lo que un canal de televisión envía a un antropólogo, el profesor Harold Monroe, a averiguar qué pasó y realizar un documental al respecto. Monroe descubre que fueron asesinados y logra recuperar el material que habían grabado. A medida que va revisando las cintas advierte que los jóvenes manipularon a los lugareños al servicio de sus propios intereses: lograr imágenes impactantes que les garanticen éxito y fortuna.

Toda la película es una gran canallada, que hecha mano justamente a lo que condena. Se sabe que Deodato filmó en la selva colombiana y no dudó en matar animales para la realización del film. Hay una escena particularmente desagradable, previa al hallazgo de las cintas, en la que matan a una rata frente a cámaras. El director elige en ese momento hacer un zoom de aproximación. Para ponerlo en términos de Jacques Rivette, quien decide utilizar ese recurso en ese momento sólo merece el más profundo desprecio. Sobre el final, cuando se conoce la suerte de los cuatro jóvenes y el canal decide no realizar el documental, el profesor Monroe se pregunta: "¿Quiénes son realmente los caníbales?". La respuesta es más que clara.


Un par de antecedentes

Dejemos de lado las películas que se ubican fuera del género de terror, como 84 Charlie Mopic (Patrick Sheane Duncan, 1989) y sus similares September Tapes (Christian Johnston, 2004) y Redacted (Brian De Palma, 2007), que aunque adoptan -en sus escasos aciertos y varios errores- una estructura similar son más complejas y persiguen objetivos diferentes.

Dentro del fantástico, en los últimos diez o doce años el recurso del found footage fue varias veces retomado. Antes de El proyecto Blair Witch hubo dos iniciativa similares, demasiado similares, que pasaron desapercibidas. Una, la primera, fue el telefilm Alien Abduction: Incident in Lake County, dirigido por Dean Alioto y estrenado en enero de 1998.

Mientras celebra el Día de Acción de Gracias una familia recibe la inesperada visita de una nave extraterrestre, y todo es registrado por el hijo menor, Tommy, con su cámara de video. La película muestra las cintas halladas y las va mezclando con el testimonio de diversas personalidades que opinan sobre la veracidad del documento. Aunque logra algunos buenos climas, se trata de un film flojo, descuidado y sin ideas. Pero su interés radica en que fue una de las primeras realizaciones de este tipo y en que contiene varios de los recursos que luego utilizarían todas las demás.

Rein Clabbers y Lance Weiler en 'The Last Broadcast'La segunda fue The Last Broadcast (octubre de 1998), film de bajísimo presupuesto dirigido por Stefan Avalos y Lance Weiler. Aquí se la pudo ver durante el primer Bafici, donde llegó con el dudoso mérito de ser el primer filme en estrenarse en Estados Unidos vía satélite: unas pocas salas se equiparon con parabólicas y proyectaron la película en formato digital, lo que ahorró algunos costos de distribución.

Con el formato de documental, The Last Broadcast reconstruye los últimos momentos de cuatro hombres, dos de ellos realizadores de un programa de cable, que se internaron en el bosque en búsqueda del mítico Diablo de Jersey. De entrada se sabe que tres fueron asesinados y que el cuarto, condenado por la matanza, murió en la cárcel. Con entrevistas a gente cercana a los hechos y el found footage, el realizador analiza el caso hasta arribar a una conclusión diferente. Ahí es cuando imprevistamente cambia el punto de vista y se revela la farsa.


El guión omnipresente y otros problemas

Y entonces sí, el 25 de enero de 1999 apareció en el Festival de Sundance El proyecto Blair Witch, que luego pasó por Cannes y en julio de ese año se estrenó comercialmente en Estados Unidos. Apuntalada por un (otro) falso documental, titulado Curse of the Blair Witch, que intentaba acrecentar el misterio, la película se convirtió en un rotundo blockbuster: costó alrededor de 60 mil dólares y recaudó más de 140 millones sólo en cines estadounidenses.

Vista hoy en DVD, a diez años de su estreno, la realización de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez pierde casi todo el encanto que pudo tener en su momento. Un trío de jóvenes con muchas ganas y ninguna idea que se pierde en el bosque, no deja de cometer estupideces y discutir trivialidades y se asusta con unas ramitas: la nada misma filmada a dos cámaras y con un guión que, al contrario de lo deseado, se deja ver en cada plano.

Es que El proyecto..., al igual que sus precedentes y sucesoras, tiene un problema: la permanente tensión, en general mal resuelta, entre las pretensiones de realidad y la necesidad de contar una historia, como se planteó en la segunda entrega de esta serie de entradas. O, en otras palabras, los intentos por ocultar un guión que siempre está ahí.

Así, generalmente las películas se tornas inverosímiles y forzadas. Y no me refiero sólo a la justificación que se encuentra en la ficción para seguir filmando en medio del horror, algo que suele tener una excusa más o menos plausible. Cloverfield (Matt Reeves, 2008) desperdicia sus primeros 18 minutos en una aburrida introducción de los personajes: necesita dotarlos de un pasado para los 65 restantes. En los finales de [Rec] (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007) y su remake Cuarentena (Quarantine, John Erick Dowdle, 2008) la periodista y el camarógrafo, refugiados en el altillo luego de escapar de los zombies, en una situación límite, se dedican a filmar las paredes empapeledas con recortes de diarios y a escuchar grabaciones: hace falta explicarle al espectador el origen de la infección. En El proyecto... cuando pierden el mapa no se les ocurre mirar la detallada filmación que habían hecho de él: sería el fin de la historia.

Heather Donahue le habla a la cámara en 'El proyecto Blair Witch'El guión está presente, siempre, aunque pretendan ocultarlo detrás de una apariencia de realidad, con tomas fuera de foco o que apuntan hacia el piso y esquizofrénicos movimientos de cámara. Todo esto sin contar que las películas suelen apelar a una disimulada musicalización (o sonorización) en búsqueda de resaltar climas y sensaciones. George A. Romero, más apegado a las formas clásicas, resolvió esto último con una película dentro de otra, lo que de todos modos no lo disculpa por haber ofrecido en El diario de los muertos (Diary of the Dead, 2007) la peor entrega de su pentalogía de zombies.

El found footage -recurso que parece agotado- presenta un segundo inconveniente, que se trató en la primera entrega de esta saga. ¿Cómo sentir algo ante la muerte de Pablo, el camarógrafo de [Rec], si en toda la película no se vieron más que sus pies? Lo mismo ocurre con el no muy lúcido Hud en Cloverfield. La identificación con los personajes es más compleja de lo buscado; de allí que nunca falte la escena en que alguno de los involucrados habla a cámara.

Pero estas películas plantean un tercer problema, acaso el más interesante. El terror no necesita este tipo de artilugios para acrecentar su sensación de realidad porque -vaya paradoja- es en términos relativos el más realista de todos los géneros. Es más o menos probable que alguna vez presenciemos un accidente de tránsito, un tiroteo, el robo de un banco e incluso la caída de un avión. Pero jamás nos toparemos con un vampiro, un zombie o el mismísimo diablo. Y sin embargo en el cine, frente a las imágenes, no dudamos de su existencia. La presencia de lo fantástico se torna estremecedoramente convincente.

Quienes sostengan lo contrario que no mientan. Que cuenten si no dudaron alguna vez en dejar la cortina de la bañera abierta luego de ver el asesinato de Marion Crane; si no rezaron para que arranque el auto de Barbra en el cementerio; si no sintieron náuseas junto al Padre Merrin en la helada habitación; si no gritaron a la par de Sally Hardesty cuando la perseguían en medio del campo; si no se inquietaron durante los paseos en triciclo de Danny Torrance por el no tan desolado hotel; si no imploraron que Nancy Thompson no se quede dormida... Por mencionar sólo algunos casos tan horrorosos como ficticios. ■

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> Filmame mientras te mato (primera parte)
> Filmame mientras te mato (segunda parte)

Zombie, levantate y anda

Escena de 'La noche de los muertos vivos'
Eran casi las diez cuando los espectadores comenzaron a ovacionar de pie. Pero es probable que muy pocos, tal vez ninguno de los presentes aquella lejana noche en el Fulton Theatre de Pittsburgh, en Pennsylvania, hayan advertido que lo que acababan de ver era una obra seminal, reinventora de todo un subgénero, que abriría un camino hasta entonces muy poco explorado.

Afiche de 'La noche de los muertos vivos'
LA NOCHE DE LOS MUERTOS VIVOS (1968)
Título original: Night of the Living Dead. Fecha de estreno: en Estados Unidos, 1 de octubre. País: Estados Unidos. Duración: 96 minutos. Dirección: George A. Romero. Producción: Karl Hardman y Russell Streiner. Guión: John A. Russo y George A. Romero. Fotografía: George A. Romero. Montaje: George A. Romero y John A. Russo. Elenco: Duane Jones (Ben), Judith O'Dea (Barbra), Karl Hardman (Harry Cooper), Marilyn Eastman (Helen Cooper), Keith Wayne (Tom), Judith Ridley (Judy), Kyra Schon (Karen Cooper).

Aquello ocurrió el sábado 1 de octubre de 1968. Un veinteañero llamado George Andrew Romero acababa de presentar La noche de los muertos vivos, su primera película, realizada de manera independiente, con un presupuesto de apenas 115 mil dólares, la ayuda de varios amigos y una inteligencia que, con los años, la colocaría como una de los obras de terror más influyente de todos los tiempos.

Las películas de zombies, por supuesto, existían desde hacía rato. Y otros directores, con el pionero Herschell Gordon Lewis a la cabeza, se habían adentrado en el gore en el intento por llevar más allá los límites del único género cinematográfico que se define por lo que produce en el espectador. Es bastante clara la influencia de Soy leyenda (1954), el excelente relato de Richard Matheson, y de Seres de las sombras (The Last Man on Earth, Ubaldo Ragona y Sidney Salkow, 1964), su primera adaptación cinematográfica. También de Río Bravo (1959), aquel gran western de Howard Hawks. Pero Romero inventó toda una iconografía: aunque se esbozan teorías, no hay certezas sobre el origen de los zombies, que no están relacionados con el vudú haitiano; se alimentan de carne humana (y no de cerebros, como una divertida secuela falsa se encargó de instalar); sólo se los puede eliminar de un disparo en la cabeza o, en su defecto, arrancándosela de cuajo; se mueven despacio y de manera torpe porque, claro, están muertos.

El joven realizador fue mucho más allá: le otorgó al film una impronta eminentemente política. Y lo hizo de la mejor manera. En el libro Midnight Movies -que, lamentablemente, aún no tiene edición en castellano- el crítico estadounidense Jim Hoberman sostiene que la película "constituyen un corte transversal sobre tipos norteamericanos medios; podría decirse que La noche... fue a Vietnam lo que algunos films baratos de ciencia ficción habían sido a la Guerra Fría: una metáfora brillante, de final abierto, para las grandes ansiedades de su época. La noche... ofreció el retrato más literal posible de Norteamérica devorándose a sí misma".

En este sentido acertó al colocar a los zombies en un segundo plano, como una amenaza constantemente latente pero no siempre concreta. La noche... es una película de interiores, donde los conflictos estallan entre los sobrevivientes recluidos en el improvisado búnker. Los muertos vivos son entonces una manera de alegorizar acerca de los problemas y las miserias de una sociedad. A tal efecto no hace falta más que remitir a la escena final, tan arrasadora como inteligente.

George A. Romero en agosto de 2007 (click para conocer al autor de la foto) Con los asesinatos de Malcom X y, sobre todo, Martin Luther King todavía frescos en la memoria estadounidense, colocar a Duane Jones como el héroe de la historia en una época en la que el único negro bueno de Hollywood era Sidney Poitier fue otro de los grandes hallazgos de la película. Aunque Jones haya sido elegido por sus aptitudes como actor y no por el color de su piel, se gambeteó la corrección política y evitó todo tipo de explicaciones: nunca en el film se menciona que Ben es negro, lo que hace a la película realmente antirrascista.

A todo esto hay que sumar otro mérito, para nada menor: La noche... es una gran película de género. Las cuatro décadas transcurridas ratifican su vigencia, con climas que hielan la sangre y una estética por momentos casi documental que se ve acrecentada por el blanco y negro. Romero, es cierto, nunca fue un virtuoso, y para potenciar las tensiones dentro de la casa echa mano a algún estereotipo, lo que de todos modos no desmerece un relato tan perturbador como poderoso.

Por eso, entre otras cosas, la primera de la larga saga (que ya lleva cinco realizaciones y promete una sexta para el año próximo) sigue siendo la mejor. En el resto, y cada vez más a medida que se suceden los episodios, los zombies son casi una excusa para bajar línea. A veces de manera lúcida, como en El amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, 1979); en otras con la impresión de que no se tiene claro qué se quiere decir, como en El diario de los muertos (Diary of the Dead, 2007).

Imitada y parodiada decenas de veces, la ópera prima de Romero generó en el mundo secuelas, remakes y rip-off de todo tipo y color. Sería demasiado extenso y pretencioso explayarse aquí sobre el asunto [1]; basta decir que hasta Argentina, país poco adepto al género, ha tenido sus ejemplos de la mano (¿por culpa?) de la gente de Farsa Producciones. Sí puede afirmarse, en cambio, que La noche... se constituyó a fuerza de méritos propios en una película fundamental, que inauguró el terror moderno e influyó de manera decisiva en varias generaciones de realizadores. Aunque hoy, a 40 años de su estreno, la afirmación ya esta más cerca de la perogrullada que del elogio. ■

[1] Un buen repaso sobre el cine de zombies se puede leer en la nota Todos tus muertos, publicada el 23 de marzo de este año en el suplemento Radar de Página/12.

> ¿Todavía no viste La noche de los muertos vivos? Tamaña herejía sólo será disculpada si vas a este link y descargás la película, gratis y de manera legal.

El regreso de los muertos vivos

Escena de 'El diario de los muertos'
La noche de los muertos vivos (Night of the Living Dead, 1968), obra seminal, reinventora de todo un subgénero, replicada, imitada y parodiada como pocas, es básicamente una película de terror, con climas que hielan la sangre y una poderosa tensión interna. Sobrevuela, sí, una mirada crítica sobre la guerra de Vietnam y sobre el racismo; pero prima, por sobre todo, el género cinematográfico.

Afiche de 'El diario de los muertos'
EL DIARIO DE LOS MUERTOS (2007)
Título original: Diary of the Dead. Fecha de estreno: en Estados Unidos, 15 de febrero de 2008; en Argentina, 20 de marzo de 2008. País: Estados Unidos. Duración: 95 minutos. Dirección: George A. Romero. Producción: Sam Englebardt, Peter Grunwald, Ara Katz, Art Spigel. Guión: George A. Romero. Fotografía: Adam Swica. Montaje: Michael Doherty. Música: Norman Orenstein. Elenco: Joshua Close (Jason), Scott Wentworth (Andrew Maxwell), Michelle Morgan (Debra), Joe Dinicol (Eliot Stone), Shawn Roberts (Tony Ravello), Amy Ciupak Lalonde (Tracy Thurman), Philip Riccio (Ridley Wilmott), Megan Park (Francine Shane), Chris Violette (Gordo Thorsen).

Así como los zombis se muestran más inteligentes en cada entrega, las películas de George A. Romero se van alejando del género original para ir revelándose como films políticos. Los muertos vivos pasan a ser cada vez más accesorios para dejar lugar a las miradas sobre la actualidad, a veces lúcidas, a veces reiterativas. Así fue hasta la cuarta entrega, Tierra de los muertos (Land of the Dead, 2005), la más política de todas, la más explicita, la que de a ratos se vale de un trazo grueso y de algunas metáforas demasiado explícitas para cuestionar, entre otras cosas, a la administración Bush y su "guerra" contra el terrorismo.

Romero vuelve a disfrazar de película de terror a un film político en El diario de los muertos (Diary of the Dead, 2007). Sus dardos (o mordidas) apuntan ahora hacia la manipulación de los medios y la democratización de la información que puede representar, con todas las posibilidades, limitaciones y peligros del caso, el avance de internet.

Para eso se vale de una fórmula conocida: la del falso documental, explotada hace casi diez años por esa monumental y hábil estrategia de márketing que fue El proyecto Blair Witch (The Blair Witch Project, Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) y que hoy aparece revitalizada con Cloverfield (Matt Reeves, 2008) y la aún no estrenada Redacted (Brian de Palma, 2007) [1]. A diferencia de las anteriores entregas de la saga, que iban mostrando el avance de los zombies sobre la tierra, esta película vuelve a foja cero y retoma la aparición de los muertos. Los cuerpos dejan ser inertes y salen en búsqueda de comida (carne humana, por supuesto) mientras un grupo de estudiantes de cine filman una peliculita. Entonces los jóvenes deciden, en medio de una huida cada vez más complicada, registrar todo con sus cámaras.

La trama parece de a ratos algo forzada y la justificación por la cual los jóvenes deciden seguir filmando -a pesar de muertes y atrocidades de todo tipo- es bastante endeble. Además, una voz en off abusa de algunas sentencias demasiado suntuosas y se extrañan ciertas sutilezas de La noche... y El amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, 1978). Con todo, Romero sigue mostrando buen pulso para crear climas y para manejar el fuera de campo (lo que no se ve, que en las "pelis de miedo" suele ser más relevante que lo que sí se ve) y deleita, otra vez, con algunas pinceladas de humor negro.

Wes Craven, Stephen King, Simon Pegg, Quentin Tarantino y Guillermo del Toro prestaron sus voces para la película, en lo que fue una especie de reverencia hacia quien consideran un maestro. Como pocos tipos en la historia del cine, Romero logró abrir un camino hasta entonces prácticamente intransitado. De aquello se van a cumplir en unos meses cuarenta años. Y las cosas, está claro, han cambiado mucho desde entonces. ■

[1] Aunque en su momento pudo parecer novedosa, la idea del falso documental es muy anterior a El proyecto Blair Witch. Probablemente el primer film de ficción que la explotó haya sido Holocausto caníbal (Cannibal Holocaust, Ruggero Deodato, 1980), película a la que le dedicaremos un próximo post.

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