Los jóvenes ven más películas a través de Internet que en el cine [*]

Axel Kuschevatzky, Juan José Campanella y Santiago Mitre en la presentación de la encuesta (foto: Germán García Adrasti/Clarín)

En los setenta sólo había dos modos de mirar una película: en una sala de cine o en la tele, que aunque tenía apenas un puñado de canales ofrecía ciclos ya legendarios como "Sábados de súper acción". Todo cambió en las décadas siguientes, con la irrupción del VHS primero y el videocable después, hasta llegar a este presente digital en el que la historia del cine –y en especial sus novedades más taquilleras– está a apenas unos clics de distancia. Se entiende entonces que hoy los jóvenes argentinos vean más películas a través de Internet que en el cine, como lo demuestra una encuesta de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas.

Entre noviembre de 2012 y julio pasado se entrevistó a 1.500 jóvenes de entre 16 y 25 años. El 90 por ciento de ellos vieron entre 5 y 10 películas por Internet durante el último año. La encuesta no indagó acerca de cómo consiguen eso que miran en la compu, por lo que quedó una zona oscura sin explorar.

En cambio, el 70 por ciento fueron al cine para ver, en promedio, apenas dos films. Y la mitad de ellos no eligió nada filmado acá. Ahí apuntaba la encuesta: ¿por qué los adolescentes ven tan poco cine nacional?

"Los resultados me dejaron medio horrorizado", dijo durante la presentación Juan José Campanella, presidente de la Academia. Lo que asustó al director de El secreto de sus ojos fueron algunas de las impresiones acerca de nuestro cine: el 45 por ciento opina que todas las películas argentinas son "muy iguales" y el 30 por ciento piensa que "no hay tanta variedad como en otros países". También hubo respuestas insólitas: el 1,5 por ciento cree que "son en blanco y negro". Para Campanella, "evidentemente los chicos no saben nada del cine argentino. Hay una deuda en la difusión". Los números ratifican esa impresión: el 80 por ciento dice que no se entera del estreno de films nacionales.

"Si la encuesta se hubiera hecho en 1994 los resultados habrían sido peores", opinó Santiago Mitre, director de El estudiante. Ese año se estrenaron apenas 11 producciones locales; en 2012 fueron 130, el 40 por ciento del total de las novedades. De todos modos, hay un abismo entre cantidad y popularidad: sólo convocaron al 10 por ciento de los espectadores.

Para Axel Kuschevatzky, productor de los dos films argentinos más populares del año (Metegol y Corazón de león), "la ley del cine apoya la producción, pero no la difusión". Sin Darín, Francella o Suar en los créditos difícilmente alguna historia local venda más de 150 mil entradas. Esto se ve resumido en una frase frecuente, que intenta ser elogiosa pero no hace más que mostrar desprecio: "Está buena, no parece argentina".

En un intento por acercar a los jóvenes al cine argentino, la Academia organiza funciones gratuitas donde los chicos, luego de ver la película, pueden charlar con el director. "Se emocionan y aplauden filmes que en cartel no habían superado los 100 mil espectadores", contó Campanella. En la oscuridad de la sala, frente a la pantalla, muchos prejuicios mueren.

Mitre cree que, a diferencia de los tanques hollywoodenses que invaden la cartelera, el cine nacional necesita del "boca a boca", un efectivo pero lento modo de difusión. Y para eso hacen falta salas –como los Espacios INCAA, imprescindibles aunque insuficientes– que puedan sostener en cartel una película el tiempo necesario. Lo sabe por experiencia: El estudiante se proyectó durante un año en espacios alternativos, algo imposible en los cines de los shoppings. ■

[*] Nota publicada el viernes en el diario Clarín.

La carrera más roñosa de la historia: de 9.79 a 9.79*

Ben Johnson, Calvin Smith, Linford Christie y Carl Lewis

El hombre del andarivel 6 cruza la línea con su musculoso brazo derecho en alto, el dedo índice apuntando al cielo. Mira hacia su izquierda con la arrogancia de los tipos que se saben ganadores. En el andarivel 3 la cara es otra: sorpresa, resignación, impotencia, un rostro que en el recorte siempre tramposo de las fotos parece -los labios apretados, las cejas fruncidas- hacer pucherito. Las miradas se cruzan un instante. La carrera terminó pero el hombre con el 1102 en el pecho corre unos metros más, hasta que finalmente alcanza al 159 y le interrumpe el festejo para robarle un frío apretón de manos.

9.79. A las 13.30 del sábado 24 de septiembre de 1988, hace hoy 25 años, Ben Johnson ganaba la final de los 100 metros en los Juegos Olímpicos de Seúl con récord mundial. Trece centésimas detrás aparecía Carl Lewis, que había corrido como nunca en su vida para terminar segundo. La carrera más veloz de la historia: por primera vez cuatro atletas bajaban simultáneamente los diez segundos, una barrera que hasta entonces sólo siete hombres había logrado atravesar. La disputa entre las dos personas más rápidas del mundo se había resuelto con contundencia para el lado del canadiense, que volvía -como en el Mundial de Roma, un año antes- a derrotar al estadounidense sobre la pista. El mundo se rinde a los veloces pies de este negro nacido pobre en Jamaica, tartamudo y algo tímido. "Muchas felicidades de parte de todos los canadienses. Sos maravilloso y estamos todos muy orgullosos", lo felicita por teléfono, con la televisión transmitiendo en directo, el primer ministro Brian Mulroney. El Toronto Star se entusiasma tanto que inventa una palabra: Benfastic. "¿Qué es más valioso, el récord o la medalla?", le preguntó un periodista. La respuesta de Johnson fue profética: "La medalla, porque no te la pueden sacar".

Portada de The Toronto Sun (click para ampliar)
9.79*. Tres días después apareció el asterisco sobre esos números mágicos, esa marca imposible, más propia de un atleta del futuro. Estalló el escándalo, el más grande hasta entonces: Johnson había dado positivo de estanozolol, una sustancia anabolizante. Fue descalificado, le quitaron su medalla y su récord mundial. Why, Ben? (¿Por qué, Ben?), interrogó el Toronto Sun en su portada del martes 27, una pregunta que aún hoy parece no tener una respuesta clara. Big Ben pasó de héroe a villano casi tan rápido como había corrido los 100 metros, esos 100 metros, la carrera más roñosa de la historia.

El excelente documental 9.79* (2012), dirigido por Daniel Gordon para ESPN, llegó hasta las entrañas de esos inolvidables diez segundos. Entrevistó a los ocho participantes de aquella final y mostró que no sólo Johnson estaba sucio: con excepción del estadounidense Calvin Smith (cuarto en la pista, luego medalla de bronce) y el brasileño Robson da Silva (sexto en cruzar la línea), todos los demás competidores tuvieron alguna vez problemas con drogas prohibidas. Incluido Lewis: en 2003 se supo que durante los Trials previos a los Juegos de Seúl había dado positivo por uso de estimulantes y broncodilatadores (en cantidades que en 1988 estaban prohibidas, aunque ahora se permiten), pero el Comité Olímpico estadounidense decidió exonerarlo en secreto.

La película muestra además situaciones insólitas. La desesperación de Lewis, que por mirar tres veces como Johnson se le escapaba le invadió el andarivel al británico Linford Christie, lo que podría haberle costado la descalificación. O cómo Joe Douglas, director del Santa Monica Track Club donde estrenaba Lewis, logró "infiltrar" a un hombre en la habitación donde Johnson se llenaba de cerveza en un intento por orinar para el control antidóping posterior a la carrera. Se dice que André Jackson, el infiltrado, además de sacarse unas fotos con Johnson también le convidó una cerveza.

Why, Ben? La mejor respuesta al titular del Toronto Sun quizá esté en otro documental, Bigger Stronger Faster* (2008), dirigido por Chris Bell. Lúcido y libre, el director parte de su propia situación familiar (sus hermanos, un opaco luchador profesional y un levantador de pesas, hacen uso y abuso de los anabólicos) para plantear la hipocresía de la sociedad estadounidense, que condena el uso de esteroides al mismo tiempo que lo fomenta a través de la publicidad. El sueño americano sostenido con músculos inflamados químicamente. El film, además, resultó trágicamente profético: Mike, el hermano mayor de Chris, murió un año después del estreno, a los 37 años, mientras intentaba una rehabilitación.

Descalificado Ben Johnson, Carl Lewis se quedó con el triunfo, la medalla dorada y el récord: 9.92. Su carrera en el atletismo continuó varios años hasta transformarlo en leyenda. En el Mundial de Tokio, en 1991, finalmente pudo lograr en la pista lo que hasta entonces sólo había conseguido en los escritorios: a los 30 años marcó 9.86, récord mundial, en una extraordinaria competencia en la que corrió de atrás hasta los últimos 20 metros, como narra una notable crónica de Gustavo Da Silva en Perarnau Magazine.

Aunque intentó volver, Johnson no tuvo suerte. O la buscó por el camino equivocado. Quedó eliminado en las semifinales de los Juegos de Barcelona y un año después, en 1993, cuando sus marcas empezaban a acercarse a las de antes, volvió a dar positivo en un antidóping y lo sancionaron de por vida. En Canadá ya lo consideraban un paria: Pierre Cadieux, funcionario del área de deportes, lo definió como una desgracia nacional, y le sugirió que se vuelva a Jamaica. Otro control volvió a dar positivo en 1999.

Canadá tuvo su pequeña revancha en Atlanta 1996. Donovan Bailey, también nacido en Jamaica, fue medalla dorada con récord mundial: 9.84. Recién en 1999, once años después de Seúl, el estadounidense Maurice Greene pudo igualar la marca de Johnson. En 2002 la superó por una centésima Tim Montgomery, pero en 2005 le quitaron todos sus logros cuando se descubrió que usaba anabólicos. Ese mismo año Asafa Powell -hoy suspendido por el consumo de anfetaminas- corrió 9.77. La oscura sombra de los 9.79 comenzaba a quedar atrás.

Hoy, 25 años después de aquella electrizante e infausta carrera que lo lanzó de modo efímero a los cielos y lo condenó para siempre al infierno, Ben Johnson completó una peregrinación extraña y dolorosa, que lo puso otra vez en la escena del crimen, como definió The Telegraph. A los 51 años volvió al Estadio Olímpico de Seúl como parte de una gira, denominada Choose the Right Track (Elegí el camino correcto), con la que busca algún tipo de redención. Una redención que difícilmente encuentre y acaso no merezca, pero no puede dejar de perseguir. Una carrera de la que participará por el resto de su vida. ■

En plena era digital, la especialización está salvando a los viejos videoclubes [*]

El local de Video Manía, en La Plata (foto: Mauricio Nievas / Clarín)

Aunque en los últimos tiempos fue abrazada por gurúes de la autoayuda, gente más interesada en aplacar conciencias inquietas que en cambiar el estado de las cosas, Imagina, de John Lennon, es una canción absolutamente vigente. ¿Cómo se puede modificar algo si antes no se lo piensa distinto? Los viejos videoclubes siguen imaginando el futuro. Hace tres décadas cambiaron para siempre la forma de ver cine, y hoy -en medio de esta impiadosa era digital que disuelve la materialidad entre ceros y unos- creen que aún tienen mucho para ofrecer. Están vivos.

"No somos una librería de viejos o un local de vinilos. Tenemos cosas nuevas para ofrecerle a la sociedad", dice Juan Norberto Melo, presidente de la Cámara Argentina de Videoclubes (Cavic) y socio gerente de Video Manía, que funciona en La Plata desde 1982. Melo, como tantos otros dueños de locales, es un sobreviviente: aguantó la irrupción de la televisión por cable, derrotó en condiciones desventajosas a las grandes cadenas internacionales como Errol's y Blockbuster, capeó diversas crisis económicas y le da pelea a la piratería, encarnada sobre todo en la figura del mantero, nuevo personaje urbano que se multiplicó ante la indiferencia de las autoridades.

Elmore Leonard (1925-2013)

Elmore Leonard (foto: The New York Times)
Una noche, hacia finales de octubre, Harry Arno le dijo a la mujer con la que mantenía relaciones en los últimos años:
- He tomado una decisión. Te diré una cosa que nunca le he dicho a nadie en toda mi vida.
- ¿Te refieres a algo que hiciste cuando estabas en la guerra?
Esto le frenó.
- ¿Cómo lo sabes?
- ¿Cuando estabas en Italia y mataste al desertor?
Harry se quedó mirándola sin decir nada.
- Ya me lo contaste.
Primeras líneas de Pronto (1993), de Elmore Leonard. Cuenta la historia del entrañable Harry Arno, un viejo malandra de poca monta que mientras intenta alejarse del submundo del delito en Miami desvaría contando supuestas anécdotas de la Segunda Guerra en Italia junto a Ezra Pound, de quien jura que no era nazi. La novela marcó, además, la primera aparición del marshall Raylan Givens, luego protagonista de la serie Justified.

Leonard murió hoy en su casa de Detroit. Tenía 87 años. Fue un gran autor de novelas policiales, en apariencia sencillas pero con una estructura narrativa notable, en las que la historia siempre avanza apoyada en diálogos impecables. Como El cazador de gatos (1982), en la que George Moran, un ex marine de la ocupación estadounidense en República Dominicana que administra un hotelucho de habitaciones siempre vacías frente al mar, se enamora de la esposa de un millonario ex jerarca de la dictadura de Trujillo. O Brillo (1985), donde el teniente Vincent Mora intenta resolver el asesinato de una prostituta puertorriqueña entre los turbios casinos y clubes de Atlantic City.

Hasta pocas semanas antes de su muerte Leonard seguía escribiendo borradores a mano, que luego pulía en una máquina de escribir. Muchas de sus más de 40 historias fueron llevadas al cine, e incluso escribió algunos guiones, como el de Joe Kidd, de John Sturges. Pero salvo notables excepciones (Ganó perdiendo, Un romance peligroso y, sobre todo, Jackie Brown - Triple traición) no tuvo mucha suerte y las adaptaciones de sus novelas terminaron en pálidos telefilmes o películas olvidables.

Sostuvo en su breve pero fabuloso ensayo Elmore Leonard's Ten Rules of Writing: "Mi regla más importante es la que resume las diez: si suena a escritura, reescriba". ■

Grandes robos de joyas del cine [*]

Alain Delon, Gian Maria Volonté e Yves Montand en 'El círculo rojo'

¿La realidad supera a la ficción o, como decía Oscar Wilde, la vida imita al arte (o a la mala televisión, según la variante de Woody Allen)? Inspirado o no en hechos reales, el cine mostró decenas de robos de joyas, exitosos o condenados al fracaso. Este último es el caso de dos clásicos policiales negros: Mientras la ciudad duerme (1950), de John Huston, y Rififi (1955), de Jules Dassin, en los que los ladrones de "guante negro" (por oposición a los más refinados de "guante blanco") terminan tras las rejas, porque para los de su condición cuando algo puede salir mal termina saliendo condenadamente mal. Quentin Tarantino saqueó al Stanley Kubrick de Casta de malditos (1956) para contar la sangrienta historia de los asaltantes de Perros de la calle (1992), que también sufren el peor final. Mejor le fue a Gene Hackman en Un plan perfecto (2001), de David Mamet, que huyó y no lo pescaron. Pero acaso el mejor robo de joyas de la historia del cine sea –como el del domingo en Cannes– de origen francés: el que cometen en tiempo real (la escena dura más de 25 minutos) Alain Delon, Yves Montand y Gian Maria Volonté en El círculo rojo (1970), obra maestra de Jean-Pierre Melville. ■

[*] Versión ligeramente modificada de un artículo publicado en la edición de hoy del diario Clarín de Buenos Aires a propósito del robo de 40 millones de euros en joyas del hotel Carlton de Cannes, en Francia, el domingo pasado.

Noche de paz, noche de sangre, de Theodore Gershuny

No toquen esa casa

'Noche de paz, noche de sangre', de Theodore Gershuny

El cine estadounidense de los setenta es como un cofre sin fondo del que siempre se pueden seguir sacando cosas buenas, sobre todo thillers o policiales y películas de terror. Detrás de los clásicos ampliamente reconocidos se esconde de todo: grandes obras redescubiertas hace poco (Los amigos de la muerte, editada en video por primera vez por Criterion en 2009), sólidas películas de género (Prime Cut, The Outfit), pequeñas gemas algo olvidadas (Let's Scare Jessica to Death) o propuestas tan inusuales como efectivas (Deranged).

Cierto rigor cercano a lo documental que tiñó a ese cine le hizo muy bien al género del terror, como si lo fantástico se potenciara al ser mostrado de modo "realista". En este contexto se ubica una película no muy conocida y que, a la distancia, puede (puede, y no debe; ampliaremos luego) ser vista como una adelantada: Noche de paz, noche de sangre (Silent Night, Bloody Night), dirigida por Theodore Gershuny. Una historia bastante sencilla acerca de una vieja casa que arrastra alguna atrocidad que de entrada se nos escatima. Cuando su heredero dueño decide ponerla en venta lo macabro comienza a despertar de su largo sueño.

Parece que la película se filmó con dos mangos en 1972 pero no se estrenó hasta dos años después, y con una distribución bastante escasa. Difícilmente Bob Clark y John Carpenter la hayan visto en aquel momento, pero al margen de su dudosa influencia real es claro que en algunos aspectos esta especie de protoslasher se adelantó a Black Christmas y Halloween. Sobre todo en el uso reiterado de la cámara subjetiva, que se ubica en los ojos del asesino mientras se oculta o recorre la casa con intenciones siniestras.

Película oscura (lo que la torna escalofriante pero también, de a ratos, un poco confusa), que hace una virtud de sus desprolijidades, tiene una gran y enigmática secuencia de apertura y por momentos alcanza climas muy logrados, siempre con más suspenso que sorpresa, particularmente al narrar las primeras muertes. A pesar de alguna pequeña trampa que intenta despistar al espectador y de un final demasiado explicado (apela a un largo flashback, casi un cortometraje dentro de la película, totalmente anticlimático aunque estéticamente sólido), es una obra que vale la pena redescubrir.

Uno de los productores fue Lloyd Kaufman, y en el elenco se cuentan Patrick O'Neal, Mary Woronov y John Carradine. Pero esos y otros datos los pueden encontrar en Wikipedia. Lo mejor es ir a buscar la película (que es de dominio público; o sea que se puede descargar sin infringir ninguna ley). Aunque más no sea para comprobar que el cine estadounidense de los setenta nunca deja de regalarnos sorpresas. ■

Richard Matheson (1926-2013)

Will Smith en 'Soy leyenda'
«La fuerza del vampiro consiste en que nadie cree en él».

Gracias, doctor Van Helsing, pensó Neville poniendo a un lado el ejemplar de 'Dracula'. Se quedó mirando pensativamente la biblioteca, escuchando el segundo concierto para piano de Brahms, con un whisky en la mano derecha, fumando un cigarrillo.

En efecto. El libro era un amasijo de supersticiones y convencionalismos de folletín, pero esa línea decía la verdad. Nadie había creído en ellos, ¿y cómo luchar contra algo inverosímil?
Fragmento de Soy leyenda (1954), de Richard Matheson, que murió ayer a los 87 años. Aunque ninguna de las cuatro adaptaciones cinematográficas logró hacerle honor a la historia, Seres de las sombras (1964) y Soy leyenda (2007) tienen sus buenos momentos y logran captar cierto clima de una novela extraordinaria. ■

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Reestrenan un hito del cine nacional: La creación del himno [*]

El actor Eliseo Gutiérrez como Vicente López y Planes en 'La creación del himno'

Se calcula que el 90 por ciento del cine mudo realizado en Argentina se perdió para siempre. Por eso cuando se recupera algo de ese material resulta todo un acontecimiento. Esta tarde, a 200 años de que la Asamblea del Año XIII aprobara el Himno como marcha patriótica, se reestrenará en la Biblioteca Nacional la película La creación del himno (1909), del italiano radicado en Argentina Mario Gallo, obra que fue recientemente restaurada y que no se exhibe desde hace al menos medio siglo.

Mario Gallo
MARIO GALLO, UN PIONERO QUE LLEGO DESDE ITALIA

Nacido en la ciudad italiana de Barletta en 1878 y radicado en Argentina en 1905, Mario Gallo fue uno de los pioneros del cine nacional. Realizó varios filmes de tema histórico, como La Revolución de Mayo, restaurada en 2009, y El fusilamiento de Dorrego y Camila O'Gorman, que se consideran perdidas, y películas más largas como Tierra baja (1912), protagonizada por Blanca y Pablo Podestá. Este primer período de su obra terminó con la ruina económica en 1913.

Más tarde volvió a la actividad con laboratorios propios. Produjo la película En buena ley (1919), de Alberto Tavaresa, y logró un gran éxito con Cavallería rusticana (1919), con actores cantando en sincronía con las imágenes.

Luego, como reseñó Fernando Martín Peña en su libro Cien años de cine argentino, la historia de Gallo "se vuelve difusa: se sabe que su laboratorio se incendió hacia 1922, que estuvo algún tiempo preso y que hacia 1925 volvió a la actividad pero sólo como cameraman de proyectos ajenos". Murió en Buenos Aires en 1945, a los 66 años.

La película, de 3 minutos 44 segundos de duración, retrata la creación de la canción patria, con el actor Eliseo Gutiérrez –nacido en Uruguay– en el papel de Vicente López y Planes. Como casi todo el cine de la época, tiene una puesta en escena muy teatral, influida por los film d’art franceses, con breves viñetas que ilustran los textos de los intertítulos. Faltaban algunos años aún para que el estadounidense David W. Griffith estableciera un lenguaje puramente cinematográfico.

Algunos historiadores consideran a La creación del himno la segunda película argumental de la historia del cine argentino, detrás de La Revolución de Mayo (1909), también de Gallo. Otros, en cambio, adjudican ese lugar en el podio a El fusilamiento de Dorrego, filme también producido por el italiano en el mismo año pero del que no se conocen copias.

Es que hasta la década del cuarenta se filmaba en película de nitrato de celulosa, un material de escasa durabilidad y muy inflamable que explica, al menos en parte, por qué se conservan tan pocos filmes de aquellos años. La creación del himno sobrevivió en una copia en 16 mm. que estuvo guardada durante décadas en la Fundación Cinemateca Argentina.

De la restauración de la película se encargó el laboratorio Cinecolor Argentina, que ya había recuperado La Revolución de Mayo, con el apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa). Este nuevo trabajo, del que participaron 20 personas durante tres meses, fue similar al anterior: primero se reparó manualmente la copia en 16 mm., luego se "escaneó" el material y, una vez en las computadoras, se intervino digitalmente cada fotograma para estabilizar la película, igualar el contraste, limpiar los cuadros dañados y reconstruir los intertítulos. Con el material restaurado se hicieron nuevas copias en 35 mm. Una de ellas se proyectará esta tarde, con música en vivo creada especialmente para la ocasión por Andrés Beeuwsaert, pianista y compositor del trío Aca Seca.

"El cambio es notorio. La restauración dejó una copia con calidad excelente, que queda guardada para almacenar", cuenta Pablo Camaití, director junto con Federico Randazzo de la productora El Hilo, que realizó un documental sobre el proceso de restauración –narrado por Graciela Borges– que también se exhibirá hoy.

El reestreno será esta tarde a las 17 en el auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional (Agüero 2502), en una ceremonia abierta al público y con entrada gratis. Y esta noche, a las 21, la película se podrá ver en el programa especial La creación del Himno: fotogramas de nuestra canción patria, con conducción de Roberto Carnaghi, que emitirá el canal Encuentro.

A pesar de su escasa duración, La creación del himno no puede considerarse un cortometraje: esa era la extensión que solían tener las películas hace 100 años, y se proyectaban junto a otras realizaciones en largos programas de lo más variados temas. Programas que en su mayoría no resistieron la desidia y el paso del tiempo. ■

[*] Versión ligeramente modificada de un artículo publicado en la edición de hoy del diario Clarín de Buenos Aires.

911 - Llamada mortal, de Brad Anderson

Dime qué escuchas y te diré quién eres

Michael Eklund y Abigail Breslin en '911 - Llamada mortal'911 - Llamada mortal es mucho menos de lo que podría haber sido, en gran medida por un final que se inclina por el impacto y la complicidad fácil con el espectador (lo que hace a la película ideológicamente repudiable) en lugar de elegir lo verosímil (que en este caso además hubiera sido moralmente correcto). Pero de todos modos ofrece sus buenos momentos, sobre todo en una larga secuencia, de cerca de media hora, plagada de acción inteligente y buenas ideas. Hay un momento particularmente logrado: el depravado Michael Foster secuestra a la adolescente Casey Welson y la mete en el baúl de su auto; mientras viaja por la autopista escucha Puttin' On the Ritz en la espantosa versión tecno pop de Taco, lo que da indicios de la personalidad del secuestrador (hasta entonces no del todo explicitada) pero también habla de la canción.

Este recurso (delinear a un personaje a partir de lo que escucha) se reitera sobre el final. Cuando Foster tiene maniatada a Casey en su escondite y está a punto de hacerle más daño pone un casete en un viejo equipo de música y comienza a sonar Karma Chameleon, de Culture Club. El nuevo contraste rotundo entre lo que se ve y lo que se oye suena, en este segundo caso, a cita, homenaje o directamente copia: es lo mismo que había hecho David Fincher con Enya en La chica del dragón tatuado (2011), algo ya comentado en este blog. ■

P.D.: Dato de dudoso interés que no supe traficar en los breves párrafos anteriores: nuestra fugaz visitante Halle Berry está muy bien, y de a ratos se pone al hombro la película, desguarnecida frente a la cámara, que durante un cuarto del metraje la atosiga con primeros planos que ella resuelve con su belleza, sí, pero sobre todo con su talento.

La joya oculta de Aristarain

Soundtrack de 'La playa del amor'

Una de los grandes acontecimientos esta edición del Bafici es la retrospectiva de Adolfo Aristarain, uno de los más notables narradores del cine nacional. Aunque se extraña la ausencia de Deadly / The Stranger, que el director se sigue negando a mostrar en Argentina, y el festival debió haber editado un libro sobre su obra, la posibilidad de descubrir o volver a ver sus películas en una sala de cine, con copias nuevas o en muy buen estado, es extraordinaria.

En agosto de 2007 la revista El Amante le había dedicado una de sus tapas a La discoteca del amor, que recién se editaba en DVD, lo que significó de algún modo la reivindicación definitiva para una muy buena película, divertidísima, ingeniosa y cinéfila. Pero la verdadera joya a redescubrir en la filmografía de Aristarain es La playa del amor. No porque sea una gran película (de hecho debe ser, junto a Martín (Hache), una de las menos buenas) sino porque se trata de la menos conocida.

Será que los protagonistas, sobre todo Ricardo Darín y Cacho Castaña, se resignificaron. Será la berretada autoasumida, como el Feliz cumpleaños de Mario Milito. Será la belleza irrepetible de las mujeres de la época, en especial Mónica Gonzaga, que se muestra con extraña naturalidad en su minúsculo bikini. Será la maestría de Aristarain para resolver cinematográficamente algunas escenas, como cuando Darín escapa de su hermano por la ventana del baño de una estación de servicio (momento resuelto con un travelling, sin montaje). Será la simpatía de Carlos Del Burgo, perfecto comic relief. O será todo eso junto. Pero qué bien le pasó el tiempo a esta película. ■

¿Adiós a las armas?

John Dall y Peggy Cummins en 'Vivir para matar'

Ahora que Estados Unidos parece querer discutir por fin la tenencia de armas nadie debería dejar de ver Vivir para matar (1950), de Joseph H. Lewis. La película comienza con un plano desde dentro de una armería y luego ubica las armas como la principal atracción de una feria de pueblo en la que, como show culminante, una chica disfrazada de cowgirl le dispara -metafóricamente- a la Estatua de la Libertad. Hay diálogos brillantes ("Nos iremos juntos, Laurie. No sé por qué. Quizá somos como armas y municiones, que van juntas") y un antológico plano secuencia para narrar el robo a un banco que debería figurar en el top 10 de la historia del cine. Todo en breves pero rotundos 86 minutos, con una economía de recursos envidiable. Obra maestra absoluta. ■

Que vuelvan los musicales (tercera parte)

Audrey Landers y Vicki Frederick en 'A Chorus Line'

Ante la invasión de programas "de casting" que padece la televisión abierta argentina no se puede más que recomendar A Chorus Line (1985), buen musical de Richard Attenborough. Aunque está basado en una obra de Broadway y la acción casi no sale de la sala de teatro Attenborough logra un musical cinematográfico y para nada culposo, lo que se nota sobre todo en el cuadro final, cuando mágicamente -la magia del musical- se van multiplicando los bailarines. El coreógrafo que interpreta Michael Douglas (quien por suerte no canta ni baila en toda la película) hace que personajes pretendidamente severos como Polino o Pachano parezcan bebés de pecho. ■

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