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Que vuelvan los musicales (tercera parte)

Audrey Landers y Vicki Frederick en 'A Chorus Line'

Ante la invasión de programas "de casting" que padece la televisión abierta argentina no se puede más que recomendar A Chorus Line (1985), buen musical de Richard Attenborough. Aunque está basado en una obra de Broadway y la acción casi no sale de la sala de teatro Attenborough logra un musical cinematográfico y para nada culposo, lo que se nota sobre todo en el cuadro final, cuando mágicamente -la magia del musical- se van multiplicando los bailarines. El coreógrafo que interpreta Michael Douglas (quien por suerte no canta ni baila en toda la película) hace que personajes pretendidamente severos como Polino o Pachano parezcan bebés de pecho. ■

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Que vuelvan los musicales (segunda parte)

Busby Berkeley, uno de los más grandes talentos del musical hollywoodense
De Chicago (2002) para acá -por marcar un momento preciso- los musicales suelen tener un problema: no saben qué hacer con la cámara. La remake de Hairspray (2007) acaso sea el ejemplo más claro de los últimos años. Tracy y sus amigos se mueven al ritmo de la música y la cámara sólo atina a mostrarlos a una distancia temerosa, como con miedo a involucrarse. Hay travellings, paneos, contrapicados, planos cenitales y toda una parafernalia visual que no sabe cómo ponerse al servicio del número musical.

Esto, claro, no siempre fue así. Pero la estética del musical tampoco surgió mágicamente con la llegada del sonoro. El género fue avanzando de a poco, paso a paso, y paulatinamente el término "musical" fue dejando de ser un adjetivo para transformarse en sustantivo. Hubo dos movimientos fundamentales que no por casualidad se dieron en la década del treinta, cuando -sostiene Nicolás Prividera en otro de sus interesantes artículos- el género se estableció como el prototipo del cine como fantasía reparadora.

Los primeros musicales no fueron considerados como parte de un género independiente en el momento de su estreno. Rick Altman recuerda en Los géneros cinematográficos que The Broadway Melody, de 1929, ganadora del Oscar a mejor película al año siguiente, fue promocionada por la MGM como "una sensación dramática totalmente hablada, totalmente cantada, totalmente bailada". De musical ni hablar.

En aquellas películas, que hoy podrían considerarse protomusicales, la cámara no se despega de la butaca; el punto de vista es similar al que un espectador tendría durante una función en un teatro de Broadway. Y al tratarse de musicales de backstage los números siempre transcurren sobre el escenario, ya sea durante un ensayo o la exhibición de la obra, lo que evita la música extradiegética y el brusco salto de registro.

El panorama cambió en 1933 con el estreno de una película clave: Calle 42 (42nd Street). La dirigió Lloyd Bacon, pero el nombre importante fue otro: Busby Berkeley. Coreógrafo surgido del teatro, fue el primero en comprender la importancia de la cámara en el diseño de los números musicales. No sólo la sacó del proscenio sino que además transformó al escenario en una espacio infinito, mágico, donde se desarrollaban coreografías puramente cinematográficas.

En el video de abajo se puede ver la primera de las dos grandes creaciones visuales de Calle 42, apenas un aperitivo, una breve muestra del inmenso talento de Berkeley. Dick Powell canta Young and Healthy, y el punto de vista sufre un cambio radical: la cámara levanta vuelo y se disuelven la continuidad, los espacios y los cuerpos. Lo colectivo se impone a lo individual y los bailarines se fusionan para formar uno de sus clásicos caleidoscopios humanos. El teatro filmado quedó a años luz: lo que se ve sólo es posible gracias a la magia del cine.


Lamentablemente Calle 42 es el único musical de Berkeley editado en DVD en Argentina. Junto a Footlight Parade y Gold Diggers of 1933, todos del mismo año y producidos por la Warner, conforma el primer trío de realizaciones donde se nota la mano maestra del coreógrafo. Berkeley comenzó luego a dirigir sus propias películas. Una de sus obras cumbres es Gold Diggers of 1935, que mezcla el musical con la comedia romántica y algo de screwball. Los personajes, envueltos en una serie de enredos en medio de la Gran Depresión, son tan chatos como eficaces. Lo que resalta allí son un par de números extraordinarios. En el primero hace bailar, literalmente, a casi sesenta pianos, que se mueven al ritmo de la música, forman sorprendentes coreografías y hasta arman un rompecabezas sobre el que baila una chica. El segundo, Lullaby of Broadway, que se puede ver completo en YouTube, es un cortometraje con vida propia dentro de la película, que cuenta la historia de una Broadway girl que trabaja de noche y duerme de día. Comienza con la lejana cara de Wini Shaw, casi un punto blanco en la pantalla, que se va acercando lentamente a la cámara mientras canta delante de un fondo negro. Y concluye de manera trágica, en lo que John Waters definió como "the night of the living tappers". Estas audaces coreografías marcan un infrecuente grado de abstracción para la época. Pocas veces el cine clásico hollywoodense tomó tantos riesgos. Berkeley echa mano a todo tipo de recursos (grúas, maquetas, insólitos ángulos de cámara) pero siempre los pone al servicio de la narración. Su imaginación sin límites le dio color al cine años antes de que se establezca el Technicolor. En el momento de su estreno la revista Photoplay definió a Calle 42 como "un musical con todas las de la ley". Un nuevo género estaba naciendo, aunque faltaba un segundo paso para llegar a lo que se conoce como musical integrado. Lo dio una de las parejas más famosas de la historia de Hollywood. Pero conviene no adelantarse: ese será el tema de un próximo post. ■

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Que vuelvan los musicales
Que vuelvan los musicales (tercera parte)

Que vuelvan los musicales

Luego de haber visto -con mucha, demasiada demora- Chicago (Rob Marshall, 2002) y padecido el más reciente Mamma Mia (Phyllida Lloyd, 2008) voy a arremeter con otra de esas causas perdidas. Porque a pesar del entusiasmo de Hugh Jackman en la última entrega de los Oscar hace rato que el musical, uno de los géneros más interesantes de la historia del cine, no muestra signos de vitalidad. La adaptación esporádica de alguna exitosa obra de teatro -generalmente desde Broadway- parece ser el único riesgo que la industria está dispuesta a correr.

Suele decirse que los musicales se aman o se odian, sin término medio. Que un espectador puede delirar viendo a Fred Astaire y Cyd Charisse bailar a la luz de la luna mientras sólo se oyen ronquidos en la butaca de al lado. Es que la convivencia entre dos registros (la narración convencional y los momentos musicales) ha sido cuestión central a lo largo de la evolución del género. El artificio que se debe aceptar está altamente expuesto.

Ahí es donde falla Chicago: es un musical culposo, que no se anima a serlo de modo pleno para evitar la tensión entre los dos registros. Lo que no deja de ser curioso, ya que todo el film tiene un tono grotesco. Los números musicales funcionan apenas como ilustración, comentario o, peor, metáfora de lo ya visto o contado. La narración no se detiene (como ocurre, por poner un ejemplo tan claro como nefasto, en las películas con canciones de un tal Enrique Carreras) pero tampoco avanza: queda girando en círculo, subrayando. Se trata de una fórmula que ya había transitado Bob Fosse en Cabaret (1972), aunque Marshall lo hace con muchas menos luces: Catherine Zeta-Jones está muy buena pero jamás cantará como Liza Minnelli, por no ensañarse con el pobre de Richard Gere.

El caso del musical basado en canciones de ABBA es aún peor. No tanto por las interpretaciones (la elección de Pierce Brosnan debe ser una de las más desacertadas en años) como por la estructura de la película. Para decirlo claro: no tiene pies ni cabeza, y son frecuentes las digresiones narrativas con la única excusa de incluir algún hit del cuarteto sueco.

La película de Lloyd falla además en otro aspecto clave del género: la cámara no se involucra en las coreografías -como supo innovar el gran Bubsy Berkeley- ni se desliza rítmicamente junto a los protagonistas -cortesía de Stanley Donen o Vicente Minelli-. Apenas se dedica a mostrar, sin ideas, con bastante torpeza y algunos recursos rancios (¡esos zooms!), los números musicales.

El panorama es sombrío. Parece que hoy nadie se anima a tomarse el género en serio, a plantear una película que no reniegue de más de 80 años de historia sino que la reconozca (y no, Marshall, no alcanza con poner a una septuagenaria Chita Rivera unos segundos frente a cámara) para, a partir de ahí, hacerla propia, manipularla o incluso subvertirla. Acaso Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001) haya sido el último intento exitoso.

Mientras esperamos con muchas ganas y pocas expectativas no queda más remedio que volver una y otra vez a los grandes momentos del género, algo que será más o menos frecuente en Cinematófilos a partir de este post. Y porque resaltar los momentos musicales, aislarlos del resto de la historia, puede ser un buen anzuelo para atraer a los negacionistas.

Para empezar, mal que les pese a algunos, elijo un musical de Fosse, el primero: Sweet Charity (1969), protagonizado por Shirley MacLaine. El momento en cuestión es Big Spender, con Rivera y Paula Kelly como figuras estelares. Aunque se trata de la adaptación de la obra teatral de Neil Simon, el número es bien cinematográfico: la cámara y, sobre todo, el montaje se involucran en la coreografía.

Hace unos años Florencia Peña protagonizó una versión de Sweet Charity en el Lola Membrives. En vez del "Hey big spender" cantaban "Hey vos playboy". No comments. ■

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Que vuelvan los musicales (tercera parte)

Travestis del espacio exterior

Escena de The Rocky Horror Picture Show
En Argentina estuvo prohibida por la censura y recién se estrenó a fines de los ochenta, sin pena ni gloria, como Orgía de horror y locura. Pero el culto a The Rocky Horror Picture Show (1975) [1] comenzó mucho antes, a fines de los setenta, luego de un intrascendente estreno comercial, cuando la película comenzó a ser redistribuida en las funciones de medianoche.

Basado en la obra teatral de Richard O'Brien, el film de Jim Sharman fue unánimemente condenado por la crítica en su momento. Pero un par de años después fue tomado como una bandera propia por la comunidad gay en Estados Unidos y elevado a un curioso pedestal al que muy pocas obras llegan. El lema: "No lo sueñes... vivílo" (Don't dream it... be it). Con el tiempo, el fenómeno se extendió a casi todo el mundo, como se puede comprobar en estas web de España y Argentina.

Susan Sarandon y Peter Hinwood en The Rocky Horror Picture ShowNo es sencillo explicar el por qué de semejante culto. La ambientación anacrónica lo convierte en un film no perecedero. Tim Curry se luce como doctor Frank-N-Furter, líder de los extraterrestres del planeta Transexual, de la galaxia Transilvania. Susan Sarandon, joven y hermosa, anda de aquí para allá en corpiño y bombacha durante media película. Lo mismo ocurre con Barry Bostwick, aunque en calzoncillos. Meat Loaf aparece en una moto, canta y lo matan de manera truculenta. Y el Riff Raff que encarna O'Brien se parece muchísimo al Max Schreck de Nosferatu (F.W. Murnau, 1922). En medio, canciones disparatadas, coreografías bizarras y algunas escenas memorables (el show final, orgía submarina incluida).

La edición en DVD de Gativideo y 20th Century Fox es una buena manera de aproximarse al fenómeno. El primer disco incluye la película y un par de pistas de audio adicionales. El segundo, todos extras: un documental de media hora, escenas eliminadas, errores de montaje de las primeras proyecciones en cine, fotos, trailers y entrevistas a casi todos los protagonistas, realizadas varios años después para un especial de VH1. Se puede ver además las desquiciadas exhibiciones organizadas por fanáticos, que representan la historia con el film de fondo. Una edición acorde a una de las películas de culto por excelencia. ■

[1] The Rocky Horror Picture Show se exhibe este mes en el Malba, en el marco del ciclo "Sexo en trasnoche". Se podrá ver el viernes 11 a las 23.55 y el jueves 31 de enero a las 23.55. Además, Pink Flamingos (John Waters, 1972), Miranda (Tinto Brass, 1985), El Diablo en la señorita Jones (The Devil in Miss Jones, Gerard Damiano, 1973), Exhibition (Jean-François Davy, 1975) y Flesh Gordon (Michael Benveniste y Howard Ziehm, 1974). También habrá funciones de porno mudo con música en vivo. Toda la información, acá.