Fue dicho (en la ficción)

Laura Hidalgo y Hugo del Carril en 'Más allá del olvido'
No nos queda más que nuestro fracaso. Tu no has podido volver a tu pasado. Ni yo he podido escapar al mío.
Mónica (Laura Hidalgo) a Fernando (Hugo del Carril) en una de las escenas finales de Más allá del olvido (1956), extraordinario melodrama que aunque habla de una época y una clase social absolutamente ajenas a la enorme mayoría de los espectadores logra conmover por el modo en que presenta sentimientos universales. Esta edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata ofreció la posibilidad de disfrutar de algunas obras maestras del cine nacional -a ésta habría que sumar La bestia debe morir (1952), de Román Viñoly Barreto- en excelentes copias en 35 mm. ■

Fue dicho (en la ficción)

Michael Caine en 'Get Carter'
- ¿Qué hace esa pistola en tu habitación? Imaginate que llamo a la Policía y le cuento que hay un tipo en mi hotel planeando dispararle a alguien.
- No vas a hacer eso.
- ¿Cómo sabes que no lo voy a hacer?
- Porque se que tu ropa interior es púrpura.
- ¿Y eso qué significa?
- Pensalo.
Jack Carter (Michael Caine) a Edna (Rosemarie Dunham) en Asesino implacable (Get Carter, 1971), excelente gangster film de Mike Hodges que por momentos parece una historia de Raymond Chandler filmada por Jean-Pierre Melville en una Newcastle descolorida. ■

Grandes críticas II: Cuerpos ardientes según Eduardo Grüner

Kathleen Turner y William Hurt en 'Cuerpos ardientes'

Otra vez una película de Lawrence Kasdan en esta sección; ahora su ópera prima, Cuerpos ardientes (Body Heat, 1981). El texto es de Eduardo Grüner (que firmó como Federico Lesca, seudónimo formado por el nombre de su hijo y el apellido de su madre) y se publicó en la desaparecida revista Cinegrafo, que dirigía Mario Levin. La crítica es extraordinaria porque disecciona la película y revela los sutiles mecanismos que el director puso en juego para enriquecer y llenar de matices una historia mil veces contada y, también, para dialogar con la muy rica tradición del género. Además, Grüner supe advertir tempranamente la maestría del "desconocidísimo" Kasdan, que se confirmaría en sus siguientes películas. En el último párrafo compara la película con El cartero llama dos veces, de Bob Rafelson, estrenada en Buenos Aires para la misma época.

El pampero arrastra dos nueces [*]

Por Eduardo Grüner (con el seudónimo de Federico Lesca)

"Como decía mi madre, el saber es Poder", le explica, pedagógica, Matty Walker (la Caminadora) a Ned Racine (el abogado de apellido trágico). Y uno ya sabe que esta chica de las trae, no bajo el poncho sino bajo una blusa transparentona y pegadita al cuerpo. Y él sabe -o cree que sabe- que los dos saben... que terminarán matando al repugnante Edmond, casualmente marido de la Caminadora y muy, muy rico, con testamento en caja fuerte y todo (a favor de ella, se entiende). Ella ya lo sabía antes que él, claro: por algo le dijo, también, "las palabras hacen que las cosas ocurran" (estaba mencionando, al pasar, que le gustaría ver muerto al canalla de Walker). Ella lo sabía antes de conocerlo, incluso, porque, claro, ella es calculadora, fría, cínica e implacable, "veneno puro", como dice Oscar al detective, y uno no puede dejar de pensar en esas gotas del padre de Hamlet, así como el pobre Racine recibirá en su oído la ponzoña de las palabras de Matty, que harán, efectivamente, que las cosas ocurran. Y que ocurran in-de-fec-ti-ble-men-te, como en las tragedias clásicas, en las que el ventarrón del Destino arrastra a los hombres como cáscaras de nuez.

Por supuesto, uno ya vio, o leyó, esta historia muchas veces, bajo la superesteriotipada e irresistible etiqueta de la "serie negra", ese corpus ardiente que suele llevar las firmas de James M. Cain (El cartero llama dos veces), David Goodis (Viernes 13) o, por su estilo el más próximo a nuestro caso, K. Handley Chase (Eva, hipnotizante abismo festoneado de los besos de una mujer-araña). El desconocidísimo Lawrence Kasdan -autor, guionista y director- sin duda ha mamado hasta la última gota de esta tradición, y ha sabido metabolizar de ella la lección más nutritiva, a saber que en este género el "argumento" -siempre increíblemente verosímil- carece de la más mínima importancia. Lo que realmente importa es aquéllo que Barthes llamaba las notaciones de atmósfera, esos subrayados sutiles, apenas sugerencias, que en cine se logran con un ángulo de encuadre, una graduación apenas perceptible de la iluminación, un apunte escenográfico, un tratamiento singular de los rostros y los objetos. En esas invenciones climáticas, que son en definitiva las que hacen un film de este tipo, el ignoto Kasdan se revela como un auténtico maestro.

Afiche de 'Cuerpos ardientes'
CUERPOS ARDIENTES (1981)
Título Original: Body Heat. Fecha de estreno: en Estados Unidos, 28 de agosto de 1981; en Argentina, 11 de marzo de 1982. País: Estados Unidos. Duración: 113 minutos. Dirección: Lawrence Kasdan. Producción: Fred T. Gallo, Robert Grand, George Lucas (no acreditado). Guión: Lawrence Kasdan. Montaje: Carol Littleton. Fotografía: Richard H. Kline. Música original: John Barry. Elenco: William Hurt, Kathleen Turner, Richard Crenna, Ted Danson, J.A. Preston, Mickey Rourke, Kim Zimmer, Jane Hallaren, Lanna Saunders.
Ante todo, tenemos el calor, ese calor corporal (body heat en el título original), ese calor húmedo, sofocante, apresivo, que provoca catástrofes porque no se puede dejar de hablar de él (y las palabras, recuérdese, producen cosas), ese calor que como metáfora de pasiones irrefrenables ya está incorporado a las más caras inconografías literarias del Deep South norteamericano (las novelas de Erskine Caldwell, los dramas de Tennessee Williams) y que aquí se muestran en reverberaciones de una iluminación brumosa, sucia, como si el lente de la cámara estuviera permanentemente manchado de transpiración. Lo único que brilla, por momentos, son los cuerpos sudorosos en el acto sexual (al menos en los que graciosamente nos ha permitido ver el Santo Oficio local). Todo lo otro está siempre envuelto en una eterna neblina, suerte de ominoso vapor que parece subir de las entrañas de la tierra. Cuando hay uno de esos raros ambientes límpidos y fescos (una confortable oficina de notarios donde se lee el testamento de Walker) inmediatamente los asistentes se encargan de nublarlo con el humo de sus cigarrillos. El calor es el verdadero protagonista, el proto-agonista de los griegos por cuya culpa todos sufrirán las consecuencias. Al final, cuando la triunfante Matty descansa en una playa tropical (escudriñando melancólicamente el mar, como cualquier amante de un teniente francés, pero con anteojos negros) su vecino de reposera -al cual nada bueno le auguramos- comentará: "¡Qué calor!", a lo cual ella responderá con un lacónico y muy norteamericano "Yeah...", mientras empiezan a desfilar los credits, como resignándose a que eso nunca termine.

Hay, también, momentos de ruptura en los que el calor se traslada de los cuerpos al cerebro. Tras tomar la decisión de asesinar a Walker, Matty y Ned son sorprendidos en la cama, desnudos, ya no copulando furiosamente sino acostados lado a lado, planificando febrilmente el crimen. Como si el deseo dde muerte, mil veces más erótico, hubiera ocupado el lugar dominante, determinante, del puro atractivo sexual (luego de consumado el asesinato, ella le dirá a Ned: "Esta noche te necesito más que nunca"). Es el calor, asimismo, el que alegóricamente hará salir a las alimañas de sus agujeros (una lagartija, una rata, que la linterna de Racine iluminan en el escenario del camuflaje del crimen).

Luego están los objetos, cuya inmensa carga de soportes connotativos la cámara registra en cuidadosos planos detalle, recortando, claro, la plusvalía fetichista, pero también, y sobre todo, su estatuto significante: un patito a cuerda girando enloquecidamente en un balde de agua, que es como el propio NEd, huguete "programado" moviéndose en un espacio cerrado y sin tener a dónde ir; el encendedor de oro de Walker con el que Matty juguetea obsesivamente, sentada en la mesa entre sus dos hombres, sinecdoque de todo lo que ella ambiciona y que a Racine le falta; el sombrero de fieltro (estupenda cita del cine de los '40) que ella le regala a Ned ("de ahora en adelante te voy a cuidar", le dice) para protegerlo de la "lluvia de mierda" que le está por caer encima, y que previsiblemente (¿porque hace calor?) él no usará, seguro ya de que no hay bajo qué ocultarse del chaparrón; last but not least, las exasperantes campanillas que cuelgan en la terraza de Matty como inertes órganos sexuales, que ella espera escuchar como mensajeras de la brisa fresca que trae el alivio, ese alivio que podría ser el propio Racine, acariciando las campanillas como si fuera él el portador de la brisa, sólo que al final de la hilera de colgantes está el rostro de Matty, y entonces esa música cristalina desoculta su verdadera naturaleza de canto de sirenas que este mediocre Odiseo es incapaz de resistir.

Arrastrando esta circulación de objetos, la precipitación trágica de la acción está puntuada por dos grandes recursos: la sucesión y, como no podía ser de otra manera, las repeticiones. La primera de estas estrategias opera sobre el ritmo de montaje inmediatamente después del asesinato, asociando velozmente los planos: el frente de una empresa de alquiler de autos llamada Ajax (Ajax: héroe trágico y patético de Sófocles que, enceguecido por la pasión, se ridiculiza matando un hato de ovejas en la creencia de que se trata de un ejército enemigo), un payaso pintarrajeado que pasa por la calle (payaso: hombrecillo triste que sólo sabe hacer muecas para divertir a los demás), una gran telaraña en la puerta de la casa de Matty (telaraña: símbolo arquetípico de la femme fatale fascinante y devoradora de inocentes insectos), y, finalmente, la cara de la propia Matty, la araña misma. En cuento a las repeticiones, se trata simplemente de retornos internos del propio "texto" fílmico que permiten reconocer, aprés-coup, el carácter premonitorio de la "primera vez": en la primera secuencia después de los títulos, Ned Racine mira de lejos el incendio de un restaurante donde solían llevarlo sus padres ("es todo mi pasado el que está ardiendo", reflexiona), con el mismo fuego (fuente de todavía más calor) con el que él ocultará el asesinato y con el que Matty quemará su propio pasado bajo la forma del cuerpo de la amiga cuyo nombre había usurpado. También el vestido blanco, entreabierto y provocador, que ella usa en su primera y en su última aparición, cerrando sobre sí misma el círculo trágico. Y el cuerpo de Ned, exhausto, cayendo de espaldas sobre el suelo después de matar a Walker, registrado en un encuandre exactamente igual al utilizado cuando, al principio, él termina de hacer el amor con Matty en la misma habitación, sobre el mismo piso. Por fin, las palabras pronunciadas por Ned en la cárcel ("ella hizo todo lo que era necesario"), precisamente las palabras con las que el finado Edmund había resumido su concepción de la vida. Y en efecto, ella hizo todo lo necesario... aunque no lo suficiente, porque ella querrá siempre un poco más.

No me queda más que terminar con una pequeña boutade: Cuerpos ardientes puede ser vista como una versión más (la quinta, si no me equivoco) de El cartero llama dos veces. Solamente que una más es aquí una menos, ya que esta ópera prima (y, a su manera, maestra) del señor Kasdan, nombre que habrá que retener, invalida -por la sabiduría con que su escritura "borra" la historia y los personajes en favor de una "pesadez" atmosférica, opresiva, siniestra- la pretenciosa e inútilmente amanerada versión de Rafelson. ■

[*] Texto publicado originalmente en el número 2 de la revista Cinegrafo (abril de 1982). Las bastardillas corresponden al original.

Sensacional éxito II

Aviso de 'Droga: viaje sin regreso', publicado en los diarios porteños en abril de 1989

Si el aviso impresiona, reconforta saber que los distribuidores tuvieron la delicadeza de suavizar el título de este documental sensacionalista italiano, dirigido por Stelvio Massi y estrenado en Buenos Aires el jueves 6 de abril de 1989. Porque Droga: viaje sin regreso es un eufemismo al lado del original Droga sterco di Dio, algo así como como Drogas: estiércol de Dios. Si amás la vida tanto como Bernardo Neustadt, Adelina Dalesio de Viola o Jorge Jacobson podés verlo, completo y doblado al castellano, en YouTube. ■

Resignificaciones

Lance Armstrong y Vince Vaughn en 'Pelotas en juego'

Para tener una idea de lo que Lance Armstrong significaba para los estadounidenses no hay más que revisar Pelotas en juego (2004), extraordinaria comedia deportiva de Rawson Marshall Thurber. La película cuenta -con un humor que sólo quienes tengan muchas horas de ESPN encima podrán disfrutar a pleno- la disputa entre los dueños de dos gimnasios, la todopoderosa cadena Globo Gym de White Goodman (Ben Stiller) y el mucho más modesto Average Joe's de Peter La Fleur (Vince Vaughn), que se resuelve a través de un torneo de quemado, clásico juego de escuela primaria, que se disputa en Las Vegas.

Cuando los dos equipos clasifican para enfrentarse en la final, Goodman le propone a La Fleur que le venda su gimnasio y se retire del torneo a cambio de 100 mil dólares. Un soborno que La Fleur acepta, y cuando está en el aeropuerto a la espera del vuelo que lo regrese a casa se cruza casualmente con Armstrong. Se produce entonces el siguiente diálogo:

Lance Armstrong: Hey, ¿vos no sos Peter La Fleur?

Peter La Fleur: ¡Lance Armstrong!

Armstrong: Sí, ese soy yo. Pero yo soy un gran admirador tuyo.

La Fleur: ¿En serio?

Armstrong: Sí, estuve viendo el torneo de quemado en el Ocho. ESPN 8. Buena suerte para el torneo. Ojalá les ganen a los idiotas de Globo Gym. Más vales que te apuren o vas a llegar tarde.

La Fleur: Eh... En realidad abandoné el equipo, Lance.

Armstrong: ¿Cómo? Yo casi me doy por vencido cuando me diagnosticaron cáncer de cerebro, pulmón y testículos, todo al mismo tiempo. Pero con el amor y el apoyo de mis amigos y mi familia me subí a la bicicleta y gané el Tour de Francia cinco veces seguidas. Pero estoy seguro de que tenés una buena razón para darte por vencido. ¿De qué te estás muriendo para que abandones en la final?

La Fleur: En este momento, más bien de vergüenza...

Armstrong: Supongo que si una persona no desistiera cuando las cosas se ponen feas, luego no tendría de qué arrepentirse el resto de su vida. Buena suerte, Peter. Estoy seguro de que tu decisión no te pesará para siempre.


Por estos días Armstrong fue despojado de todos los títulos que logró desde 1998 -lo que incluye los siete Tour de Francia que ganó de manera consecutiva entre 1999 y 2005- y la Unión Ciclista Internacional decidió suspenderlo de por vida porque dio por probado que integró una red de dóping sistemático. La noticia resignifica el diálogo de la película, que ahora parece un nuevo chiste, con un sentido opuesto al original. En Wikipedia dicen, aunque sin citar fuentes, que Marshall Thurber estaría pensando en eliminar la escena para futuras emisiones en televisión o incluso en volver a rodarla con otro atleta. Ojalá no lo haga, así esta gran comedia se mantendrá como un registro de lo que alguna vez fue. ■

Una rareza para redescubrir

'Sangre negra' equilibra la denuncia social con recursos expresivos del cine negro: hay suspenso, atmósferas enrarecidas y una escena onírica aterradora, pero su sentido trágico no está impuesto por las fuerzas abstractas del destino sino por conductas sociales precisas, que promueven el odio y el crimen (...) En su versión completa, 'Sangre negra' es un film adelantado a su tiempo, que merece un redescubrimiento".
Fernando Martín Peña en su libro Cien años de cine argentino (2012). Producida y filmada en Argentina pero hablada en inglés y ambientada en Chicago, dirigida por el francés Pierre Chenal y protagonizada por Richard Wright -autor además de la novela original-, Sangre negra (Native Son, 1951) es una rara avis en la historia del cine argentino. El martes pasado una copia restaurada y completa de la película se exhibió en el Festival de Cine de Nueva York. Ojalá se pueda ver pronto en Buenos Aires. ■

Sensacional éxito I

¿Aviso de 'Me la saca, doctor?' publicado en 1987 en los diarios porteños (click para agrandar)
La película se llama Compromising Positions, la protagonizan Susan Sarandon, Raúl Juliá y Joe Mantegna, entre otros, y se estrenó en Estados Unidos en agosto de 1985. Pero a algún ingenioso y poco escrupuloso distribuidor argentino se le ocurrió, en febrero de 1987, rebautizarla ¿Me la saca, doctor? y armar el explosivo aviso publicitario de la izquierda (click para agrandar). Mal no le fue: en su primera semana en cartel metió 10.873 espectadores en el Gran Rex y 11.589 en el América, sólo superados por los 15.125 que convocó La mosca, de Cronenberg, en el Ocean. ■

Nota: en Facebook, donde había publicado originalmente esta curiosidad, Leonardo D'Espósito aportó que el ideólogo de este atentado cinematográfico fue Claudio María Domínguez.

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El pochoclo ya es casi la mitad de la facturación de los cines [*]

Actualización (1 de septiembre a las 13.35). La nota tiene un error: pochoclos y demás comestibles representan el 30 por ciento de la facturación total de las salas de cine, y no el 42 por ciento. Es decir que es casi un tercio, y no casi la mitad.

No está claro quién tuvo la idea (mejor evitar por ahora los adjetivos) de vincular el pochoclo con el cine . En su libro Popped Culture: A Social History of Popcorn in America (1999), el investigador Andrew Smith cuenta que el matrimonio comenzó en Estados Unidos en los años treinta, tres décadas después de la invención de los hermanos Lumière, y que al principio los dueños de las salas lo rechazaron porque, argumentaban, el popcorn generaba más molestias que beneficios. Recién vislumbraron el negocio cuando comprobaron que los pioneros instalados frente a los cines con su máquina de tostar maíz los duplicaban en ingresos.

Homero en el cine en 'Colonel Homer', episodio número 20 de la tercera temporada de 'Los Simpsons'Los empresarios advirtieron el negocio y lo hicieron suyo. A tal punto que hoy en Argentina, uno de los principales productores mundiales de maíz que recién en los años noventa abrazó la tradición pochoclera, la venta de snacks (pochoclos, nachos, chipá, pizza, papas fritas, panchos, golosinas, gaseosa y un cada vez más largo etcétera) ya representa casi la mitad de la facturación de las grandes cadenas de cines: según cálculos del portal especializado Cinesargentinos.com.ar, en julio pasado –el mejor mes desde 2004 en cantidad de espectadores– facturaron al menos 104 millones de pesos, frente a los 242 millones de pesos que ingresaron por la venta de entradas.

Como un hábil alienígena, el pochoclo supo extender su influencia a casi todos los ámbitos: desde el cinematográfico (la etiqueta de "pochocleras" para determinadas películas) hasta el de la distribución (se rumoreó el año pasado que la exitosa Medianoche en París, de Woody Allen, salió finalmente de cartel porque la mayoría de sus más de 500 mil espectadores, número para nada despreciable, no consumía pochoclo), y desde hace unos años también a las conductas de los espectadores . El tema no es nuevo (ya en 2008 la revista de cine El Amante hablaba de los "bovoespectadores", no por tontos sino por bovinos), pero el hecho de que pochoclos y demás comestibles representen más del 42 por ciento de la facturación de los cines reabre el debate sobre cómo nos comportamos frente a la pantalla .

Es que las crujientes palomitas de maíz, presentadas en baldes infinitos que luego terminarán sembrando el piso de la sala, generan en muchos espectadores más miedo que una de terror de Rob Zombie. Aunque en este caso los alaridos de horror sean reemplazados por un ¡Shhhhh!

"Las pantallas de cine son cada vez mas chicas y las teles cada vez mas grandes. Lo mismo pasa con el espectador. Se comporta casi como si estuviera en su casa: come, comenta, atiende el teléfono", se queja Gustavo Taretto, director de la película Medianeras.

Desde la cadena de cines Hoyts, dueña de los dos complejos que más espectadores convocan (Unicenter y Abasto), argumentan que "hoy en día está muy asumido que la salida al cine incluye el pochoclo, y las quejas son excepcionales". Aunque en el cine siempre se comió, está claro que la cajita amarilla del maní con chocolate tenía una vida útil muy inferior a la del infatigable pochoclo, que acompañados por dos litros de gaseosa se consigue a 57 pesos.

Los omnipresentes teléfonos celulares son el otro creciente motivo de disgusto. Una encuesta reciente publicada por The Hollywood Reporter mostró que el 8 por ciento del público escribe algo en una red social sobre una película mientras la está viendo en el cine. Y que el 55 por ciento de los espectadores envía mensajes de texto. Habría que sumar, además, a quienes hablan con su madre mientras Hitler se suicida en Berlín (situación verídica vivida durante la proyección de La caída en el Festival de Cine de Mar del Plata de 2010) y a los impacientes que revisan constantemente la hora en las cada vez más luminosas pantallas, molestos destellos que interrumpen la oscuridad de la sala .

La psicoanalista Mónica Cruppi, miembro de la Subcomisión de Cine de la Asociación Psicoanalítica Argentina, divide en dos aspectos el problema de los celulares: por un lado, el teléfono se transformó en un instrumento vital, y si no se lo tiene a mano se siente angustia, ansiedad y temor; por otro, advierte un apogeo del narcisismo, el desarrollo de un sujeto individualista y centrado en sí mismo que "no tiene consideración ni respeto hacia el otro porque sólo le interesa la propia satisfacción".

Para Taretto, "cambió la relación de los espectadores con el cine, porque cambió la gente y también porque cambió el cine. Las salas ya no imponen respeto arquitectónico, como ocurría en el Gran Rex, el Opera o el Grand Splendid; ahora son rectángulos alfombrados disimulados adentro de un shopping". Es una explicación posible. Otra, más oscura y que vendría a colocar el adjetivo que falta en el inicio de esta nota, la ofrecía el trailer de Peter Capusotto y sus 3 dimensiones: "Es básicamente imposible que esto deje de suceder en una sala, porque la imbecilidad humana no puede apagarse ni ponerse en vibrador". ■

[*] Versión ligeramente modificada de un artículo publicado en la edición de hoy del diario Clarín de Buenos Aires.

Sale a subasta el afiche de cine más caro de la historia: valdría 1 millón de dólares [*]

El afiche de 'Metrópolis' que saldrá a remate
LA OBRA MAESTRA QUE APARECIO EN BUENOS AIRES

"Escribí una historia totalmente diferente que podía ser contada con las imágenes disponibles", admitió en su autobiografía el dramaturgo Channing Pollock, responsable de adaptar Metrópolis al mercado de EE.UU. Pollock reescribió los intertítulos, cortó varias escenas y resignificó otras para dejar el filme en 115 minutos. Mientras su mutilada versión recorría el mundo, en Alemania Alfred Hugenberg, a cargo de la productora UFA, decidió retirar la película de los cines y relanzar una versión más corta, sin ninguna "tendencia comunista". Así, entre ambos se encargaron de destruir la creación de Fritz Lang.
Pero Adolfo Zicovich-Wilson, rumano-argentino dueño de la distribuidora Terra, había visto Metrópolis en Berlín. Y había traído a Buenos Aires una copia en 35 mm, que luego de una gran campaña publicitaria (ideada por Leopoldo Torre Ríos) se estrenó en mayo de 1928. Una de esas copias pasó a manos del coleccionista Manuel Peña Rodríguez, que la prestó para que el Cine Club Núcleo la exhibiera en 1959. Como el celuloide estaba un poco contraído y "flameaba" al pasar por el proyector, Salvador Sammaritano, fundador del cineclub, puso el dedo en el aparato para estabilizar la proyección. "Me quedé así dos horas y media", contó.
El dato del dedo alertó al investigador Fernando Martín Peña, que desde fines de los ochenta intentó sin suerte que le dejaran ver la copia, que reducida a 16 mm dormía en el Fondo Nacional de las Artes. Lo logró en 2008, cuando la lata estaba guardada en el porteño Museo del Cine, y comprobó que se trataba de la copia más completa del filme en el mundo, lo que permitió una restauración. Peña contó la fascinante historia –que habla de la desidia estatal para resguardar la producción audiovisual– en su libro Metrópolis (Fan Ediciones).
"¿Por qué tanto interés en una película que ya no existe?", dijo poco antes de morir el alemán Fritz Lang acerca de Metrópolis, una de sus obras maestras. A 85 años de su estreno, el filme no sólo existe, continúa exhibiéndose y mantiene su enorme influencia sino que, además, sigue generando noticias alrededor del mundo. Ahora se supo que uno de los únicos cuatro afiches originales de 1927 que aún se conservan saldrá a remate. Y ya comenzaron a correr las apuestas: algunos especialistas creen que podría valer más de 1 millón de dólares.

El póster, creación del pintor alemán Heinz Schulz-Neudamm, muestra a la robot humana interpretada por la bella Brigitte Helm y, detrás, a la futurista megalópolis de 2026 en la que transcurre la historia. Se trata de la versión internacional, sin los créditos, de la que sólo hay otras tres copias conocidas en el mundo: una en el Museo de Arte Moderno de Nueva York; otra en la Biblioteca Nacional de Austria, en Viena; y la tercera en manos de un coleccionista privado que, se cree, es Leonardo Di Caprio. Una versión alemana del mismo afiche había sido vendida en 2000 en 357.750 dólares.

Al margen del valor que algún adinerado fanático esté dispuesto a pagar ahora, ya se trata del afiche más caro de la historia. El coleccionista estadounidense Kenneth Schacter había desembolsado 690 mil dólares en 2005 para quedarse con él, cifra que sigue siendo la más alta jamás pagada por un póster de cine.

Pero Schacter, reconocido coleccionista, entró en desgracia. Según publicó la revista The Hollywood Reporter, en diciembre pasado se declaró en bancarrota por una deuda de 500 mil dólares con un prestamista, y dijo que el afiche de Metrópolis sólo valía 250 mil dólares. Pero en marzo intentó subastar el póster en el sitio especializado Movie Poster Exchange con una base de 850 mil dólares. Cuando el prestamista se enteró creyó que Schacter estaba ocultando el valor real de sus bienes y lo denunció ante la Justicia. La subasta se suspendió el 12 de marzo y Schacter fue embargado.

El síndico John Menchaca, del Tribunal de Quiebras de Los Angeles, está inventariando su colección, que también incluye otras dos joyas: un afiche original de King Kong (1933), que en 1999 se vendió en 244 mil dólares y hoy podría valer más del doble; y un cartel publicitario (teaser, en inglés) de El hombre invisible (1933). Cuando concluya el trámite judicial –antes de fin de año, se calcula– saldrán a subasta.

Muda, visualmente revolucionaria, vinculada por algunos al inminente surgimiento del nazismo (algo que Lang siempre rechazó), con un guión por momentos pueril y un desenlace reaccionario –ese candoroso abrazo reconciliador entre Capital y Trabajo–, Metrópolis es una de las grandes películas de la historia del cine, una obra maestra absoluta cuya notable influencia se extiende hasta hoy. Escrita por Lang y su entonces esposa Thea Von Harbou (luego conspicua colaboradora nazi), fue estrenada en Berlín en enero de 1927, y apenas unos meses después comenzó a ser manoseada y mutilada. Su versión original se creyó perdida durante décadas, hasta que en 2008 apareció una copia casi completa en Buenos Aires (ver La obra maestra que...).

"La importancia histórica de la película y la belleza art decó del afiche se combinan para convertirlo en la joya de la corona del mundo de los pósters de cine", explicó el especialista Sean Linkenback. En unos meses se sabrá cuál es realmente su valor. ■

[*] Versión ligeramente modificada de un artículo publicado en la edición de hoy del diario Clarín de Buenos Aires.

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Objetos del mundo del espectáculo, en una subasta inédita en Buenos Aires [*]

La reproductibilidad técnica de las obras de arte de la que hablaba Walter Benjamin hace más de 70 años es hoy, informática mediante, una posibilidad al alcance de casi todos los hogares. Quizá por eso en estos tiempos -en los que Internet promete ofrecer todo- lo original, lo que aún mantiene su aura, se torna más valioso. Reflexiones filosóficas al margen, en la cancha se ven los pingos: a partir de hoy sale a subasta en Buenos Aires una enorme colección de objetos sobre cine, televisión y espectáculos de Argentina y el mundo. Casi todos con su certificado de autenticidad, que confirma que su valor radica en su singularidad.

Afiche argentino de 'Los cuatrocientos golpes', que se subasta con una base de $ 700Así, una campera de cuero roja que ni el más desprejuiciado de los motoqueros se animaría a lucir se subastará con una base de $ 10 mil porque, bueno, Michael Jackson la vistió mientras cantaba Beat it. O una guitarra eléctrica Squier Strato que en cualquier negocio del ramo debería costar unos $ 1.500 se rematará a partir de 5 mil porque Eric Clapton le puso sus endiosadas manos encima (aunque sólo para autografiarla, y no para hacer sonar los acordes de Layla).

Estos y otros elementos únicos conforman los 855 lotes que, en total, suman unos $ 800 mil de precio base. "Es la primera vez que se hace una subasta con estas características en el país. Trabajamos ocho meses para armarla", asegura Carlos Rocca, jefe de Tasadores del Banco Ciudad, donde hoy, mañana y el jueves se realizará la venta. Quienes quieran invertir unos pesos podrán acercarse a las 16 a la sede del Ciudad (Esmeralda 660) o, desde cualquier lugar del país, seguir en vivo las alternativas desde la página web del banco y participar por teléfono de la contienda. Los objetos también se exhiben para todo el público desde las 9.

El remate se dividió temáticamente. Arranca hoy con mayoría de objetos relacionados con el cine argentino, como afiches originales de clásicos como La vida es un tango (1939), de Manuel Romero ($ 500), o El viaje (1942), con Mirtha Legrand ($ 600). Continúa mañana con fotos, afiches y objetos internacionales, donde se podrá encontrar mucho material de las películas de James Bond, muñecos de la saga de Star Wars con su caja intacta ($ 500), un almanaque original de 1955 con la famosa imagen de Marilyn Monroe desnuda ($ 700) o un dibujo de Alien hecho especialmente por el artista suizo H. R. Giger para la película de 1979 ($ 1.000). El cierre, el jueves, ofrece lo más jugoso, que va desde la campera del rey del pop y la guitarra de Dios hasta vajilla y folletería del Graf Zeppelin que sobrevoló Buenos Aires en 1934 o un extraño álbum de fotos de Samuel Rimathé de 1890 ($ 10.000).

Afiche en inglés de '2001: una odisea espacial', que sale a remate con una base de $ 600El dueño de todo esto es un brasileño que vive en Buenos Aires. No trascendió su nombre y tampoco qué lo decidió a desprenderse de su colección. "Son cosas que no preguntamos –cuenta Rocca–, pero muchas veces los coleccionistas venden parte de sus pertenencias para renovar su colección".

¿Cómo se determina que, por ejemplo, la ropa que usó Val Kilmer en la película Spartan (2004), de David Mamet, se subaste desde $ 4 mil? "Lo analiza un equipo técnico, y luego se habla con el dueño para llegar a un consenso. En este caso además había un antecedente de compra en Estados Unidos, y se tuvo en cuenta aquel valor. Y todo se aggiorna a los precios del mercado argentino", revela Rocca. También se tuvo en cuenta, claro, que se trata de piezas únicas, irreproducibles. ■

[*] Versión ligeramente modificada de un artículo publicado en la edición de hoy del diario Clarín de Buenos Aires.

We got one last chance to make it real

Aunque no soy americano, ni ya muy joven, odio los coches y puedo comprender por qué tanta gente encuentra a Springsteen histriónico y grandilocuente (pero no por qué lo encuentran machista o patriotero o tonto: este tipo de juicios ignorantes han atormentado a Springsteen durante la mayor parte de su carrera, y provienen de unos listos que en realidad son mucho más tontos de lo que él ha sido jamás), 'Thunder Road' logra, de alguna forma, hablar por mí.
El británico Nick Hornby, citado por Javier Porta Fouz en ADN en una buena nota a propósito de Wrecking Ball, el nuevo disco de Bruce Springsteen. Da pena que a esta altura todavía haya que andar vindicando al más grande artista popular de los últimos 40 años. ■

La chica del dragón tatuado, de David Fincher

Ilustraciones

Rooney Mara en 'La chica del dragón tatuado'

El cine es cine cuando narra con su propio lenguaje, distinto al de cualquier otra expresión artística (en este sentido, recomendación al paso: vean el cálido e inteligente homenaje de Scorsese a Méliès en Hugo). Un director puede escribir con la cámara o simplemente usarla para ilustrar ideas, suyas o de otro. Esto último se ve muy claro en una escena de La chica del dragón tatuado, donde el cine -el cine de David Fincher, en este caso- se muestra estéril y apenas puede dedicarse a ilustrar.

Cerca del final, Lisbeth (Rooney Mara) está buscando información en el archivo privado de la empresa de la familia Vanger. Cruza datos y comienza a advertir una relación entre una serie de asesinatos de mujeres y la ubicación de las plantas de la fábrica. Lisbeth es una hacker que hasta ese momento se había mostrado inteligente, observadora y -como hace notar explícitamente la película- muy memoriosa, a tal punto que en una ocasión se niega a anotar una dirección porque no lo necesita. Pero en ese momento, en el archivo, despliega un mapa de Suecia sobre la mesa y comienza a poner sobre él una foto de cada una de las chicas asesinadas junto a la sede de la empresa cercana al lugar del crimen. Arma una ilustración para mostrarle al espectador qué está descubriendo. El personaje ignora la diégesis y juega para la tribuna: hace algo absolutamente inverosímil, que sólo sirve para informar al espectador acerca de algo que Fincher no supo (o no pudo) resolver de otro modo, más cinematográfico.

Alguien podrá decir que se trata de una convención, similar a la que aceptamos, sin mayores cuestionamientos, cuando oímos que en la película los suecos -vaya artificio- hablan en inglés. Yo creo que se trata más bien de una zona compleja de transitar (más compleja aún en estos tiempos en los que la tecnología pone el jaque al suspenso clásico) donde el cine, si no tiene ideas, se vuelve estéril.

Pero Fincher es un director capaz de juntar lo peor y lo mejor, de poner en una misma película grandes momentos pegados a otros totalmente fallidos. Lo demostró, sobre todo, en El curioso caso de Benjamin Button (2008). Apenas unos minutos después de la escena descrita arriba hay un momento extraordinario en La chica del dragón tatuado, absolutamente cinematográfico, que deja sutilmente un hueco para que complete el espectador.

Martin Vanger (Stellan Skarsgård) obliga a Mikael Blomkvist (Daniel Craig) a ir hasta el sótano de su lujosa casa, que en realidad es un sofisticado cuarto de tortura, donde lo ata y lo deja inmovilizado. Está listo para torturarlo. Pero antes enciende un equipo de música y comienza a sonar Orinoco Flow, de Enya. El rotundo contraste entre lo que se ve y lo que se oye define a Vagner en apenas un instante. Y acaso sea la mejor crítica jamás hecha sobre la canción de Enya, algo así como Claudio María Domínguez a 33 rpm. ■