Avatares de un padre y su hijo
Allí, en esa casita de madera sin electricidad ni gas rodeada de mar donde todo se puede tocar, el chico entablará un vínculo muy especial con su padre, que se irá fortaleciendo a lo largo de los días. De él y de su abuelo aprenderá a relacionarse con la naturaleza, a pescar, a cazar langostas, a bucear, a cocinar. También aprenderá -acaso por sobre todas las cosas- acerca de la amistad y de la pérdida.
Frente a megaproducciones que invaden los cines del mundo con un digitalizado mensaje ecologista, una película como Alamar respira autenticidad en cada uno de sus planos. No vende una consigna voluntarista y pueril en favor de la ecología sino que la vive y la refleja con honestidad. Mientras un tanque hollywoodense -que casualmente también tiene de título una palabra de seis letras y sólo la A como vocal- no puede expresar una conexión con la naturaleza sino a través de la literalidad de un cable, la película de González-Rubio no necesita simbolizar nada: directamente lo muestra, como en esa gran escena en que padre e hijo juegan con una garza silvestre.
Alamar es un cine directo, con una cámara que se vuelve invisible y una fotografía austera que evita caer en la tentación del preciosismo. Una película noble, sensible y tierna, de lo mejor que ofrece esta edición del festival. ■
> Alamar se puede ver hoy a las 16.45 en el cine 25 de Mayo.
ALAMAR (2009)
Dirección: Pedro González-Rubio.
País: México.
Duración: 73 minutos.
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Allí, en esa casita de madera sin electricidad ni gas rodeada de mar donde todo se puede tocar, el chico entablará un vínculo muy especial con su padre, que se irá fortaleciendo a lo largo de los días. De él y de su abuelo aprenderá a relacionarse con la naturaleza, a pescar, a cazar langostas, a bucear, a cocinar. También aprenderá -acaso por sobre todas las cosas- acerca de la amistad y de la pérdida.
Frente a megaproducciones que invaden los cines del mundo con un digitalizado mensaje ecologista, una película como Alamar respira autenticidad en cada uno de sus planos. No vende una consigna voluntarista y pueril en favor de la ecología sino que la vive y la refleja con honestidad. Mientras un tanque hollywoodense -que casualmente también tiene de título una palabra de seis letras y sólo la A como vocal- no puede expresar una conexión con la naturaleza sino a través de la literalidad de un cable, la película de González-Rubio no necesita simbolizar nada: directamente lo muestra, como en esa gran escena en que padre e hijo juegan con una garza silvestre.
Alamar es un cine directo, con una cámara que se vuelve invisible y una fotografía austera que evita caer en la tentación del preciosismo. Una película noble, sensible y tierna, de lo mejor que ofrece esta edición del festival. ■
> Alamar se puede ver hoy a las 16.45 en el cine 25 de Mayo.