Do I have to say his name?

Clarence Clemons y Bruce Springsteen
El sábado 18 de junio pasado murió el ministro del alma, secretario de la hermandad, el enorme saxofonista de la enorme E Street Band de Bruce Springsteen. Mariana Enriquez lo despidió ayer con un bello artículo publicado en Radar que se reproduce a continuación. Do I have to say his name?

Soplando en el viento

Por Mariana Enriquez

La única vez que vi a Clarence Clemons en carne y hueso fue en 1988, River Plate, festival de Amnesty. Tenía 13 años y me había llevado una amiga de mi madre fanática de Sting. Recuerdo haberme aburrido bastante hasta que apareció la E Street Band y descubrí el rock. Era tarde y yo tenía frío pero me acuerdo de haber quedado boquiabierta con I’m On Fire y de preguntar ansiosamente cuál era el título de esa canción a dúo con Sting (era The River). Y es asombroso cuánto me acuerdo del hombre enorme con anteojos negros, boina de pantera negra, aretes largos de metal plateado y un sobretodo que se sacó para quedarse en chaleco, también negro. No recuerdo en qué tema hizo el solo de saxo, espiando la setlist de esa noche sospecho que fue en Born To Run. Nunca había sentido algo así. La canción ya alcanzaba por sí sola alturas de emoción tensa, de euforia triste, algo inexplicable para quien no haya visto en vivo a Springsteen y la E Street Band. Y entonces entraba el saxo y llevaba la canción incluso más lejos, a un sitio épico, vasto, libre. Ese saxo tenor era Clarence Clemons. Murió la semana pasada a los 69 años: hacía 39 que estaba con la E-Street Band. Springsteen publicó un comunicado austero y sentido. ¿Qué se puede decir cuando se muere el alma de tu banda? Se apoyaba en Clarence incluso literalmente, como en la tapa del mejor disco que hicieron juntos, Born to Run. Ahí están tres de los mejores solos de Clarence, el de Thunder Road, el del tema del título y el de Jungleland, el más esperado en vivo, que fue grabado en dieciséis horas hasta alcanzar la perfección. Era el nexo entre un rockero blanco de Nueva Jersey y el soul negro, el arma secreta de ese sonido tan vital que a veces resulta enloquecedor. En los últimos años la presencia de Clemons se fue diluyendo en los discos, pero en vivo era el pilar, el más aplaudido, el adorado: ¡un saxofonista!

El saxo de Clarence traduce lo que dice Springsteen. O lo que tocaba. En Badlands le dobla la apuesta al solo de guitarra y lo empequeñece tanto que es necesario volver a la canción con susurros; en Thunder Road está clarísimo que Mary y su chico nunca se van a ir de ese pueblo de perdedores si no los ayuda el saxo de Clarence, que los despide y les da la bienvenida; en Bobby Jean está lleno de urgencia y ternura para que la chica perdida escuche en la radio esa canción que la busca y la saluda. Springsteen lo sabía. Escribió en su mensaje tras la muerte de Clarence: "Con él, mi gran amigo, mi compañero, mi banda y yo pudimos contar una historia con mucha más profundidad de la que nos brindaba sólo la música". La leyenda cuenta que en 1970 Clarence fue a ver a la E Street Band. Esa noche llovía y cuando abrió la puerta del local donde tocaban, se desprendió y él se quedó ahí parado, con el picaporte en la mano y la tormenta a sus espaldas. Así llamó la atención del grupo. Escuchó un par de canciones y le preguntó a Springsteen si podía ser su saxofonista. Dicen que, desde esa primera noche, se entendían con sólo mirarse. Clemons sólo dejó la banda cuando Springsteen se lo pidió, entre 1989 y 1999, años en los que Bruce decidió un cambio de aire. El error fue enmendado con The Rising, un gran disco y un gran solo en Waitin’ on a Sunny Day, una de las canciones pop más lindas jamás escritas.

Lo llamaban The Big Man o The Big C; lo quería todo el mundo. Tuvo cinco esposas y cuatro hijos. Tocó con Aretha Franklin, Zucchero, Joe Cocker, Twisted Sister, Roy Orbison, Ringo Starr y Lady Gaga, que lo adoraba y lo invitó para su disco Born This Way y su canción y video The Edge of Glory, donde toca sentado en una escalera, todo de negro, con sus largas rastas. Actuó en The Wire repitiendo un papel que hizo en la vida real, el de coordinador terapéutico de jóvenes en riesgo –de eso trabajaba cuando empezó a tocar en bandas de Jersey, antes de Springsteen–.

Nunca volví a ver a la E Street Band. No volveré a verla. La E Street Band ya no existe. Puede haber suplentes para un saxofonista, pero no para el alma. ■

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