Mar del Plata 2010: primera entrega

Viajes, vicisitudes, tribulaciones.

Mimi Le Meaux en 'Tournée'
Otrora exitoso productor de televisión, Joachim Zand regresa luego de intentar hacerse la América y se embarca en una gira por Francia con un grupo de chicas estadounidenses del New Burlesque, bailarinas que traspasaron los límites de la exuberancia y llevan el convencional striptease a otro nivel a fuerza de ingenio, creatividad y desenfado. La intención es terminar el tour con un ingreso triunfal en París. Pero el pasado siempre vuelve, demandante, lo que demora la pretensión original hasta nunca concretarla.

Tournée, tercer largometraje de Mathieu Amalric, no podía empezar mejor: los coloridos títulos, símil luces de neón, corren al ritmo de Have Love, Will Travel en la ruidosa versión de The Sonics. "Si querés encontrar el amor andate de viaje, nena / Si necesitás amor entonces viajá", grita el desenfrenado cantante, y ahí está gran parte de la película, una experiencia sumamente gozosa. Pero Amalric es un hombre inteligente y Tournée no es sólo una acumulación de excesos y movimientos bruscos. La narración se detiene cuando hace falta y la esperable explosión catártica del protagonista es finalmente una manifestación íntima y contenida.

También hay un viaje en Silent Souls, del ruso Alexei Fedorchenko, que integró la Competencia Internacional del Festival. Miron le pide a su amigo y empleado Aist que lo acompañe en el largo viaje ritual de despedida de su esposa, que acaba de morir. Lo interesante de la película es la descripción de algunas costumbres de la cultura meria desconocidas por estas latitudes, que de ser ciertas resultan sorprendentes. Y ofrece por momentos algunas imágenes poderosas, con esos paisajes que sólo los rusos parecen tener. Pero sus excesivas pretenciones literarias, que llevan a abusar de la voz en off, la autoproclamada relevancia de los temas abordados (esencialmente, la muerte) y el tono siempre solemne del relato hacen del conjunto una cursilería.

Pablo Nicomedes y Olivier Gourmet en 'Robert Mitchum est mort'
Sin pretenciones de relevancia y mucho más cerca del humor se ubica -como su extravagante título lo anticipa- Robert Mitchum est mort, coproducción entre varios países dirigida por los franceses Olivier Babinet y Fred Kihn. Aquí hay otro viaje, el que inician Franky, un actor de poca monta, sin trabajo, que sueña con ser famoso, y su representante Arsène (Olivier Gourmet, el de El hijo). El segundo mete al primero en un coche robado para ir hacia el frío norte europeo en búsqueda del estadounidense George Sarrineff, su director de cine favorito, para sumarse a un improbable proyecto. Un músico negro en fuga se les sumará imprevistamente en el camino. La película es despareja, a los personajes les falta desarrollo y el largo trayecto, que amaga con traspasar las fronteras del absurdo, finalmente termina jugando en terrenos menos disparatados.

En Chantrapas, la más reciente obra de reconocido Otar Iosseliani (que integró la Competencia Internacional), también se emprende un viaje, aunque la película está lejos de la estructura de road movie que aparece -con más o menos intensidad- en las comentadas arriba. Director de cine, Nicolas (interpretado por Dato Tarielachvili, nieto de Iosseliani) decide irse de su Georgia soviética, donde sus intereses artísticos chocan contra la censura gubernamental. Pero en Francia, su nuevo destino, las cosas no mejoran: las trabas las ponen ahora los productores, que ya no se quejan del contenido sino de la forma. Ahí está lo más interesante: la idea de que, en el fondo, más allá de las apariencias, el capitalismo no ofrece mayores libertades que las viejas dictaduras del este europeo. El problema es que la película es demasiado fría, difícil de seguir (lo que, hay que admitir, puede ser más un inconveniente de quien suscribe que del film), y con un final desconcertante. ■

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